Homilía en la Vigilia de Oración por la Paz

Nuestra oración por la paz en todo el mundo y, en particular, en Siria, ha de ser una expresión de la voluntad de Dios y requiere de nosotros una profunda comprensión de su Palabra para conocer esa voluntad de paz y, a su luz, poder hacer un adecuado discernimiento de los medios más adecuados para hacerla efectiva en las complejas actuales circunstancias de los países del entorno.

 

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ha mostrado en la primera lectura la voluntad divina de atraer a todos los hijos dispersos a su casa, para instruirlos con su Ley y su Palabra sobre la forma de caminar por las sendas de la justicia y la paz. Caminar a la luz del Señor, orientados por sus reglas de convivencia y sometidos a su juicio, significa convertir todos las armas de guerra en herramientas para el trabajo del campo y lleva consigo una tarea de educación para la paz que sustituya el adiestramiento para la guerra.

 

El juicio y el castigo de Dios, que el profeta Isaías anuncia a Israel, tienen su causa en la infidelidad del Pueblo de Dios a la Ley de la Alianza. Isaías transmite estas conmovedoras palabras de Dios: “”Hijos he criado y educado, y ellos se han rebelado contra mi. El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1, 2-3).

 

Por el contrario, la restauración de la salvación de Israel y su progreso en la justicia y en la paz, vendrán de la mano de Dios a través del renuevo prometido del tronco de Jesé, porque “sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor…juzgará a los pobres con justicia…Nadie causará daño ni estrago… porque está lleno el país del conocimiento del Señor” (Is 11, 2.4.9).

 

Esta es la primera gran enseñanza de la Palabra de Dios sobre los caminos del trabajo por la paz: El conocimiento de Dios, la acogida de su luz y dejarse guiar por su espíritu es el cimiento de la justicia y la paz.

 

El texto de la carta a los Efesios nos ofrece una luz nueva en relación con la paz, pero ya en un contexto y perspectiva muy distintos. El marco de referencia es el Reino de Dios instaurado por Jesús, que no es de este mundo, y tiene su centro en Jesús mismo y en el cuerpo eclesial edificado sobre él como piedra angular. Con el sacrificio de su sangre, derramada en la cruz, Cristo ha derribado el muro del pecado y el odio que separaba a los pueblos, ha acercado en el amor a los que antes estaban lejos, se ha convertido él mismo en nuestra paz y ha recreado en él un solo hombre nuevo. Así se pone de manifiesto que vino a traer la noticia de la paz universal, a los de cerca y a los de lejos, y de esta forma acerca a todos al mismo Padre como miembros de su única familia y ciudadanos del mismo pueblo de Dios. Esta obra de Jesús se va haciendo actual día a día por obra de su Espíritu, que edifica a su Iglesia como un templo consagrado al Señor, en el que Dios tiene su morada.

 

Es obvio que san Pablo no pretende convertir esta enseñanza sobre Cristo y su Iglesia en ley civil para la convivencia pacífica entre los pueblos. Pero con esta enseñanza pone de relieve el origen y fundamento espiritual de la paz. Es la fe en Dios Padre la que nos hace sentir como miembros de una misma familia de hermanos y ciudadanos de un mismo pueblo universal. No es el odio, sino el amor el fundamento de la paz. Y es el Espíritu de Dios el único que puede crear un hombre nuevo, que se alegra en su trabajo por la paz. Por último, esta enseñanza de san Pablo contiene elementos que pueden servir de referencia para el trabajo de las diversas religiones a favor de la paz. El gran desafío que esta enseñanza representa para los cristianos en primer lugar es la necesidad de su realización auténtica en el mismo seno de la Iglesia y de las naciones de mayor tradición cristiana, superando etapas de la historia menos ejemplares.

 

El programa de las bienaventuranzas del Reino es el ideal que Jesús vivió y nos enseñó como modelo para la convivencia característica de sus discípulos. La perspectiva es la sabiduría de la cruz, la entrega de la propia vida por amor, devolver el bien por el mal recibido y vencer el mal con el bien, perdonar y amar incluso al enemigo, y hacerse los últimos y servidores de todos, según la enseñanza de Jesús: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28).

 

Asumir el riesgo de la persecución por defender la justicia y el compromiso firme de trabajar por la paz con mansedumbre, es decir, sin el recurso a la fuerza de las armas, constituyen formas ejemplares de servicio, que hacen grande a quien lo realiza y digno de ser llamado hijo de Dios.

 

En la realización de este servicio de paz orienta y estimula el elevado ideal moral de las bienaventuranzas que, sin poder imponerse como ley de convivencia social, es un contraste iluminador del juicio de la propia conciencia a la hora de discernir la forma más adecuada de construir la paz en circunstancias de gran dificultad.

 

En este camino de aplicación de los principios morales del Evangelio a la acción social y política nos ayuda la Doctrina Social de la Iglesia. En concreto, en relación con la paz es eminente la enseñanza de la Encíclica Pacem in terris, publicada en el año 1963 por Juan XXIII, en el contexto de la dramática situación creada para la paz mundial por el emplazamiento de rampas de lanzamiento de cohetes en Cuba por parte de la Unión Soviética, que estuvo a punto de provocar una tercera guerra mundial. La Encíclica tuvo una acogida general, que mostró que el Papa se había constituido en intérprete de los sentimientos y aspiraciones de paz de toda la humanidad. Salvadas las diferencias, también en este momento es el Papa Francisco la voz más firme y moralmente autorizada que se ha levantado para disuadir a los gobernantes de la proyectada reacción armada a la utilización de armas químicas por el Gobierno de Siria.

 

En la Pacen in terris comienza recordando Juan XXIII que la paz exige la observancia del orden divino y que la convivencia deber ser regida por las leyes que impone la naturaleza del hombre. Más en concreto, además del respeto a los derechos y deberes fundamentales de la persona, enseña el Papa que la paz será una palabra vacía mientras no se funde en “un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad” (n. 167). Las diferencias entre las naciones no pueden resolverse por la fuerza de las armas, sino por medio de convenios. La guerra no es ya un medio apto para resarcir el derecho violado.

 

La paz es una realidad principalmente espiritual, en la que deben encontrar orientación todos los valores sociales de la humanidad. La paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido. Por ello es necesario en la sociedad que los cristianos sean centellas de luz y viveros de amor. Y este efecto será tanto mayor cuanto más estrecha sea la unión de cada uno con Dios. En consecuencia es necesaria la oración por la paz, que Jesús nos ha prometido darnos: una paz distinta de la paz que el mundo nos da (cf. Jn 14,23).

 

En comunión de oración con María, la Reina de la paz, oramos a su Hijo, Jesucristo, por la paz en el mundo y, en particular, en Siria. ¡Que el Señor nos haga partícipes de su paz y constructores de su paz!

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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