Monseñor Carlos López, Obispo de Salamanca: “No es infrecuente que los misioneros culminen su testimonio del Evangelio con el martirio”


El pasado domingo, día 13 de octubre, ha tenido lugar en Tarragona la ceremonia de beatificación de 522 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. Esta denominación es la adecuada, porque no fueron mártires de la guerra civil, en la que de ninguna manera participaron, y porque algunos de ellos, Hermanos de la Salle de Turón (Asturias), fueron asesinados en Oviedo en 1934. Los mataron por odio a la fe, por el solo hecho de ser católicos, ya fueran sacerdotes, religiosos o laicos, y porque no quisieron apostatar de la fe para salvar la vida.

 

Entre los beatificados se encuentra el religioso carmelita descalzo Damián de la Santísima Trinidad (Damián Rodríguez Pablos), nacido el día 18 de mayo de 1896 en Pedroso de Armuña. Después de una breve carrera militar, ingresó en el convento de carmelitas de Tarragona, donde pasó toda su vida religiosa. Fue portero y sacristán y tuvo a su cuidado el Centro e Propaganda de Santa Teresita. Vivió con gran intensidad su consagración, con una notable vida interior, de la que queda constancia en sus cartas. El día 21 de julio de 1936 se refugió con otros carmelitas en una casa de la Rambla Vella en Tarragona. El 6 de agosto fueron descubiertos y enviados al barco-cárcel Río Segre. El día 11 de noviembre fue fusilado, juntamente con otras personas, en el cementerio de Torredembarra (Tarragona).

 

Esta beatificación es el acto con el que culmina en España el Año de la Fe. Estos mártires sellaron con su sangre la fe que profesaron con los labios. Vivieron en la fe, no se avergonzaron de la cruz del Señor y entregaron su vida testimonio de la fe y del amor de Cristo, que les hicieron capaces de morir perdonando y orando por quienes los causaban la muerte. Ahora, el mismo Señor, por el ministerio de la Iglesia, los declara partícipes de su gloria eterna y nos los propone como modelos a imitar por su fidelidad y fortaleza, por la plena coherencia entre su fe y su vida.

 

Cuando la Iglesia proclama la bienaventuranza de quienes han muerto por causa de Jesucristo (cf. Mt 5, 10-12), no quiere tomar partido ideológico ni emitir un juicio histórico sobre un hecho tan doloroso como la guerra civil, que enfrentó a hermanos contra hermanos; no honra a unos para condenar a otros. La beatificación de los mártires no se hace en contra de nadie. La Iglesia quiere amar a todos y mostrar a todos su misericordia y su perdón, como lo hicieron los mártires. La beatificación de quienes amaron hasta el extremo de perdonar a los perseguidores es un mensaje permanente de reconciliación y de paz.

 

La Iglesia desea simplemente exponer a plena luz, ante todo el mundo, el testimonio de personas que murieron por Jesucristo y tenían la certeza de que el destino de Cristo en la gloria era su propio destino. La beatificación de los mártires es una alabanza a Cristo, que es el Rey de los mártires. También es una proclamación de su gracia, que les ha hecho fuertes en la adversidad (cf. 2 Cor 1, 14). La fortaleza es un don del Espíritu Santo, y “hace capaz de vencer el miedo, incluso el miedo a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones” (CIC n. 1808).

 

Los mártires y los misioneros tienen en común el ser testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Y no es infrecuente que los misioneros culminen su testimonio del Evangelio con el martirio. Unos y otros se cuentan entre los testigos más auténticos de Jesucristo y más reconocidos por el pueblo cristiano. Los misioneros son incluso reconocidos por los no creyentes, a causa de su compromiso a favor de la promoción integral de los más pobres y, en general, de la justicia y la paz. El anuncio del Evangelio es servicio a la caridad en la verdad, que es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.

 

El día 20 de octubre es el día de los misioneros, el popular y entrañable DOMUND, Jornada Mundial de las Misiones, que tiene este año en España el expresivo lema: FE + CARIDAD = MISIÓN.

 

Celebramos este año la Jornada de las Misiones al final del Año de la Fe, ocasión para fortalecer nuestra amistad con el Señor y nuestro camino como Iglesia que anuncia el Evangelio con valentía. El Año de la Fe es un estímulo para que toda la Iglesia adquiera una conciencia renovada de su presencia en el mundo actual y de su misión entre los pueblos.

 

En su mensaje para esta Jornada el Papa Francisco ha escrito que Dios nos ama y todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación. “El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial… Toda comunidad es adulta, cuando proclama la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a los suburbios, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo… El Evangelio de Cristo es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien. El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que solo el encuentro con Cristo puede darle. ¡Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza donada por la fe!... Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras y a todos los que acompañan y apoyan este compromiso fundamental de la Iglesia para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de la tierra.”

 

+ Carlos López,

Obispo de Salamanca


Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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