Homilía en la fiesta de la Virgen de la Vega

Veneramos hoy a la Virgen de la Vega, Patrona de nuestra ciudad, en comunión con la Iglesia universal, que celebra con gozo en este día la fiesta de la Natividad de la Virgen María.

 

El nacimiento de María es el comienzo de la realización del plan trazado por Dios para dar a Israel el nuevo pastor prometido. Él vendrá a guiar a sus hermanos con la fuerza del Señor, mostrándoles la gloria de Dios y haciéndoles participar de su vida y de su paz, que llegará a todos los confines de la tierra. Este pastor, termina afirmando la lectura de la profecía de Miqueas, “será nuestra paz”.

 

El texto de la carta a los Romanos ha explicitado el significado de esta paz como una participación en la vida de Cristo de todos aquellos que hemos sido elegidos, llamados y santificados por Él. De este modo, Cristo es el primogénito de muchos hermanos y nosotros somos su imagen viva en medio del mundo. En efecto, “Cristo es imagen de Dios invisible” (Col 1, 15) y nos hace posible recuperar en él la imagen de Dios que habíamos perdido. Así nos ha llevado a la paz de los hijos de Dios. Por él quiso Dios “reconciliar todas las cosas… haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1, 20).

 

El nacimiento de María y la historia concreta de su vida conducen a la salvación en su hijo “Jesús”. El hijo de María es por genealogía humana “hijo de David, hijo de Abrahán” (Mt 1,1); pero es también “Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32), “Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Jesús es a la vez criatura del Espíritu Santo y hombre dado a luz por María como su propio hijo. El nombre de Jesús expresa su verdadera identidad personal como el que “salvará a su pueblo de sus pecados”. En Jesús se ha hecho realidad la presencia de “Dios con nosotros” (Mt 1,23); Él es el único Mediador que nos lleva a la comunión de vida con Dios. Y el hombre está llamado a encontrar su plenitud en Jesús, que se ha revelado como “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

 

San Pablo experimentó en su propia vida este mensaje de Jesús como una manifestación de amor, y lo expresó con esta confesión: “vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mi” (Gal 2, 20). Desde esta experiencia nos ha dejado hoy Pablo el siguiente testimonio: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28); es decir, el que cree en Dios y le ama, ama también al prójimo con un amor paciente y benigno, que no es envidioso ni egoísta, no se irrita y ni lleva cuentas del mal; que todo lo excusa y todo lo soporta (cf. 1 Cor 13, 4-7); que encuentra su alegría en vencer el mal con el bien (cf. Rom 12,21; 1 Pe 3,9), en buscar el interés de los demás (cf. Filp 2,4) y en compartir los sufrimientos de Cristo (1 Pe 4,13). El que cree en Dios y le ama tiene la esperanza firme que nunca se verá defraudada (cf. Rom 5,5), porque brota de la experiencia del amor fiel e irrevocable de Dios, del que nada le puede separar (cf. Rom 8,39). Esta es la fe que ha vencido al mundo (cf. 1 Jn 5,4).

 

En el marco espiritual del Año de la Fe, la fiesta de la Virgen de la Vega, ha de fortalecer en nosotros la esperanza, que brota de la fe en el Hijo de Dios, que nos ha a amado y se ha entregado a la muerte por cada uno de nosotros. Y el Papa Francisco, con su reciente Encíclica Lumen fidei, nos ha ofrecido una gran ayuda para hacer más firme nuestra adhesión a la fe y más gozoso nuestro compromiso de anunciarla.

 

La fe es descrita como Luz porque está referida a Jesucristo, que en el Evangelio de Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mi no quedará en tinieblas” (Jn 12, 46). El Papa ha manifestado expresamente su propósito con estas palabras: “Deseo hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz” ( n. 4).

 

La fe no es una luz ilusoria que impida al hombre la audacia de la búsqueda del saber y el avance en libertad hacia el futuro. La fe no es un salto que damos en el vacío, movidos por un sentimiento ciego; ni es una luz meramente subjetiva, capaz de enardecer el corazón o de dar consuelo privado, pero que no se podría proponer a los demás como luz para alumbrar el camino común. Por el contrario, “es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo” (n. 4). Poco a poco se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar de forma suficiente el futuro y deja al hombre en la oscuridad y con miedo a lo desconocido. Cuando el hombre renuncia a la búsqueda de una luz y de una verdad grandes, y se contenta con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal y diferenciar la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija (cf. n. 3). En cambio, “la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (cf. n. 4). Una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; la fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor gratuito y fiel. Transformados por este amor, dirigimos con ojos nuevos la mirada al futuro (cf. n. 4) y conducimos nuestra vida cristiana hacia la plena comunión con Dios (cf. n. 7).

 

Con estas referencias os exhorto a una lectura completa y reposada de esta Encíclica sobre la Luz de la fe, que da respuesta a las cuestiones más actuales relacionadas con el contenido salvador de la fe, con la búsqueda del conocimiento de la verdad y de Dios, con la transmisión de la fe y con la luz que la fe aporta a todos los aspectos de la vida en sociedad. Será una forma de asimilar y disfrutar personalmente los beneficios del Año de la fe.

 

La realización de las acciones encaminadas a alcanzar los objetivos del Año de la fe en los ámbitos de la diócesis, el arciprestazgo y la parroquia está siendo siendo diversa y con logros difícilmente evaluables. No obstante, podemos apreciar que gran número de fieles han tenido conocimiento suficiente de la finalidad del Año de la Fe y han participado con interés en las peregrinaciones de los arciprestazgos a la Catedral para profesar la fe junto con sus presbíteros y con el Obispo. Y tiene especial relevancia la organización de amplios horarios en varios días de la semana para la celebración personal del Sacramento de la Penitencia en la Parroquia de El Carmen.

 

La actividad del Consejo Presbiteral en el Año de la fe ha tenido como frutos importantes la aprobación de unas “Orientaciones pastorales para el Catecumenado de Adultos”, con las cuales se da un nuevo impulso a la práctica de la iniciación cristiana de adultos en nuestra diócesis, así como la aprobación de un “Directorio para las Celebraciones dominicales en Ausencia de Presbíteros”, en el que se determinan los criterios por los que han de regirse estas celebraciones.

 

El asiduo trabajo del Consejo Diocesano de Pastoral ha encontrado su reflejo en la redacción de un Borrador de futuro Plan Diocesano de Pastoral, que seguirá siendo estudiado durante el próximo curso pastoral, y cuyos objetivos centrarán el estudio de la próxima Semana de Pastoral, que se celebrará desde el 16 al 21 de septiembre, en la cual os invito a todos a participar. Como podréis ver en los programas distribuidos en vuestras parroquias y comunidades, las ponencias principales versarán sobre: 1. Cristo, mirada central de toda pastoral; 2. Un nuevo modo de ser Iglesia: la conversión de nuestras comunidades; 3. La misión de la Iglesia hacia fuera: diálogo fe-cultura, fe-justicia. Nuevos escenarios; 4. La iniciación cristiana: hacia un paradigma catecumenal.

 

Además, la Semana de Pastoral incluye en su programa, como novedad suscitada por el Año de la Fe, una Celebración Penitencial para toda la comunidad diocesana. Y en la Asamblea final se presentará el borrador del nuevo Plan Diocesano de Pastoral y un nuevo programa de pastoral vocacional, que contempla la instauración del Seminario en Familia y de un Pre-Seminario Mayor.

 

Acogiendo la petición del Papa Francisco hemos celebrado ayer una Vigilia de oración por la paz en el mundo, en particular en Siria y Oriente Medio. El Papa está llamando a los gobernantes del mundo a un compromiso activo por la paz en Siria basado en la urgencia de la negociación entre las partes afectadas y orientado al bien de la población y a la atención de las víctimas de la actual guerra. Desde la más firme condena del uso de armas químicas, el Papa recuerda que el camino de la paz no es el uso de la fuerza armada, que causa nuevas víctimas y engendra más violencia, de alcance en este caso imprevisible.

 

Esta postura del Papa Francisco viene siendo mantenida de forma constante por la Doctrina Social de la Iglesia desde hace largo tiempo y se encuentra ya formulada con toda nitidez en la Encíclica Pacen in terris, publicada por Juan XXIII en 1963, en el contexto de la gran crisis surgida por la instalación de rampas de lanzamiento de misiles en Cuba por la Unión Soviética. El principio moral es que las diferencias entre las naciones no pueden resolverse por la fuerza de las armas, sino por medio de convenios. La guerra no es ya un medio apto para resarcir el derecho violado.

 

Queridos hermanos: La tarea evangelizadora que nos espera es tan amplia y ardua como apasionante y gozosa. Para realizarla echaremos de nuevo las redes en nombre del Señor y confiaremos en el aliento del Espíritu, que estará siempre con nosotros, en un Pentecostés permanente. Hoy unidos con María, invocamos ya, como la Iglesia primera, la infusión de este Espíritu de Verdad, de Vida y de Amor. Por el camino de la verdad, de la justicia y del amor, este Espíritu nos conduce a la paz en la libertad.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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