Homilía Misa Crismal 2013

Queridos hermanos en el sacerdocio.

Queridos hermanos y hermanas:

 

El escritor ruso León Tolstoi, en un breve relato, narra que había un rey severo que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no eran capaces de ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. "Para responder a esta pregunta —dijo el pastor al rey— debemos intercambiarnos nuestros vestidos". Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad de conocer la respuesta deseada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta del pastor: "Esto es lo que hace Dios".

En efecto, el Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero:"Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte" (Flp 2, 6 ss). Como dicen los santos Padres, Dios realizó un sagrado intercambio: asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo, ser semejantes a Dios.

San Pablo ha escrito en la carta a los fieles de Galacia: "Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Eso es precisamente lo que sucede en el bautismo: nos revestimos de Cristo; él nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que entramos en una comunión existencial con él, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente. En consecuencia, confiesa san Pablo:"Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

Cristo se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, todas nuestras angustias hasta la muerte. Y nos ha dado sus "vestidos". Y, con ello, la llamada a una nueva forma de obrar, así expresada por san Pablo en la carta a los cristianos de Éfeso: "Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida… renovaos en le mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 22-24).

Al ser revestidos de Cristo por el bautismo hemos sido incorporados como piedras vivas en la construcción del nuevo templo espiritual, cuya piedra a angular es Cristo mismo. Somos un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios, para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo (cf 1 Pe 2, 5.9). Este es el primer misterio eclesial que evoca esta celebración eucarística de bendición de los óleos y consagración del santo crisma, con el que son ungidos los bautizados y los que reciben el sacramento del orden sacerdotal.

El ser revestidos de Cristo en el bautismo tiene una nueva realización en la ordenación sacerdotal. De la misma manera que en el bautismo se produce un "intercambio de vestidos", una confluencia de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se da un nuevo intercambio: en la administración de los sacramentos el sacerdote actúa y habla ya en nombre de Cristo.

El Jueves santo encomendó el Señor a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su vuelta al fin de los tiempos. En lugar del cordero pascual y de todos los sacrificios de la Antigua Alianza está el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de sí mismo. Así, el nuevo culto en espíritu y en verdad se funda en que Dios nos hace un don a nosotros; y nosotros, transformados por este don, llegamos a ser suyos: la creación, recreada como nueva creación en Cristo, vuelve al Creador. Del mismo modo también el sacerdocio se ha transformado en algo nuevo: ya no es una función heredada por descendencia de familia, sino que es inserción personal en el misterio de Jesucristo, para configurarse con él.

Jesucristo es siempre el que hace el don y nos incorpora a su sacerdocio. Sólo él puede decir: "Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre". El misterio del sacerdocio de la Iglesia consiste en que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar y actuar en nombre de él, “in persona Christi”. Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebración del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular en el Jueves santo. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo específico, necesitamos volver al momento en que él nos impuso sus manos y nos hizo partícipes de este misterio.

Por eso, reflexionemos nuevamente sobre los signos con los que se nos donó el Sacramento. En el centro está el gesto de la imposición de las manos, con el que Jesucristo tomó posesión de cada uno de nosotros, diciéndonos: "Tú me perteneces". Pero con ese gesto también nos dijo: "Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas".

Recordemos, asimismo, que nuestras manos han sido ungidas con el óleo, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de hacer frente al mundo y "dominarlo". El Señor nos unge las manos porque quiere que, en medio del mundo, se transformen en las suyas. Quiere que ya no sean instrumentos para tomar el mundo, las cosas y los hombres para nosotros, como posesión propia; quiere que nuestras manos transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que las manos ungidas sean instrumentos de sus cuidados, de sus dones y de su bendición a los hombres; y para eso, sin duda, necesitamos el Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote hace y dona más de lo que deriva de él mismo. En cierto modo, está expropiado de sí mismo en función de un servicio, en el que se pone a disposición de alguien que es mayor que él.

El evangelio de hoy presenta a Jesús como el Ungido de Dios, el Cristo, que actúa por misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo; y, de esta manera, el Ungido dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta, que no se busca a sí mismo, sino que vive para hacer la voluntad de Dios. Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a disposición del Señor y pidámosle que nos vuelva a tomar siempre de la mano y nos guíe.

A través del Obispo, el Señor mismo nos ha impuesto sus manos y ha ungido las nuestras. Y con estos gestos sacramentales se ha hecho presente en nuestro itinerario existencial. En algún momento decisivo de nuestra vida, todos nosotros nos hemos encontrado con el Señor y hemos escuchado su llamada: "Sígueme". Tal vez al inicio lo seguimos con vacilaciones, mirando hacia atrás y preguntándonos si ese era realmente nuestro camino. Y tal vez en algún punto del recorrido vivimos la misma experiencia de Pedro después de la pesca milagrosa, es decir, nos hemos sentido sobrecogidos ante su grandeza, ante la inmensidad de la tarea y ante la insuficiencia de nuestra pobre persona, hasta el punto de querer dar marcha atrás, diciendo: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lc 5, 8).

Pero luego él, con gran bondad, nos tomó de la mano, nos atrajo hacia sí y nos dijo: "No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí". Tal vez en más de una ocasión a cada uno de nosotros nos ha acontecido lo mismo que a Pedro cuando, caminando sobre las aguas al encuentro del Señor, repentinamente sintió que el agua no lo sostenía y que estaba a punto de hundirse. Y, como Pedro, gritamos: "Señor, ¡sálvame!" (Mt 14, 30). Y entonces él nos agarró de la mano y nos sostuvo a flote. Y su mano nos sostiene y nos lleva cada día que volvemos a fijar los ojos en él y extendemos las manos hacia él. Llevados de su mano no nos hundiremos.

La fe en Jesús, hecha diálogo permanente de amor en la oración, es el medio por el cual volvemos a agarrar siempre con fuerza la mano de Jesús y mediante el cual él nos toma de su mano y nos guía. Una versión del grito de Pedro: “Señor, ¡sálvame!, la pone la liturgia en nuestros labios cuando rezamos en silencio la oración de antes de la Comunión y decimos: "Jamás permitas que me separe de ti". Pedimos que él no suelte nunca nuestra mano, para que nunca nos pongamos fuera de la comunión con él mismo y con su Cuerpo eucarístico.

Con la imposición de sus manos nos ha destinado Jesús a gozar de su amistad: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). El Señor nos hace sus amigos y nos encomienda todo lo suyo; nos encomienda a sí mismo, de forma que podamos hablar en su nombre. Todos los demás signos centrales de la ordenación sacerdotal son manifestaciones de la amistad y confianza con las que el Señor nos confía su misma misión y se pone en nuestras manos: el compromiso de cuidar el ministerio de la predicación, las vestiduras sacerdotales, la entrega del cáliz y la patena, con los que nos transmite su misterio más profundo y personal. De todo ello forma parte también el poder de absolver: nos hace participar también en su conciencia de la miseria del pecado y de toda la oscuridad del mundo, y pone en nuestras manos la llave para abrir la puerta de la casa del Padre.

Ya no os llamo siervos, sino amigos. Por ello, ser sacerdote es llegar a ser amigo de Jesucristo. Y amistad significa comunión de pensamiento, de corazón y de voluntad, que ha de manifestarse en la forma de obrar. Para ello, necesitamos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él. Debemos escucharlo y conocerlo en la lectura espiritual de la Sagrada Escritura, que es el centro de nuestra oración. Los evangelistas nos dicen que el Señor en muchas ocasiones, durante noches enteras, se retiraba "al monte" para orar a solas. También nosotros necesitamos retirarnos a ese "monte" interior de la oración. Sólo así se desarrolla la amistad. Sólo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal. La actividad exterior puede llegar a ser heroica, pero da un fruto escaso si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo.

La amistad con Jesús siempre es amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con el Cristo entero, con la cabeza y los miembros del cuerpo. Igual que Pedro, los presbíteros estamos llamados a mostrar el amor al Señor apacentando las ovejas de su rebaño. Y tenemos que ejercer nuestra misión de pastores siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, que da la vida por las ovejas. Como el apóstol Pablo, hemos de tener como ideal el cuidado de los fieles con un amor tan grande que no sólo nos mueva a entregarles el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias personas (cf. 1 Tes 2, 8).

La amistad del sacerdote con Jesús se fortalece y se expresa en la sabiduría de la cruz como forma de ejercicio del ministerio “in persona Christi”, es decir, de acuerdo con el ideal de trabajo apostólico descrito en la carta a los Colosenses: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor” (Col 1, 24-25).

Queridos hermanos laicos: valorad y agradeced el ministerio de los sacerdotes y rogad por ellos ahora especialmente, cuando vamos a renovar las promesas de nuestra ordenación sacerdotal. Y perseverad en la plegaria al Señor para que envíe nuevos sacerdotes a su Iglesia en Salamanca.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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