Homilía Viernes Santo 2013

El relato de la pasión está inmediatamente precedido en el Evangelio de Juan por algunas afirmaciones de Jesús que muestran el significado que él atribuía a su próxima muerte. Se trata de palabras de Jesús situadas por el Evangelista en el espacio de tiempo que media entre la entrada triunfal en Jerusalén y la escena del prendimiento en el huerto de los olivos.

 

La narración de la entrada en Jerusalén, con la aclamación de Jesús como “el rey de Israel” (Jn 12, 13), ha terminado mostrando la decepción de los fariseos, que comentaban entre sí: “Esta bien claro que no conseguimos nada: todo el mundo lo sigue” (Jn 12,19). Y como confirmación de esta situación, el evangelista narra cómo algunos judíos griegos que han venido a la fiesta de Pascua, se dirigen a Felipe y le dicen: “Quisiéramos ver a Jesús” (Jn 12,21).

 

En contraste con esta situación de aceptación general de Jesús como rey de Israel; y en contra de la creencia de la gente, que piensa que el Mesías no morirá nunca (Jn 12, 34), Jesús habla de su muerte, pero la presenta como camino de gloria. Estas son sus palabras: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera: sólo entonces producirá fruto abundante” (Jn 12, 23-24).

 

Se trata de una muerte real, como la descomposición del grano de trigo en la tierra, que a Jesús le angustia. Así lo reflejan sus palabras: “Me encuentro profundamente abatido; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, sálvame de lo que se me viene encima en esta hora?. De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora.” (Jn 12, 27). Su abatimiento ante la muerte, no le hace olvidar que ha venido al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que le ha enviado; su abatimiento le hace más bien recordar que su alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra: En consecuencia, su oración ante la muerte es: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,28).

 

El evangelista explica que esta oración fue escuchada y se oyó una voz del cielo que dijo: “Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo” (Jn 12, 28). Y añade el comentario de Jesús: “Esta voz se ha dejado oír no por mí, sino por vosotros” (Jn 12, 30). Jesús no tiene duda del amor del Padre, y así lo manifiesta: “El Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad: yo tengo poder para darla y para recuperarla de nuevo. Esta es la misión que debo cumplir por encargo de mi Padre” (Jn 10, 17-18).

 

La muerte de Jesús es el momento de su glorificación porque acontece según el plan que Dios ha diseñado para mostrar su amor al mundo y porque, según este plan de Dios, el Hijo tiene el poder de entregar libremente la vida y de volver a recuperarla. Es decir, la muerte de Jesús se convierte en gloria por el amor y la libertad con que entrega la vida.

 

Por tanto, Juan no considera la muerte de Jesús como resultado del azar o de casuales circunstancias sociales, religiosas o políticas. Los cálculos políticos de Caifás y de Pilato fueron determinantes de la condena de Jesús, pero ambos fueron meros instrumentos externos para la realización del plan de Dios y para hacer posible la libre entrega de Jesús a la muerte. Así lo interpreta Pedro en sus primeras predicaciones públicas en Jerusalén después de Pentecostés: “Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, pero vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y matasteis. Dios, sin embargo, lo resucitó” (Hech 2, 23-24). “Ya sé, hermanos, que lo hicisteis por ignorancia igual que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado por los profetas: que su Mesías tenía que padecer” (Hech 3, 17-18). Y de la misma forma lo predica Pablo en Antioquia: “Ciertamente, los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las palabras de los profetas” (Hech 13, 27).

 

El evangelio de Juan refiere también las palabras de Jesús que manifiestan de qué forma se va a manifestar su propia muerte como glorificación: “Jesús explicó...Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 31-32). El evangelista explica que con estas palabras da a entender Jesús la forma en que iba a morir (Jn 12, 33). Jesús elevado en la cruz atrae a todos hacia sí como cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y elevado a la gloria del padre es reconocido por toda lengua como el único Señor y juez de vivos y muertos.

 

Por segunda vez, en esta ocasión en el transcurso de la cena de pascua y después de salir Judas de la sala, refiere el evangelista estas palabras de Jesús: “Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre... Dios lo glorificará... Y lo va a hacer muy pronto” (Jn 13, 31-32).

 

Esta comprensión del significado de la muerte de Jesús es una clave necesaria para leer el relato de la pasión en el evangelio de Juan. El evangelista hace un relato de los hechos de la pasión iluminados por la fe en la resurrección, que los muestra como fiel cumplimiento del designio de Dios anunciado mucho tiempo antes en las profecías de la Sagrada Escritura.

 

El Evangelio de Juan comienza el relato de la Pasión con la escena del prendimiento en el huerto de los olivos, pero no hace referencia a la angustiosa oración de Jesús. Por el contrario, Jesús aparece como Señor ante sus perseguidores. Les sale al encuentro sin temor preguntando dos veces: ¿A quién buscáis? Y confiesa: “Yo soy” Jesús el Nazareno, a quien buscáis. El evangelista aclara que al decir Jesús: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Con este gesto les muestra reconociendo a Jesús como el Hijo de Dios. En efecto, la expresión “yo soy”, en boca de Jesús, aparece repetidas veces en el Evangelio de Juan como un reflejo de la misteriosa revelación del nombre de Dios a Moisés en la zarza ardiente: ““Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros”” (Ex 3, 14). A la samaritana, que habla de la venida del Mesías, Jesús le dice: “Soy yo” (Jn 4, 26). Y el evangelista concluye la narración de uno de los diálogos de Jesús con los judíos incrédulos de esta manera: “Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús:””Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado”” (Jn 8, 27-28). Los adversarios de Jesús interpretan desde el principio que al llamar a Dios Padre suyo, se hace igual a Dios (cf. Jn 5, 18).

 

También la segunda parte de la escena del prendimiento muestra la serena libertad de Jesús y su actuación en conformidad con el designio del Padre. “Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos”, dice Jesús, porque no quiere perder a ninguno de los que el Padre le ha encomendado salvar. Sólo a Jesús le ha pedido el Padre dar la vida por sus ovejas. Y él debe beber el cáliz que le ha dado su Padre; es decir, debe mostrar en “su hora” decisiva que su alimento es hacer la voluntad del Padre. Por eso ordena a Pedro: “Mete la espada en la vaina”.

 

Ante la pregunta de Pilato, Jesús confiesa su condición de rey: “Tú lo dices: soy rey”. Pero aclara que su reino“no es de este mundo” (Jn 18, 36) y tiene como contenido la verdad: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad: Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37).

 

Con estas palabras, Jesús concentra el Reino de Dios en sí mismo, en su misma persona, que es la verdad. Por ello, todo el que es de la verdad escucha la voz de Jesús. De esta manera, el Reino de Dios se hace universal; ya no está limitado a ningún territorio, nación o lengua. Y así se hace también universal el Reino de Cristo, plantado en medio del mundo como fuente de libertad. Cuanto menos es de este mundo, cuanto más desprovisto está de los bienes y poderes de este mundo, se hace más luminoso y atractivo como Reino de la verdad sobre Dios y sobre el hombre.

En el diálogo con Pilato, las autoridades religiosas judías exigieron la muerte de Jesús según su Ley, “porque se ha declarado Hijo de Dios”. “Cuando Pilato oyó estas palabras, se asusto más”, se interesó por el origen de Jesús y trataba de soltarlo. Pero el temor religioso de Pilato quedó sofocado por su escepticismo sobre la verdad. Sus intentos de soltar a Jesús no brotaban de una firme convicción moral; y su débil sentido de justicia cedió ante los intereses del político pragmático, que no está dispuesto a asumir riesgos personales en su carrera. El sentimiento que no procede de la verdad carece de firmeza y no tiene fuerza para llevar más allá de la búsqueda del propio interés. El escepticismo práctico de Pilato es lo contrario del amor fiel de Jesús hasta la muerte.

 

El amor del Hijo de Dios hasta el extremo se manifestó también entregándonos en la cruz, poco antes de morir, todo lo que tenía más entrañado en el misterio de su propia vida: su madre virginal y su espíritu. El Evangelio no pone en boca de Jesús las palabras: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Narra simplemente que Jesús dijo: “Está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. Esta formulación es más abierta y ha permitido a los Padres de la Iglesia interpretar que Jesús entregó el espíritu no sólo a su Padre, sino también a todos aquellos por los que el Padre le había enviado a morir en la cruz, es decir, a toda la Iglesia, nacida como nueva Eva del costado del nuevo Adán dormido en la cruz; a toda la Iglesia, representada en el agua y la sangre, que brotaron de su costado traspasado por la lanza del soldado, como signos del bautismo y la eucaristía.

 

Sí, todo está cumplido. Jesús no se ha reservado nada, nos han entregado todo lo que constituía el misterio de su vida para introducirnos plenamente en la vida del Padre. Así, Jesús, elevado en la cruz, nos atrae hacia él y nos lleva con él en su paso de este mundo al Padre.

 

Y nosotros nos quedamos en adoración, incluyéndonos agradecidos entre aquellos que a lo largo de los siglos “mirarán al que atravesaron”.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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