Monseñor Carlos López y los mensajes del Papa Francisco

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco ha ido realizando gestos y anunciando mensajes que manifiestan en su conjunto los acentos que desea ver realizados en su ejercicio del ministerio de sucesor de Pedro, para que la Iglesia no se detenga en el camino del seguimiento de Jesús en las actuales circunstancias. Recogemos ahora algunos de ellos, con la intención de completarlos.

 

-- En relación con el misterio y la misión de la Iglesia ha dejado claro desde el primer momento que la Iglesia ha de ser edificada por el Espíritu Santo sobre la roca invisible de Jesucristo y como Esposa de Cristo, no como una mera institución espiritual de beneficencia. Con la atención constante a Dios, en fidelidad a su palabra y a sus designios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio, el Papa Francisco se siente llamado a cuidar de la edificación de la Iglesia, que es construida por Dios mismo con piedras vivas marcadas por su Espíritu.

Para ello es necesario asumir gozosamente el camino de la Cruz de Jesús. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará y será capaz de acompañar con amor, misericordia, ternura, humildad y pobreza a todos los crucificados de nuestro tiempo.

Quien escucha a Dios y se deja guiar por su voluntad es más sensible a las personas que le han sido confiadas, sabe leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea y sabe tomar las decisiones más sensatas. Porque el centro de la vocación cristiana es Cristo, es necesario guardar a Cristo en nuestra vida y así cuidar de nosotros mismos, para poder guardar a los demás y salvaguardar la belleza y el respeto de la creación de Dios y de todas sus criaturas. Porque el odio, la envidia y la soberbia ensucian la vida, es necesario vigilar sobre nuestros sentimientos y sobre nuestro corazón, porque de él salen las buenas y malas intenciones, las que construyen y las que destruyen. En cambio, no debemos tener miedo de la bondad y de la ternura, que no es propia de los débiles, sino que indica fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor.

“El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia. Y él ha venido para nosotros, cuando reconocemos que somos pecadores. Si no conocemos el corazón del Señor, nunca tendremos la alegría de sentir esta misericordia. No es fácil encomendarse a la misericordia de Dios, porque eso es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo. “Ay, padre, si usted conociera mi vida, no me hablaría así”. “¿Por qué, qué has hecho?”. “¡Ay padre!, las he hecho gordas”. “¡Mejor!”. “Acude a Jesús. A él le gusta que se le cuenten estas cosas”. El se olvida, él tiene una capacidad de olvidar, especial. Se olvida, te besa, te abraza y te dice solamente: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). Sólo te da ese consejo. Después de un mes, estamos en las mismas condiciones... Volvamos al Señor. El Señor nunca se cansa de perdonar, ¡jamás! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Y pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de perdonar.”

-- El ministerio de Pedro lleva consigo un poder que es servicio de apacentar las ovejas de Jesús por amor. “El papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe… y… abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que san Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25, 31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar”.

-- Sobre el ministerio de los sacerdotes ha manifestado: La unción que recibe el sacerdote es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos. Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando ilumina las situaciones límites, “las periferias” donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las “periferias” donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. El poder de la gracia se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada. El sacerdote que sale poco de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con “olor a oveja”, en vez de ser pastores en medio de su propio rebaño, y pescadores de hombres. Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note. En el mar del mundo actual, donde sólo vale la unción y no la función, resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

-- A los jóvenes les ha dejado un mensaje de alegría y esperanza: “La alegría: esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.”

 

-- A creyentes y no creyentes ha recordado que custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor, es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. La esperanza que los creyentes llevamos en el corazón tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, y está fundada sobre la roca que es Dios. Solo la escucha de Dios y el guardar a Cristo en nuestra vida nos hace capaces de cuidar y guardar la vida de los demás. La oscuridad de Dios, por el contrario, deja áridos los corazones y da origen a desiertos de pobreza y hambre, de abandono y soledad, de amor destruido y de injusticia en la distribución de los bienes de a tierra, que amenaza gravemente la paz.

 

La vocación de custodiar la creación y el designio de Dios inscrito en la naturaleza es una vocación humana que corresponde no sólo a los cristianos sino a todos. Custodiar a todos con amor, especialmente a los niños, los ancianos y los más frágiles; custodiar las relaciones en la familia y vivir con sinceridad las amistades; protegerse mutuamente en la confianza, en el respeto y en el bien es una responsabilidad que nos afecta a todos. Todos estamos llamados a ser custodios de los dones de Dios. Y en especial han de ejercer esta tarea quienes ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, para que los signos de destrucción y de muerte no acompañen el camino de este mundo ni desfiguren el rostro del hombre y de la mujer.

 

+Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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