Bienvenidos a todos a este apartado en que os contaremos lo que es el Seminario Diocesano de San Carlos Borromeo de Salamanca, cuál fue su origen, quiénes lo formamos, cómo vivimos y qué hacemos. Esperamos que os ayude a conocernos, y suscite en vosotros algún interés o despeje alguna duda.
Foto Venancio Gombau, finales del s.XIX
BREVE HISTORIA DEL SEMINARIO DE SALAMANCA
por Luis Sala Balust
En Ia madrugada del 11 de febrero de este año un voraz incendio destruía buena parte del edificio del antiguo Colegio de Ia Orden imperial de Calatrava, que servía de alojamiento al Seminario Mayor diocesano desde hacía algo más de un par de años. Esta desgracia pone de actualidad tanto Ia historia del Seminario como Ia del edificio siniestrado, que había empezado a construirse en 1717 y en que. los vítores sangrientos de sus paredes seguían hablando muy alto de las brillantes carreras de sus viejos colegiales militares.
El obispo Bertrán funda el Seminario (1779).
El Seminario conciliar de Salamanca no es de los más antiguos de España [1]. La presencia en Ia ciudad de una famosa Universidad, con sus gloriosas facultades de Teología y Cánones, y cerca de una treintena de Colegios mayores y menores, algunos de ellos destinados exclusivamente a clérigos, habían excusado Ia rápida creación, que advertimos en otros obispados, de un Seminario diocesano como consecuencia de los decretos tridentinos. A las repetidas instancias de Roma para que se erigiera el Seminario en Ia ciudad del Tormes, contestaron durante dos siglos los prelados y el cabildo que era innecesario en una diócesis con tantas facilidades para Ia formación clerical [2] . Pero, al mediar el siglo XVIII, las cosas habían cambiado. Muchos de los Colegios excluían de propósito a los salmantinos de sus becas; muchos de los menores, malbaratadas las rentas, apenas podían acoger más que dos o tres alumnos; los diocesanos de Salamanca, empobrecidos por el paso a las manos muertas de las varias instituciones escolares y casas religiosas de Salamanca, de Ia mayor parte de las fincas de Ia provincia, podían difícilmente enviar a sus hijos a estudiar a Ia Universidad, y ello hacía que tanto las sillas capitulares como los beneficios curados de Salamanca debieran pasar a manos extrañas. Esta fue Ia razón que movió a don Felipe Bertrán, apenas llegado a su diócesis en 1763, a intentar por todos los medios posibles Ia erección del Seminario [3]. Había, además, para él otra razón. Tenía Bertrán Ia convicción de que Ia Universidad no preparaba suficientemente para el sacerdocio y quería que los candidatos a las sagradas órdenes tuvieran Ia oportunidad de adquirir una formación eclesiástica y pastoral, «que, como él dice, no se ensefia ni aprende en Ia Universidad [y] se enseña y aprende en los Seminarios erigidos según el espíritu de los Concilios» [4]. Era él levantino y había conocido el nuevo espíritu de los Píos Operarios de Orihuela, dedicados a Ia formación clerical, y del que son un calco las constituciones que promulgará en 1873, y que serán pauta para las constituciones de otros seminarios de Ia época hasta muy entrada Ia segunda mitad del siglo XIX. En ellas dará una importancia totalmente nueva al director espiritual, insistirá en una formación más pastoral que especulativa —y eso teniendo en cuenta que son ocho nada menos los años que quiere se dediquen a los estudios teológicos después de otros tres de Filosofía—, se preocupará de Ia selección de los candidatos, limitará las vacaciones, prolongará Ia estancia en el Seminario aún después de Ia ordenación, etc.
La gran oportunidad para Ia erección del Seminario se Ia da al obispo Bertrán Ia expulsión primero de España, y luego Ia extinción, de Ia Compañía de Jesús. Quedaba ahora libre el inmenso edificio del Colegio del Espíritu Santo que había construido para los jesuítas Ia regia munificencia de Ia esposa de Felipe III, doña Margarita de Austria [5]. Eliminado el proyecto de un Convictorio Carolino que había soñado Campomanes, tres son las instituciones que se reparten por fin, después de once años de forcejeos, aquel edificio. La Real Clerecía de San Marcos traslada sus fundaciones y aniversarios desde, Ia rotonda de San Marcos a Ia iglesia monumental de Ia Compañía, en el corazón de Ia ciudad; los Irlandeses, que han fundido en uno sus tres Colegios de Santiago, Sevilla y Salamanca, ocupan el ala que se prolonga por detrás de Ia iglesia y linda con Ia calle de Serranos, y que todavía llaman hoy Ia Irlanda los viejos de Ia ciudad; y el obispo recibe el resto del edificio, con su claustro barroco, para instalar el Seminario.
Don Felipe Bertrán, que en un momento de desaliento había pensado incluso en iniciar modestísimamente su Seminario, instalándolo en el reducido Colegio de los Doctrinos o en el extinguido de San Millán, no cabe en sí de gozo al anunciar desde Madrid, donde residía desde 1775 por su cargo de Inquisitor general, Ia gran noticia de Ia concesión del inmueble a su gobernador en Salamanca, don Estanislao Montejo Gorjón. Esto era a fines de octubre de 1778. El 28 de mayo de 1779 firmaba el acta fundacional, por Ia que instalaba en el edificio de los jesuítas el Seminario conciliar, casa de corrección para eclesiásticos y casa de ejercicios espirituales. El «Libro de abertura de este Seminario de San Carlos de Ia ciudad de Salamanca», nos refiere detalladamente Ia ceremonia de Ia inauguración. Tuvo lugar el 21 de septiembre en Ia capilla del Seminario. El Gran Inquisitor impuso por su mano Ia beca a los primeros seminaristas —niños todos de 11 a 15 años—, que unos días más tarde recibían Ia primera clerical tonsura. Estaban presentes las dignidades y capitulares de Ia iglesia mayor, los doctores y maestros de Ia Universidad, los prelados de las comunidades y «otros sujetos visibles». De allí pasaron a Ia catedral procesionalmente, donde cantó Ia música Ia letanía de Nuestra Señora y Ia Salve [6].
Queda de rector del Seminario el ingenuo y dulce don Francisco Gómez Valbuena, que en 1794 pondrá Ia renuncia del rectorado y morirá siendo deán de Ia catedral. Bertrán, desde Madrid, sigue paso a paso Ia marcha del Seminario, atento a los más insignificantes pormenores. Sus cartas —que se conservan— al rector Valbuena son francamente deliciosas. Le interesa todo: los pequeños castigos y hasta las indisposiciones de los chicos; Ia servidumbre —Ie apetece a él que el portero sea un poco regañador para que defienda a los superiores de visitas inoportunas—; los juegos e instalaciones. No se despreocupa del aspecto económico. Para ampliar las restas agrega primero al Seminario las del Colegio de los Doctrinos y más tarde consigue Ia unión de las de los Colegios menores de Pan y Carbón, Santo Tomás y Santa Catalina. En el aspecto académico logra que los estudios del Seminario sean incorporados a Ia Universidad. Son admitidos los seminaristas a Ia matrícula universitaria y obtienen luego, superado felizmente el oportuno examen, los grados de bachiller en Artes. La disciplina es rigurosa. Incluso las vacaciones de Navidad se aprovechan para lecturas de autores clásicos. Uno de los capítulos suplementarios de las constituciones señala, entre otras «cosas que se prohíben a los seminaristas», las siguientes: «Tampoco podrán tomar tabaco de hoja en ningún tiempo, ni de polvo, sino con licencia del superior; ni usar de instrumentos de música ni otros entretenimientos semejantes; ni habrá pretexto para tener en su cuarto, ni llevar consigo, armas de hierro o de fuego, ni aún palos gruesos que puedan inducir sospecha» [7].
En invierno de 1783, el 1 de diciembre, a las once y cuarto de Ia noche, expiraba con una muerte ejemplar el obispo Bertrán, docto y pío, ilustrado y hombre apostólico, regalista y ejemplar eclesiástico. Enterrado provisionalmente en Ia iglesia de Ia Encarnación de Madrid, en octubre de 1789, en el pontificado de su sucesor, don Andrés José del Barco, tuvo lugar, en cumplimiento de su última voluntad, el traslado de sus restos al Seminario de Salamanca. En las honras que Ie hicieron el cabildo y el Seminario predicaron el Mtro. Magi, su amigo, mercedario, a quien había confiado Ia redacción de las constituciones y que empuñó más adelante el báculo de Segorbe, y el célebre ex-escolapio, afrancesado y óptimo humanista don Pedro Estala, que era entonces maestro de Retórica en el Seminario [8].
Tiempos difíciles hasta el Concordato de 1851.
El Seminario tiene por ahora, y a principios del siglo XIX, reputación -«y con sobrada razón», como dice La Fuente [9]- de un tanto liberal y excesivamente abierto a las corrientes de allende el Pirineo: de tener sus puntas de jansenismo, como se decía entonces. No olvidemos que rige Ia diócesis desde 1798 a 1807 don Antonio Tavira y Almazán; que fue catedrático de Teología don Joaquín Lorenzo Villanueva; y que son vicerrector y alumno predilecto respectivamente en los primeros años del Seminario los dos afrancesados, Juan Antonio Melón, íntimo de Moratín, y Juan Notario, que en 1814, pasada Ia guerra de Ia Independencia, con dificultad escaparon, en Ia revancha, de las iras populares.
Con Ia entrada del siglo experimenta el Seminario su primera crisis en tiempo del obispo Tavira. En el archivo del Seminario leemos, junto a Ia noticia de que se conceden a los superiores trescientos reales de vellón anuales para chocolate, Ia de que en mayo dé 1801, con motivo de Ia llegada de las tropas auxiliares francesas del general Lecler, tuvieron que terminar rápidamente el curso y retirarse a sus casas los seminaristas filósofos y teólogos.
El episcopado de D. Fr. Gerardo Vázquez, cisterciense gallego, fue mucho más duro para el Seminario. En 1809 se presenta el ejército francés en Salamanca. En octubre tiene que marchar el rector. El viernes 12 de enero de 1810 el vicerrector, junto con otro centenar de eclesiásticos de Ia ciudad, era llevado preso a Valladolid, después de haber permanecido un día encerrados en el salón de Ia biblioteca de Ia Universidad. El obispo, viendo que no se respetaba su autoridad, huye a Galicia. Queda al frente del Seminario el mayordomo hasta que el 1 de abril, por haber sido convertido el Seminario en hospital de sangre del ejército invasor, tiene que desalojarlo rápidamente. El mausoleo con los restos mortales del obispo Bertrán, además de varios ornamentos y alhajas, son llevados, para más seguridad, a Ia catedral. En ella, primero en Ia capilla de Santa Bárbara, más tarde en Ia capilla de Nuestra Señora de Ia Luz de Ia catedral nueva, reposaron por más de un siglo los huesos del fundador. En 1814, vuelto el obispo, se piensa en Ia restauración del Seminario, que no se formaliza hasta 1817. Es repuesto en el rectorado, con gran satisfacción del cabildo, don Miguel Marcos, que era catedrático de Retòrica desde 1799 y había sido ya rector, el cuarto de Ia casa, desde 1807; en 1834 será nombrado rector de Ia Universidad.
El edificio estaba ahora, como Ia mayor parte de los de Salamanca, en muy malas condiciones. Los claustros bajos tenían adosadas pesebreras a las paredes. Todo estaba lleno de estiércol y malos olores. Una vez más Ia Irlanda es transformada en 1818 en el llamado cuartel de los Carolinos. Y poco después, en 1821, para resarcirles, se concede a los Irlandeses el Colegio del Arzobispo.
En enero de 1825 entra en Salamanca un nuevo obispo, también gallego, don Agustín Lorenzo Várela. Son tiempos calamitosos, de bandos, de guerra civil. A falta de seminaristas viene de Galicia un nutrido grupo de sacerdotes que se llevan en los concursos las mejores parroquias de Ia diócesis. Es nombrado ahora rector del Seminario don Rafael Manso, que desde 1836 es gobernador del obispado, y más tarde prelado de Zamora y de Mallorca. Son tan costosas las reparaciones del viejo edificio, que el obispo determina abandonarlo, y, después de haber intentado, pero sin éxito, obtener del Gobierno el Colegio de San Bartolomé, piensa seriamente en construir un Seminario de nueva planta. Por ahora abandonaron los Irlandeses Ia parte que les había concedido Carlos III y que sirve de cantera al Ayuntamiento para sacar piedra con que terminar Ia fachada en construcción de Ia casa consistorial. Para colmo de males, en 1835 se publica Ia ley de exlaustración, y, a renglón seguido, Ia anticanónica que prohibía a los obispos conferir órdenes, y otra clausurando los Seminarios. Desde 1836 a 1848 está al frente del Seminario, un tiempo como encargado, desde 1840 como rector, don Miguel García Cuesta, de Macotera, futuro cardenal orzobispo de Santiago. Le sucede don Miguel Fuentes, que gobierna el Seminario durante los cortos pontificados de don Salvador Sanz (1850-1) y don Antolín García Lozano (1851-2), los dos antiguos alumnos de San Bartolomé de Sigüenza.
Seminario central, regido por los jesuítas.
En el tiempo de Ia sede vacante entre estos dos obispos, tuvo lugar, en marzo de 1851, Ia firma del concordato, en cuyo artículo 28 se pactaba que, tan pronto como las circunstancias Io permitieran, se abrirían los seminarios generales en los que se daría Ia debida extensión a los estudios eclesiásticos. Nunca llegaron a ser estos seminarios centrales más que un proyecto. Sin embargo, al año siguiente, de una manera provisional, se concedía Ia facultad de conceder grados mayores de licenciado y doctor en Teología a los cuatro Seminarios de Toledo, Valencia, Granada y Salamanca [10].
La situación interna del Seminario de Salamanca no era ahora Ia mejor. Las circunstancias anómalas de Ia nación, el enflaquecimiento de toda autoridad, y más de Ia eclesiástica, crearon un clima de libertad e indisciplina, en el que los seminaristas llegaron a tal grado de insubordinación que, amotinados contra un rector, Ie hicieron huír y dejar el cargo.
Era por este tiempo prelado de Salamanca uno de los más grandes obispos que han fIustrado Ia sede salmantina: don Fernando de Ia Puente Primo de Rivera, gaditano, de noble familia, que se había educado en Inglaterra y, después de haber regentado una cátedra en Ia Universidad de Sevilla, fue auditor de Ia Rota. El es quien en los pocos años que rigió Ia diócesis —sólo seis— Ia restauró y Ie dió nueva vida, ocupándose del cabildo, de las parroquias, del clero y del pueblo, y muy especialmente del Seminario. Fundador del «Boletín eclesiástico», tal vez el primero de España, había de morir bien joven, siendo cardenal arzobispo de Burgos. Apenas entrado en Salamanca, fue elegido, con el cardenal Cuesta, por el Gobierno, para representar al episcopado español en Ia proclamación del dogma de Ia Inmaculada. Estaba entonces él preocupado con el Seminario y se puso en contacto, en Roma, con el general de Ia Compañía de Jesús. No era el bienio progresista de 1854 al 1856 el más a propósito para que los jesuítas se hicieran cargo del Seminario de Salamanca, aunque se presentaron, como Io hicieron, cual simples sacerdotes. En marzo del 55 viene directamente de Roma para rector el P. Felipe Gómez, aunque hasta junio figuró únicamente como vicerrector. Luego se Ie juntaron otros dos padres para Ia disciplina y dirección espiritual, los PP. Dalmases y Fondá, catalanes, y asimismo otros pocos para dar clases, no todas, pues seguían enseñando, como antes, sacerdotes seculares y aún algún religioso. Harto trastorno fue para aquel primer curso de 1855-6 Ia aparición del cólera y el haberse prohibido por el Gobierno enseñar en los Seminarios otras materias que las de los primeros cuatro años de Teología. Se proveyó a ello, enviando a los correspondientes alumnos a las clases de Ia Universidad y del Instituto, sin dejar por eso de tenerlas también en casa. Más tarde prescindieron de Ia asistencia a los centros oficiales, sin que resultase de esto, a Io que sabemos, molestia para el Seminario.
Desde el curso de 1856 al 57 apenas quedaron profesores que no fueran de Ia Compañía. El número de alumnos subió de una manera extraordinaria: en el curso de 1855-6 fueron más de ciento cincuenta; en el 1857-8 llegaron a trescientos cincuenta; y en el de 1862-3, que es el de mayor concurso, ya en el pontificado siguiente, pasaron de los seiscientos veinte, de los cuales eran internos cuantos cabían, que eran unos doscientos setenta. Las circunstancias no fueron en un principio muy favorables a Ia Compañía. Al clero Ie molestaba ver ocupados por los jesuítas puestos que de alguna manera consideraban como propios y de los que habían saltado al episcopado dos de los rectores anteriores. Los seminaristas, que, por una parte se sentían incómodos por Ia situación material del Seminario, por otra, recelosos y molestos por haber, perdido Ia libertad de que antes disfrutaban —piénsese que sólo una vez o dos en todo el año permitió el rector hablar en refectorio durante Ia comida—, se declararon varias veces en rebeldía. Pero algunas expulsiones oportunas y Ia presencia durante tres años, de 1857 al 60, de los ejemplares escolares de Ia Compañía, que asistían a las clases con los seminaristas, dulcificaron Ia situación. En el haber del obispo La Puente debemos poner también ahora el haber reclamado y obtenido del Estado en 1857 el edificio del Colegio de Calatrava, del que no quedaban más que los muros, Ia majestuosa escalera y los pisos del claustro alto. Muchísimo dinero gastó en repararlo, para instalar en él una escuela de niños huérfanos [11].
Pero, como ya hemos indicado, el Seminario central de Salamanca llega a su máximo esplendor en el pontificado siguiente de don Anastasio Rodríguez Yusto, el que consiguió de Pío IX el privilegio de vestir el lucido traje coral que hasta hace muy pocos años no han usado los canónigos salmantinos; siendo el momento cumbre los actos académicos de abril de 1862, en el rectorado del P. Carlos Maldonado, con motivo de Ia consagración episcopal del catedrático del Seminario, don Francisco de Paula Jiménez, nombrado para Teruel. El primero de los actos, que presidieron cuatro obispos, y al que asistieron el cabildo, Ia Universidad, las autoridades civiles y militares, los Irlandeses y los muchos seglares que entonces sabían latín en Salamanca, consistió en seis horas —en las que se empleó parte de Ia mañana y de Ia tarde—, durante las cuales un alumno aventajado de cuarto curso, don Vicente Sánchez de Castro, futuro obispo de Santander, sostuvo conclusumes de toda Ia Escolástica, que pudo impugnar —y algunos Io hicieron por cierto con harto calor— cualquiera de los circunstantes. Por Ia tarde, sobre todo, Io hizo con tal despejo, nervio, presteza y claridad, aún en puntos muy difíciles, que el obispo Ie concedió en el acto el título de bachiller en Teología. Al día siguiente, una velada literario-musical en diez lenguas, vivas y muertas, hizo concebir a los asistentes una alta idea del nivel del Seminario. Fue un acontecimiento que el semanario «La Cruz» difundió por todos los ámbitos de España. Por entonces había en el Seminario de Salamanca alumnos de más de treinta diócesis, algunos de ellos de América y de otras naciones extranjeras.
La revolución de septiembre de 1868 coge recién llegado a Salamanca al obispo catalán, carmelita calzado, Fr. Joaquín Lluch y Garriga, hombre liberal que había vivido en Italia y venía ahora de Ia sede de Canarias. Es mucho Io que en todos los órdenes debe Ia diócesis a su bondad y tacto. Con Ia revolución del 68 son dispersados los jesuítas, que desde las casas particulares, donde ahora viven, acuden todavía al Seminario hasta 1874, en que son expulsados. También en 1868 se apodera el Estado de Calatrava y Io entrega a Ia Diputación provincial. Gran alentador de todas las obras sociales, apoya él Ia fundación de las Siervas de San José y de las Hijas de Jesús, favorece el establecimiento en Ia capital de las Hermanitas de los pobres y de las Adoratrices, y él mismo funda Ia Sociedad de Operarios evangélicos, congregación de párrocos y sacerdotes llenos de celo que, a falta de religiosos, iban en ternas predicando misiones por Ia diócesis. Al salir los jesuítas del Seminario, pone al frente del mismo al futuro obispo de Segovia y entonces canónigo, don Antonio García Fernández. También logró Ia apertura del Seminario de Ciudad Rodrigo, diócesis de Ia que después del concordato era administrador apostólico el prelado de Salamanca, hasta que, después del sucesor del obispo Lluch y Garriga, se encargó su gobierno primero a un obispo «in partibus», con residencia en dicha ciudad, y más tarde a un obispo titular.
El obispo don Narciso Martínez Izquierdo, que había de ser el primer prelado, y mártir por cierto, de Ia diócesis de Madrid-Alcalá [12], devuelve a los jesuítas Ia dirección del Seminario de Salamanca. En su tiempo figura al frente del mismo nada menos que el P. Luis Martín, futuro general de Ia Compañía, a quien se debe Ia reconstrucción de Ia derruida Irlanda, hoy residencia de los jesuítas, y buena parte del movimiento de devoción a santa Teresa, que se inicia en este pontificado y culmina en el siguiente con el esfuerzo por levantar en Alba de Tormes una basílica a Ia Santa. Encargado del sermón fúnebre en las honras de doña Mercedes, Ia primera esposa de Alfonso XII, aprovecha el obispo su valimiento en Ia corte para recuperar el edificio de Calatrava y el cementerio, antigua huerta de Villasendín, que había sido de los jesuítas y que perteneció al Seminario desde el tiempo mismo de su fundación en el siglo XVIII.
El Colegio de Calatrava del P. Cámara y creación de Ia Universidad Pontificia.
Nos toca hablar ya ahora del P. Cámara, riojano y agustino, hombre culto, buen escritor, senador elocuente, liberal en política, generoso en proyectos, como el que lleva muy a punto de convertir en realidad y es nada menos que Ia creación de una gran Universidad Católica en Madrid [13]. La ciudad y Ia diócesis está llena de recuerdos suyos : él influye para que Ia Universidad civil pierda su aire provinciano; hace un nuevo arreglo de parroquias; levanta Ia iglesia de San Juan de Sahagún; funda los periódicos «El Criterio», «El Lábaro», «La Semana Católica», con los que lucha no sólo contra Ia prensa hostil a Ia Iglesia, sino también contra Ia prensa integrista —«La Tesis», «La Tradición», «La Región», «La Información»—, que Ie hostiga con cualquier pretexto. Pero su gran empresa es el Colegio de Estudios Superiores de Calatrava.
Apenas llegado a Ia diócesis invirtió cuantiosas sumas en restaurar el edificio de Calatrava para instalar alli las escuelas del Protectorado de Industrias Jóvenes y formar un centro donde los obreros santificaran el día festivo. Luego, cuando instaló allí su Colegio, para el que adquirió, además, Ia extensa planicie de Monte Olivete, conmutando algunos terrenos eclesiásticos con otros del Ayuntamiento, construyó para Ia finalidad anterior el Círculo de Obreros, cuya apertura se celebró en 1896. La sensibilidad científica del P. Cámara había advertido que no eran suficientes para elevar el nivel cultural del clero español los estudios que por entonces se realizaban en España. Y él concibe Ia grandiosa idea de un Centro de estudios de alta calidad universitaria, con una dedicación intensa a los problemas de las relaciones entre ciencia y fe, tan inquietantes para los hombres de sus dias, con una auténtica preocupación por Io económico y social, y con una máxima atención a Io literario, pues pretendía formar buenos escritores y periodistas. Todo tiene, como se ve, una finalidad práctica y apostólica.
Su Colegio se inaugura en 1894. Soñó con traer profesores extranjeros; intentó Ia colaboración de dominicos y jesuítas. En el profesorado recoge, por fin, hombres formados en el Seminario central, en sus mejores tiempos —recordemos a los dos rectores, Juan Antonio Ruano Martín, obispo de Barbastro, y Francisco Jarrín Moro, obispo de Plasencia, que habían cursado con los cardenales Martín Herrera y Almaraz—; y valores nuevos, toda Ia generación de los «camaristas», a muchos de los cuales envió a Roma a ampliar estudios: Ceferino Andrés, también rector, Román Bravo, Juan Cajal, José de Ia Mano, Eloíno Nácar, Tomás Redondo; más tarde, Leopoldo Juan. Entre el alumnado contó con clérigos de unas treinta diócesis, entre ellos algún alemán, irlandés y filipino. Entre los alumnos más distinguidos fuerza es mencionar al actual arzobispo de Burgos, Pérez Platero.
Pero el P. Cámara no fue afortunado. Pocos años antes de Ia fundación de su Colegio, en 1892, se habían abierto otros dos centros importantes de formación eclesiástica: el Seminario de Comillas [14] y el Colegio Español de Roma [15]. Y, por si esto fuera poco, en 1896 se confería el título de Universidades Pontificias a los Seminarios centrales de Toledo, Valencia, Santiago y Salamanca, y, al año siguiente, a todos los Seminarios metropolitanos. Esto fue Ia muerte para Calatrava, que dejó de existir en 1911.
El Seminario diocesano de Salamanca adquiere también, pues, Ia facultad de otorgar grados. Sigue en manos de los jesuitas. Durante cuatro años es rector el gran filósofo vasco, P. Juan José Urruburu. Figuran entre los profesores hombres insignes: Mendive, los dos Mir, el P. Pérez Goyena, que, casi centenario, todavía sigue hoy escribiendo sobre historia de Ia Teología y de Ia literatura navarra. Y los curas viejos de Salamanca también recuerdan las clases de Teología del P. Chopitea o Ia figura angelical del P. Urrutia, vicerrector e incomparable catequista.
Por ciertas dificultades, que no encuentran de momento solución, deja Ia Compañía en 1911, en los dias del obispo también agustino P. Valdés, Ia dirección y cátedras del Seminario-Universidad. La dirección del Seminario, después de haberla ejercido por un cuadrienio el sacerdote secular don Patricio Pereña Martín, es confiada en tiempo del obispo don Julián de Diego García y Alcolea a Ia Hermandad de Operarios diocesanos, que fundó a final del siglo xix el sacerdote tortosino don Manuel Domingo y SoI, que pertenece a Ia generación de aquéllos grandes clérigos catalanes que fueron don Enrique de Osó, Costa y Llobera, Torras y Bages, Sardáy Salvany. En Ia Universidad siguen enseñando ahora los profesores de Calatrava, algún religioso, como el P. Alberto Colunga, y nuevas generaciones del clero secular, casi exclusivamente salmantinos: D. Antonio Casanueva, D. Francisco Ramos, D. José Artero. Entre los alumnos insignes de Ia última etapa —de Salamanca Ia mayor parte, navarros e irlandeses— recordamos al actual señor obispo de Plasencia, don Juan Pedro Zarranz; como entre los del período anterior debemos mencionar al P. Zapelena, profesor de Ia Universidad Gregoriana, al actual obispo de Santander, Eguino Trecu, y a D. Esteban Bilbao, presidente de las Cortes, por dar sólo unos nombres.
Digamos también, que en tiempo del obispo Alcolea, y en los primeros años de D. Francisco Fuentes Valiente, vienen al Seminario, procedentes de Ia Vega, fundación de D. Vicente Rodríguez Fabrés, un puñado notable de estudiantes, que allí había formado don Fernando Peña, entonces profesor de dogma y más tarde deán de Santiago.
Restauración de Ia Universidad Pontificia y el Seminario de Calatrava.
Las facultades eclesiásticas siguen funcionando hasta el curso de 1932-33. En virtud de Ia constitución apostólica «Deus Scientiarum Dominus» de Pío XI, que es muy exigente con los centros universitarios, debe cerrarse Ia Universidad Pontificia de Salamanca, como todas las demás de España, excepto Comillas, en espera de mejores tiempos. El entonces obispo de Ávila, don Enrique PIa y Deniel, al ser trasladado a Salamanca en 1935, recibe el encargo de trabajar por Ia restauración de las facultades eclesiásticas en Ia ciudad del Tormes; y Io consigue, después de Ia Cruzada española, en 1940, en que son abiertas de nuevo, a instancias de gran parte del episcopado español y gracias al mecenazgo del Caudillo Francisco Franco, las facultades de Teología y Derecho Canónico [16]. Este mismo curso, para dar alojamiento a los alumnos que, de las diversas diócesis de España y de las diferentes órdenes religiosas, vienen a Ia Universidad, desplaza el obispo PIa y Deniel el Seminario Menor diocesano al viejo Colegio de Calatrava, que habían ocupado, después de extinguido el Colegio de Estudios Superiores, los agustinos de El Escorial.
Lo demás ya es historia muy cercana. En 1943 entra en Salamanca don Fr. Francisco Barbado Viejo. En sus días hemos visto crecer rápidamente Ia Universidad, a Ia que se añade en 1945 Ia facultad de Filosofía y luego una serie de Centros e Institutos anejos, y en torno a Ia cual gira toda una constelación de Colegios creados por Ia misma Universidad y las órdenes religiosas, los cuales dan hasta una fisonomía nueva a Ia ciudad, que ve así renacidos sus viejos Colegios universitarios.
En 1946, en el rectorado de don Abraham Mucientes, previos el beneplácito del señor obispo y del cabildo, los restos venerables del obispo fundador Bertrán, que, como dijimos, habían sido trasladados en 1810 a Ia catedral, volvían de nuevo al edificio de San Carlos, siendo colocados en Ia antecapilla. Allí, como reza el epitafio, esperan los huesos del Gran Inquisidor, entre sus alumnos, a quienes en vida tanto quiso, el día de Ia resurrección.
Diez años más y en 1957 nuevas exigencias de local por parte de Ia Universidad Pontificia, en constante crecimiento, eran el motivo para trasladar al Colegio de Calatrava el Seminario Mayor diocesano, a Ia vez que los humanistas, que hasta entonces habían ocupado el edificio, pasaban al Seminario de Linares de Riofrío, construido en un principio, en el pontificado del actual prelado, como casa de verano. Después del incendio, los seminaristas salmantinos han vuelto a cobijarse, como antes, pero ahora de manera provisional, a Ia sombra de las torres gemelas de Ia Clerecía. Es de esperar que el Seminario de Salamanca, cuya historia hemos condensado en estas páginas, vuelva pronto a instalarse, una vez reconstruido, en el viejo edificio de Ia Orden militar de Calatrava, que, como hemos dicho, tiene ya, además de una época universitaria famosa, más de un siglo de historia diocesana.
APENDICE
RECTORES DEL SEMINARIO DE SALAMANCA
1. D. Francisco Gómez Valbuena (1779-1794).
2. D. Francisco Luis Álvarez Bernal (1794-1799).
3. D. Blas García Cañas (1799-1806).
4. D. Miguel Marcos (1806-1825).
5. D. Rafael Manso (1825-1840). + Obispo de Mallorca.
6. D. Miguel García Cuesta (1840-1848). + Card. Arzobispo de Santiago.
7. D. Miguel Fuentes (1848-1855).
8. P. Felipe Gome2i, S. I. (1855-1862).
9. P. Carlos Maldonado, S. I. (1862-1868).
10. P. Juan Bautista Bombardó, S. I. (1868-1874).
11. D. Antonio García Fernández (1874-1876).
12. P. Luis Segura, S. I. (1876-1881).
13. P. Luis Martín, S. I (1881-1885). + Prepósito General de Ia Compañía.
14. P. Serapio Mendía. S. I. (1885-1890).
15. P. Tomás Ipiña, S. I. (1890-1891).
16. P. Hilario Sáncrez, S. I. (1891-1898).
17. P. Juan José Urraburu, S. I. (1898-1902).
18. P. Salustiano Carrera. S. I. (1902-1907).
19. P. Felipe Echevarría, S. I. (1907-1911).
20. D. Patricio Pereña Martín (1911-1915).
21. D. Inocente Colom Altava, Operario Diocesano (1915-1918).
22. D. Jesús Ares Alonso, Oper. Dioc. (1918-1921).
23. D. Luis María Albert, Oper. Dioc. (1921-1925).
24. D. Mateo Despons Tena, Oper. Dioc. (1925-1927).
25. D. Juan José Salomón, Oper. Dioc. (1927-1938).
26. D. Abraham Mucientes del Campo. Oper. Dioc. (1938-1948).
27. D. Plácido Fernández Aller, Oper. Dioc. (1948-1953).
28. D. Eugenio Sánchez Pablos, Oper. Dioc. (1952-1957).
29. D. Clemente Sánchez Sánchez, Oper. Dioc. (1957-…). Es el primer rector del Seminario Mayor en su etapa de instalación en Calatrava.
RECTORES DEL SEMINARIO MENOR
En los cursos de 1940-57, en el edificio de Calatrava, desde 1957, en adelante, en Linares :
1. D. Juan Mas Ron, Oper. Dioc. (1940-1942).
2. D. Germán Mártil Barbero, Oper. Dioc. (1942-1948).
3. D. Juan Sánchez Sánchez, Oper. Dioc. (1948-1951).
4. D. Ángel González López, Oper. Dioc. (1951-…)
1. Sobre el Seminario de Salamanca puede verse el artículo del P. Antonio PÉREZ GOYENA, S. I., en «Razón y Pe», 32 (1912), 141-150, 277-289; y los que nosotros mismos hemos publicado : Un “Convictorio Carolino” en el recinto de nuestro Seminario-Universidad, en «Salmantica», 1 (1943), 16-21; Don Felipe Bertrán, fundador del Seminario de Salamanca, ibid., 3 (1947), 12-20; Catálogo del archivo del Real Seminario de San Carlos de Salamanca, en «Hispania Sacra», 2 (1949), 433-448; Tenaz empeño del obispo Bertrán por Ia fundación del Seminario de Salamanca, en «Hispania sacra», 9 (1956), 319-375.
2. M. FERNANDEZ CONDE, España y los Seminarios tridentinos (Madrid, 1948), pp. 20 ss. 25. «Salmanticensis», 7 (1960).
3. Véase, entre otros documentos, el informe general de Bertrán sobre Ia visita de los Colegios Mayores de Salamanca (16 agosto, 1772), en nuestro libro Visitas y reforma de los Colegios Mayores de Salamanca en el remado de Carlos III (Valladolid, 1958), pp. 395 ss., n. 152 ss.
4. Informe de Bertrán de 25 de abril de 1796: Salamanca Archivo del Seminario, Wb. 26, f. 52 v.
5. La historia del Colegio de Ia Compañía de Jesús en Salamanca no se ha escrito todavía. Unos breves apuntes pueden verse en M. VILLAR Y MACIAS, Historia de Salamanca, t. II, pp. 317-329. Más reciente: A. ASTRAIN, S. I., Historia de Ia Compañía de Jesús en Ia Asistencia de España, t. I, pp. 298-303; t. V, pp. 31-38 De menos valor en Ia parte histórica que en Ia monumental : M FALCON, Salamanca artística y monumental (Salamanca, 1876), pp. 272-286.
6. Salamanca, Arch. Seminario, Hb. l’, f. 10 ss. Se publicó con el título : La primera efemérides. Inauguración del Seminario. 21 de septiembre, 1779, en «Salmantica», 2 (1946), p. 26.
7. Suplemento a las constituciones del Real Seminario de San Carlos de Salamanca (Madrid, 1874), c. 17, p. 33 s.
8. Solemnes exequias celebradas en Ia santa iglesia de Salamanca y Real Seminario de San Carlos en Ia translación del cadáver del Excmo. Sr. D. Felipe Bertrán, obispo de Salamanca, Inquisidor general, caballero prelado Gran Cruz de Ia Real y distinguida Orden española de Carlos 111 (Madrid, 1790) ; P. ESTALA, Oratio funebris in celebri translattone corpiris IU. atque Excmi. D. D. Philippi Bertrani, episcopi Salmanticensis, habita in Regii D. Caroli Seminarii sacello (Madrid. 1790).
9. Historia de las Universidades…, t. IV, p. 121. Sobre esta etapa y siguiente, hasta el pontificado del P. Cámara, son útiles las noticias que encontramos en el Episcopologio salmantino desde Ia antigüedad hasta nuestros días (Salamanca, Calatrava, 1901), de J. A. VICENTE BAJO, y en el Estadismo de Ia diócesis de Salamanca (Salamanca, CaIatrava, 1902), dispuesto por REPILA. Utilizamos también documentación del Arch, del Seminario, legs. 6, 13, 151.
10. Cf. L. FRIAS, S. I., Historia de Ia Compañía de Jesús en su asistencia moderna de España, t. H, vol. I (Madrid, 1944), pp. 310-321.
11. Sobre el Colegio de Ia orden de Calatrava cf. M. FALCON, Salamanca artística y monumental… (Salamanca, 1867), pp. 301-304; J. GÓMEZ CENTURION, Jovellanos y los Colegios de las Ordenes Militares en Ia Universidad de Salamanca, en «Bol. R. Ac. Historia», 64 (1914), 5-42.
12. Ci. Soledad ARROYO DE SANTO DOMINGO, El primer obispo de Madrid (Barcelona, 1889); P. ALVAREZ, O. P.. El llmo. Sr. D. Narciso Martínez Izquierdo…, en «Vida sobrenatural», 18 (1929), 56-67; L. DE ECHEVERRiA, “Da su vida”… Ilmo. y Rvdmo. Sr. D. Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid-Alcalá (Vitoria, 1949).
13. N. LÓPEZ MARTINEZ, El P. Cámara y su Colegio de Calatrava, en «Salmantica», 4 (1948>, 1-6; A. VAZQUEZ GARCÍA, El Colegio de Estudios Eclesiásticos Superiores de Calatrava, fundado por el P. Cámara (1894-1911): tesis doctoral presentada en Ia Facultad de Teología de Ia Universidad Pontificia de Salamanca en 1951, y de Ia que se ha publicado el siguiente extracto : El P. Cámara, figura preclara del episcopado español y fundador de los Estudios Eclesiásticos Superiores de Calatrava, en «Hispania sacra». 7 (1954), 327-358.
14. Sobre Ia Universidad de Comillas: C. M. ABAD, S. I., El Seminario Pontificio de Comillas (Madrid, 1928) ; N. GONZÁLEZ CAMINERO, S. I., La Pontificia Universidad de Comillas. Semblanza histórica (Comillas, 1942) ; «Comillas», BoI. de Inform., nn. 14-15 (oct. 1943).
15. Sobre el Pontificio Colegio Español de Roma: [P. RUIZ DE LOS PAÑOS, Los primeros cuarenta años del Pontificio Colegio Español de San José de Roma <Roma, 1933); [A. TORRES], Recuerdo de unas fiestas. Bodas de oro del Pontificio Colegio Español de San José en Roma (Roma, 1942).
16. Sobre Ia restaurada Universidad Pontificia de Salamanca: [J. ARTERO], La Pontificia Universidad Eclesiástica de Salamanca en su primer trienio (Salmanca, 1943); [L. SALA BALUST], La Pontificia Universidad de Salamanca va a cumplir catorce años, en «Incunable», 2 (1954-37), 6 ss.; L. DE ECHEVERRiA, La Universidad de Salamanca en su vigésimo curso, en «Ecclesia», 20-1 (1960), 245 s.
Universidad Pontificia de Salamanca
NOTICIAS RELACIONADAS
Los seminaristas viven en el Teologado de Ávila, situado aquí, en Salamanca, en la Avenida de los Maristas 122. Allí comparten la formación con otros seminaristas de Ávila, Zamora, Segovia, Ciudad Rodrigo, Plasencia y Mondoñedo-Ferrol. El Rector, D. Gaspar Hernández Peludo y el director espiritual, D. Antonio Collado Montero, sacerdotes de la diócesis de Ávila, son quienes están al cuidado de su formación. Además, los seminaristas de cada diócesis tienen su propio acompañamiento y discernimiento vocacional con los rectores y obispos de cada diócesis.
El plan de formación del Teologado está basado en el Plan de la Conferencia Episcopal Española de 1996, que establece una formación integral basada en las dimensiones humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria. Cada año se trabaja una dimensión relacionándola con las demás. Para ello se marca un objetivo, y se plantean unos medios y acciones en cada trimestre.
En los primeros años se trabaja la iniciación a la oración de la liturgia de las horas y la revisión de vida. Para todos se tiene siempre formación general durante toda la tarde de los viernes, y una vez al mes hay retiro. Los miércoles por la noche suele haber una tertulia sobre algún tema de actualidad. También hay un día de deporte y otro de limpieza, además de excursiones, una por cada trimestre, y la revisión general. Por las mañanas asisten a clase en la Universidad Pontificia y por las tardes hay estudio, salvo cuando hay alguna actividad común.
La Eucaristía y el rezo de vísperas suele ser antes de cenar. El fin de semana los seminaristas salen a realizar alguna actividad pastoral en sus parroquias. Vuelven el domingo por la tarde noche, y se incorporar con el rezo de vísperas y la adoración al Santísimo. Una vez al mes preparan la meditación de la Palabra de Dios con el método de la “lectio divina”.
Además todas las tareas de la casa están distribuidas por pequeños grupos (limpieza, liturgia, actividades culturales, biblioteca, etc…), lo que ayuda a trabajar en equipo y colaborar por el buen funcionamiento del Teologado.
Me dirijo a vosotros, los que tenéis alguna inquietud vocacional al sacerdocio. ¿Qué buscáis?, es la pregunta que hizo Jesús a los discípulos que le seguían. Ahora os la hace a vosotros. Si por vuestra mente se ha pasado la idea de ser sacerdotes o en vuestro corazón hay deseos de serlo que os llenan de felicidad, yo como Rector del Seminario Diocesano de Salamanca os propongo este plan para un mejor discernimiento de vuestra vocación en el periodo de un cuso:
1.-Hablar conmigo para discernir las motivaciones que llevan a tomar esa decisión. Para ello es fundamental un acompañamiento personal periódico antes de entrar en el Teologado de Ávila.
2.-Venir a vivir, cada cierto tiempo, un fin de semana, al Seminario de Calatrava, junto a los seminaristas y un servidor.
3.-Participar de las actividades vocacionales durante el curso, sobre todo de la Vigilia Vocacional en torno a S. José, y de la actividad de verano.
4.-Vivir en el Teologado a lo largo del curso, alguna semana, siguiendo el ritmo propio de la vida allí, y programar la participación en algunas actividades formativas y de oración.