Homilía Jueves Santo 2013

San Juan comienza su relato del lavatorio de los pies de una forma solemne: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

El evangelista indica que ha llegado la “hora” de Jesús, hacia la que se orientaba desde el inicio toda su misión. El contenido de esta “hora” viene expresado con dos palabras: PASO y AMOR, que se refieren la una a la otra. Las dos describen juntamente la Pascua de Jesús, su cruz y resurrección. La cruz es vista por Juan como una elevación, para atraer a todos hacia sí. Es un “paso” a la gloria de Dios, un “pasar” de este mundo al Padre. Pero este paso lleva consigo una transformación; no es como si Jesús, después de una breve visita al mundo, al modo de un turista, simplemente partiera y volviera al Padre. Jesús no ha venido a este mundo a ver en qué nos entretenemos sus habitantes; ha venido a compartir nuestra vida como un conciudadano. Para ello, se ha despojado de su condición divina y ha asumido la condición de vida de un hombre cualquiera, incluso del sometido a la muerte más ignominiosa. Por ello, al pasar al Padre, Jesús lleva consigo su carne, su ser hombre, las primicias de la humanidad entera. En la cruz, al entregarse a sí mismo, queda como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora está siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres.

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Dios ama a al hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin.

Dios no es un “Ser” omnipotente y lejano, demasiado distante y demasiado grande como para ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también por las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo, creado por su amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su amor. La santidad de Dios no es sólo un poder incandescente, ante el cual debemos alejarnos aterrorizados; es poder de amor y, por esto, es poder purificador y sanador. Dios es Padre y es amor. Y nos muestra su amor con el envío de Jesús al mundo, para darnos su vida.

La muerte de Jesús en la cruz, en un acto de amor hasta el extremo, transforma al hombre en partícipe de la gloria de Dios. Desde la cruz, el amor de Cristo nos atrae y nos incluye en su paso a la gloria del Padre. Así recibimos la redención, el ser partícipes del amor eterno, al que tiende toda nuestra existencia.

Este paso de Jesús a la gloria del Padre a través de la cruz está representado de forma simbólica en el lavatorio de los pies. En este gesto concreto expresa Jesús el significado de su misión tal como la describe el himno cristológico de la carta a los Filipenses: El Hijo de Dios se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el “vestido” de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita.

En el gesto del lavatorio de los pies podemos ver expresado un doble contenido. Es una acción por la que Jesús limpia a los discípulos y los hace capaces de estar abiertos a Dios y a la comunión con él. Y el lavatorio es también un ejemplo que lleva consigo un mandato de obrar. Y la unión de estos dos aspectos expresa la naturaleza de la vida cristiana. El cristianismo no es un simple sistema ético. Lo primero no es nuestro obrar, ni nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a sí mismo a nosotros. Y el don central del Señor a su Iglesia es la Eucaristía, que acogemos con gratitud y celebramos con la alegría de la vida nueva de Cristo que nos transmite.

En el relato del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, que merece nuestra atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Que el maestro lavara los pies; que el amo realizara la tarea del esclavo, chocaba totalmente con la reverencia de Pedro hacia Jesús y con su concepto de la relación entre maestro y discípulo. “No me lavarás los pies jamás” (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque continuamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos.

Cuando el Señor dice a Pedro que si no le lava los pies no tendrá parte con él, Pedro inmediatamente pide con ímpetu que no sólo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. Jesús entonces pronuncia unas palabras misteriosas: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo el está limpio” (Jn 13, 10). Jesús alude a un baño que los discípulos ya se habían dado; para participar en el banquete sólo les hacía falta lavarse los pies.

Pero esas palabras encierran un sentido más profundo, que no conocemos con certeza. En la distinción entre baño y lavatorio de los pies se puede descubrir también una alusión al baño del bautismo, que no puede repetirse, porque nos purifica definitivamente, nos sumerge en la muerte y resurrección de Cristo y nos da una nueva identidad en Cristo. Pero también en la nueva vida cristiana nacida del bautismo necesitamos el “lavatorio de los pies”. ¿De qué se trata? En la primera carta de san Juan se nos da la clave para comprenderlo. En ella se lee: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1 Jn 1, 8-9).

Necesitamos el “lavatorio de los pies”, necesitamos ser lavados de los pecados de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies sucios para poder así sentarnos a la mesa con él. Además, el mandado de lavarnos los pies unos a otros contiene el mandato de perdonarnos unos a otros, para poder participar juntos en el banquete de la Eucaristía.

"Vosotros estáis limpios, pero no todos", dice el Señor (Jn 13, 10). En esta frase se revela el gran don de la purificación que él nos hace, porque desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento. "Pero no todos": existe el misterio oscuro del rechazo, que con la historia de Judas se hace presente y debe hacernos reflexionar precisamente en el Jueves santo, el día en que Jesús nos hace el don de sí mismo. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite.

”Vosotros estáis limpios, pero no todos": ¿Qué es lo que hace impuro al hombre? Es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Es la soberbia que cree que no necesita purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios. Es la soberbia que no quiere confesar y reconocer que necesitamos purificación.

En Judas vemos con mayor claridad aún la naturaleza de este rechazo. Juzga a Jesús según las categorías del poder y del éxito: para él sólo cuentan el poder y el éxito; el amor no cuenta. Y es avaro: para él, el dinero es más importante que la comunión con Jesús, más importante que Dios y su amor. Así se transforma también en un mentiroso, que hace doble juego y rompe con la verdad; uno que vive en la mentira y así pierde el sentido de la verdad suprema, de Dios. De este modo se endurece, se hace incapaz de conversión, del confiado retorno del hijo pródigo, y arruina su vida.

"Vosotros estáis limpios, pero no todos". El Señor hoy nos pone en guardia frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado. Nos invita a imitar su humildad, a tratar de vivirla, a dejarnos "contagiar" por ella. Por más perdidos que podamos sentirnos, nos invita a volver a casa y a permitir a su bondad purificadora que nos levante y nos haga entrar en la comunión de la mesa con él, con Dios mismo.

Reflexionemos sobre otra frase de este inagotable pasaje evangélico: "Os he dado ejemplo..." (Jn 13, 15); "También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13, 14). ¿En qué consiste el "lavarnos los pies unos a otros"? ¿Qué significa en concreto? Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella.

Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino.

Dios nos ofrece sus dones no como a destinatarios pasivos de su bondad, sino como a interlocutores personales y vivos, llamados a “amar juntos” con él. Así lo expresan las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a todos nosotros, al final del relato de la cena: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). El “mandamiento nuevo” no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don del amor, del Espíritu, que nos hace tener la mente, los sentimientos y las actitudes de Cristo.

Si tenemos eso en cuenta, percibimos cuán lejos estamos a menudo con nuestra vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cuán poco damos a la humanidad el ejemplo de amar con el amor de Cristo. Por eso, queremos pedirle con más insistencia al Señor que mediante el don de sí mismo en la Eucaristía nos haga capaces de cumplir su mandamiento nuevo.

Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo. “Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado”, dirá más adelante a los discípulos en el discurso sobre la vid y los sarmientos (Jn 15, 3). Sí, las palabras de Jesús nos lavan y purifican de prejuicios, falsa sabiduría y medias verdades, si las acogemos con una actitud de fe y de oración. Pero, después de la herida por la lanza del soldado, del costado de Jesús no sólo salió agua, sino también sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6. 8). Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega “hasta el extremo”, hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre “para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

El Señor nos purifica; por esto nos atrevemos a acercarnos a su mesa. Pidámosle que nos conceda a todos la gracia de poder ser un día, para siempre, huéspedes del banquete nupcial eterno. Amén.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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