Homilía Pascua 2013

“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe... somos los más miserables de todos los hombres” (1 Cor 15, 14.19). Con estas palabras indica san Pablo que la resurrección de Jesucristo de entre los muertos es el fundamento de la fe cristiana. Cristo, “el primer resucitado de entre los muertos” (Col 1, 18), es para todos los hombres la esperanza de la gloria; la esperanza de una vida sin fin.

 

El texto del Evangelio de Juan nos ofrece hoy su perspectiva de la mejor de las buenas noticias. Antes, en el momento de morir Jesús, Juan nos había recordado que junto a la cruz permanecieron tan sólo dos mujeres, una de ellas, María de Magdala, junto a la madre de Jesús y al discípulo amado (cf. Jn 19, 25-27). Este reducido grupo de personas se resistía a admitir la posibilidad de un final tan ignominioso para el maestro y profeta de Nazaret, al que tanto amaban. La puesta de sol de aquel día terrible de la crucifixión de Jesús había dado paso al silencio y la angustia de aquel sábado, de reposo obligado, en el que la muerte parecía haber colocado la palabra “fin” sobre Jesús, el profeta empeñado en manifestar plenamente el verdadero rostro de Dios. Sin embargo, al amanecer del día primero de la semana, muy temprano, cuando aún estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro.

 

Las espaldas de María Magdalena soportaban un pasado desolador. Tras ser liberada por Jesús de “siete demonios” (Mc 16,9; Lc 8, 2), experimenta el inicio de una nueva vida y comienza a seguir al Maestro como discípula, en contra de las costumbres judías. Los evangelios no dicen nada más sobre su insólito seguimiento, pero la tradición identificará a Magdalena con la mujer pecadora que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó después con su cabellera (cf. Lc 7, 37-38): la mujer de la que dijo Jesús: “sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho” (Lc 7, 47).

 

María Magdalena acude al sepulcro cuando aún la oscuridad y el dolor envuelven su corazón. Marcos dice que fue al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. El Evangelio de Juan guarda silencio sobre sus intenciones, pero las deja traslucir: no se resigna a la idea de la desaparición de aquel a quien tanto ha amado. Y en el sepulcro aguarda a María una novedad extraordinaria: “Vio la losa quitada” y el sepulcro abierto. De inmediato, regresa corriendo a la ciudad para contárselo a Pedro y a Juan. Al verlos, les dice alarmada: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Estas palabras les parecieron a los apóstoles un delirio y no las creyeron, según atestigua el relato de Lucas (cf Lc 24, 11).No obstante, “Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro”(Lc 24, 12), acompañado por Juan.

 

Tras examinar el sepulcro vacío, los dos discípulos vuelven a casa sin proferir palabra (cf. Jn 20, 10). Pedro ha visto el sudario y las vendas; y ello contradice la explicación dada por María Magdalena a la tumba vacía: no es razonable pensar que una persona que se lleva el cadáver de la tumba le quite antes los lienzos que lo cubren y, además, pliegue el sudario que le cubría la cabeza. La tumba vacía y las vendas sin el cuerpo que habían envuelto no son una prueba, pero sí un signo de que Jesús ha dejado la tumba, ha vencido a la muerte. Pero Pedro no ha comprendido todavía el signo; en cambio, el discípulo amado, “que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó”. En esta fe de Juan encontramos el cumplimiento de una promesa de Jesús: “El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Si es verdad que la fe nace de la escucha (cf. Rom 10, 17), aquí comprobamos que la fe brota del amor: únicamente el amor a Jesús permite entender a fondo la Escritura y descubrir, a partir de un sepulcro vacío, que Cristo ha resucitado.

 

Aquí termina el evangelio de hoy, pero podemos acompañar un poco más a María Magdalena, que regresa “junto al sepulcro” (Jn 20, 11) llorando y buscando el cadáver de Jesús. Un amor persistente y una búsqueda que “obliga” al Resucitado a que se le muestre, llamándola por su nombre: “María”. La palabra que había hecho renacer su vida es la misma palabra del que ahora ha resucitado de la muerte y está vivo para siempre. Magdalena, entonces, se arroja a sus pies y exclama: “Maestro mío” (Jn 20, 16). Seguidamente, corre a anunciar a los discípulos la resurrección. Ella es “la apóstol de los apóstoles”, como afirma la tradición de la Iglesia.

 

Aquella fue la primera fiesta de la Pascua, pero el anuncio gozoso de María y la mirada de fe del discípulo amado han atravesado los siglos. Todavía hoy resuena aquella palabra que es anuncio gozoso para toda la humanidad: “Dios ha resucitado a Jesús” (Hch 2, 24).

 

Así lo proclama también Pedro en la primera lectura. Tras entrar en la casa del centurión Cornelio, toma la palabra y hace este anuncio: Jesús, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él, murió injusta y cruelmente, pero Dios le resucitó al tercer día, y se apareció a muchos.

 

Estas apariciones confirman lo que el sepulcro vacío hacía ya intuir. Pedro afirma: “Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de resucitar de la muerte. Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”.

 

Jesús resucitado está lleno de poder. Sin embargo, su primer poder no consiste en juzgar, sino en conceder la remisión de los pecados, alcanzada con su sangre derramada en la cruz. Por tanto, el primer poder de Cristo resucitado es un poder de salvación. Al final tendrá también el poder de juzgar. Sólo en su nombre se concederá el perdón de los pecados. Ningún otro puede salvar.

 

Pablo nos revela en la segunda lectura las consecuencias que tiene la resurrección de Jesús para nuestra vida; afirma que nosotros hemos resucitado con Él. Por eso estamos obligados a corresponder a esta gracia extraordinaria que hemos recibido. Pablo afirma: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

 

Aspirar a los bienes de arriba significa vivir en la fe, en unión con Cristo resucitado; vivir en la esperanza de la gracia de Dios para cada momento de nuestra vida, y en la esperanza de la gloria de Dios al final de la misma; y significa vivir en el amor de Cristo: Amándonos unos a otros como él nos ha amado; perdonándonos, como él nos ha perdonado; sirviéndonos, como el nos ha servido; no encerrándonos en nuestros intereses, sino saliendo cada uno de nosotros mismos, para buscar el bien de los demás, como Jesús, que pasó por la vida haciendo el bien. Esta manera de vivir acredita que hemos muerto con Cristo y que nuestra vida “está con Cristo escondida en Dios”. Así somos testigos auténticos del gozoso mensaje de la resurrección. Y así, “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria

 

Desde aquel lejano amanecer luminoso del día primero de la semana, existe, sin embargo, el nuevo y gran pecado de permanecer insensible a la resurrección. Frente a ello, quienes creemos y celebramos hoy con gozo la resurrección de Jesucristo debemos entonar el canto de los redimidos: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?... Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15, 55.57).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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