¿El aborto es sagrado?

Salamanca rtve.-Escuchar la barbaridad “El aborto es sagrado” desde la llamada tribuna de invitados (¿se puede ir libremente o te tienen que invitar?, ¿quién invita?, ¿quién invitó?) del Congreso de los Diputados, interrumpiendo cual 23-F una sesión parlamentaria, me resultó doloroso e incomprensible, por ese orden. Primero el corazón, que se quejó, y luego la razón, que siguió doliéndose. Eso fue hace mes y medio. El domingo pasado repitieron el lema las mismas alborotadoras de la Carrera de San Jerónimo pero en otra calle madrileña, provocando con sus irracionales soflamas a los participantes en una manifestación autorizada que pedía la modificación de la Ley del Aborto. La que lo convirtió en un “derecho”, pues hasta entonces seguía siendo un delito despenalizado. Para muchos, visto está, lo “consagró”. En la práctica, antes y después de la puesta en marcha de la vigente legislación, con gobiernos del PSOE y del PP, se han seguido interrumpiendo embarazos en España. Y cuando el actual gobierno cumpla, si cumple, sus promesas electorales, se seguirán interrumpiendo aunque ya no sea un derecho. Nominalismos y legalismos a un lado, el no nacido no podrá nacer. Igual que ahora. Por desgracia, no hay talla política en las Cortes para un debate serio al respecto.

 

Las estadísticas son demoledoras y fáciles de encontrar. Aun así, nos acostumbramos a los números, la sangre sigue helada y la mente confundida. Porque esos muertos no tienen quien les defienda. Porque es políticamente incorrecto decir que abortar es matar, y se estila definir el aborto como un progreso de la mujer y una derrota de la Iglesia que nos tiene acobardados y coaccionados, como sostendrían los más rancios anticlericales, que no son pocos en esta España nuestra. Para calentar la sangre y despejar la mente no hay que leerse el Catecismo desde la fe, ni tampoco hace falta comprender un tratado de Embriología, ni es necesario graduarse en Filosofía. Basta con cruzar la mirada con una joven embarazada y abocada, literalmente, al aborto, que acude casi siempre sola a la consulta del médico de cabecera, que desde ese momento se convierte en un código de números y letras y así es recibida por el ginecólogo en el hospital, sin poder ser llamada por su nombre como cualquier otro paciente, que luego es remitida a una clínica donde se procede a la fatídica intervención, la cual no se incluye en su historial (como si no tuviera ninguna importancia), y que finalmente es devuelta al mismo entorno hostil que la abocó a abortar. Y todavía alguien pensará que hemos solucionado algún problema además de eliminar una vida recién estrenada. El día que esa joven vuelve sola a la consulta del médico de cabecera y plantea que otra vez está embarazada y que “no puede” tener el niño las dudas quedan despejadas. Entre todos lo matamos, él solito se murió y ella está peor que nunca. Claro que no hay que meterla en la cárcel, ya está prisionera en su vida, por desgracia, y hay que liberarla. Algunos diputados, entre tanto, se llenan la boca de igualdad y justicia al tiempo que jalean a quienes denominan este triste periplo humano como algo “sagrado”.

 

Mientras muchos de mis colegas participan en manifestaciones, esas mareas blancas bajo el lema “La sanidad pública no se vende, se defiende”, a pocos escandaliza que los recursos que empleamos en practicar abortos no se destinen a promocionar una responsable paternidad/maternidad (van juntas…, o iban). Eso también es defender la sanidad pública, y algo mucho más antiguo, la dignidad de la profesión médica, pensada para la vida, que es un concepto imprescindible si queremos que funcione nuestro sistema sanitario público. Mientras tanto, no riamos las gracias a quienes no tienen ninguna. Cada vez que oigo lo de “El aborto es sagrado” pienso en Millán-Astray gritando “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”. Será porque cada vez que se practica un aborto, la muerte canta victoria y la inteligencia entra en agonía.

Tomás González Blázquez

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Esta página ha sido actualizada el  18/04/2017

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