Homilía Domingo de Ramos 2013

Pasión según san Lucas

El Evangelio del rito de bendición de los ramos comienza diciendo que "Jesús caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén" (Lc 19, 28). Y los discípulos lo seguían físicamente por el camino. Pero, ¿lo seguían también espiritualmente? La respuesta a esta pregunta la encontramos un poco antes en el mismo Evangelio de Lucas, al narrar el tercer anuncio de la muerte de Jesús con estas palabras: “Tomando consigo a los Doce, les dijo: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y se cumplirá en el Hijo del hombre todo lo escrito por los profetas, pues será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará. Pero ellos no entendieron nada de esto, este lenguaje era misterioso para ellos y no comprendieron lo que les decía” (Lc 18, 31-34).

Con esta aclaración nos indica el evangelista Lucas que Jesús va acompañado externamente, pero hace completamente sólo su camino de seguimiento de la voluntad del Padre: se encamina hacia la muerte con la sola compañía del Padre. Y así Lucas nos da la clave para comprender la actitud espiritual con la que vivieron los discípulos de Jesús la entrada triunfal en Jerusalén y los posteriores sucesos en torno a la muerte de Jesús.

Jesús sube hacia Jerusalén para celebrar con Israel la Pascua: el memorial de la liberación de Israel. Y es consciente de que él mismo es el Cordero que va a ser inmolado en la nueva y definitiva Pascua. Y Jesús sabe también que su camino no acabará en la cruz, sino que rasgará el velo que separa a este mundo y Dios; sabe que su cuerpo resucitado será el nuevo Templo de la Jerusalén del cielo, donde se ofrecerá a Dios el culto en espíritu y en verdad.

Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea, quiso entrar en Jerusalén sobre un burro que nadie había montado todavía y cuya utilización justifica diciendo: “El Señor lo necesita”. Son gestos que expresan el derecho del rey a requerir los medios necesarios para su transporte. Con esta forma de actuar anuncia Jesús que él era el rey humilde y pacífico que Dios había prometido a su pueblo. Así excluye Jesús la interpretación revolucionaria, que algunos judíos hacían de la realeza del Mesías: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una rebelión militar contra Roma. Su reino es el de la paz de Dios.

El final del texto evangélico de los ramos se hace eco de la aclamación con la que los peregrinos saludan a Jesús a las puertas de Jerusalén: “Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en lo alto”. Jesús consiente ser aclamado como el Mesías que viene como rey en nombre del Señor, porque ha llegado el momento decisivo en el cumplimiento de la misión recibida del Padre. Esta aclamación es ahora tan necesaria que Jesús replicará a los que exigen el silencio de los discípulos: “Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,40).

En el Domingo de Ramos somos llamados a subir con Jesús a Jerusalén para seguirle hasta la altura de la cruz y de la gloria. Ser cristiano es caminar siguiendo a Jesús hasta la verdadera altura del ser hombre, hacia una humanidad plenamente reconciliada y auténtica. Pero el hombre puede escoger un camino cómodo y evitar toda fatiga. También puede bajar hasta lo vulgar y hundirse en el pantano de la mentira y de la deshonestidad.

Jesús camina delante de nosotros y va hacia lo alto. Él nos guía hacia lo que es grande, puro; nos guía hacia el aire saludable de las alturas: hacia la vida según la verdad; hacia la valentía que no se deja intimidar por la charlatanería de las opiniones dominantes; hacia la paciencia que soporta y sostiene al otro. Nos guía hacia la disponibilidad para con los que sufren, con los abandonados; hacia la fidelidad que está de la parte del otro incluso cuando la situación se pone difícil. Guía hacia la disponibilidad a prestar ayuda; hacia la bondad que no se deja desarmar ni siquiera por la ingratitud. Nos lleva hacia el amor, nos lleva hacia Dios, perdiendo nuestra vida egoísta en la cruz.

Para hallar este camino recto del seguimiento necesitamos meditar una y otra vez la pasión de Jesús. Es decisivo hoy para nosotros que nuestros anhelos y búsquedas no encuentren en la cruz de Jesús un escándalo imposible de asumir, sino el ejemplo de su vida gozosamente sumisa a la voluntad del Padre. Por ello, permitidme que os invite a meditar brevemente algunas escenas de la pasión de Jesús, según el relato del Evangelio de Lucas.

La narración de la institución de la Eucaristía habla de dos de las cuatro copas, en torno a las cuales se desarrollaba el rito de la cena pascual judía. Queda así bien definido el marco ritual en el que Jesús celebró la Pascua con sus discípulos. Pero dio a su cena de pascua un sentido nuevo. El pan y el cáliz de bendición van a ser desde entonces su cuerpo y su sangre de la nueva alianza derramada “por vosotros” (Lc 14, 19.20). Además, la narración incluye tres afirmaciones de Jesús que expresan la referencia de su última comida pascual a la pascua eterna en el reino de Dios. Jesús comienza manifestando cuánto ha deseado comer con los discípulos esa cena pascual antes de padecer; y añade: “porque…ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Lc 22, 16. Al repartir la primera copa (la segunda del rito judío), dice Jesús que no beberá “desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios” (Lc 22, 18). Por último, anuncia a los discípulos: “Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel”. Está claro que Jesús contempló su cena pascual, dentro del plan de salvación de Dios, como una anticipación y promesa de la pascua eterna en la mesa del reino de los cielos.

 

Con esta significación dada a aquella cena de pascua, Jesús evitó que los discípulos interpretaran su muerte como un suceso fortuito o provocado por la fuerza de las circunstancias históricas en que se encontraba Palestina. Jesús fue entregado según el plan de Dios (cf. Hch 2, 23) y él mismo aceptó libremente su muerte por amor obediente al Padre: “Nadie me quita la vida; yo la doy libremente” (Jn 10,18), leemos en el Evangelio de Juan.

 

La actitud de los discípulos no correspondió al deseo ardiente de Jesús de darles su cuerpo y su sangre como memoria de su entrega a la muerte en la cruz. ¡ Cómo tuvo que sufrir Jesús en aquél momento la traición de la mano que está con la suya en la mesa! Con cuánto dolor pronunciaría sus palabras: “¡ay de ese que lo entrega!” (Lc 22,22). Ninguno de los doce celebró la cena pascual en sintonía espiritual con Jesús. Cuando Jesús está hablando de su entrega a la muerte “por vosotros”, ellos “se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero” (Lc 22, 24). Pero Jesús sabe que su paso por la cruz no puede ser entendido ahora por los discípulos; y los exhorta con paciencia: “el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve” (Lc 22, 26).

 

Y Jesús muestra especial solicitud por Simón, a quien él ha elegido como primero. Le avisa de la prueba a la que Satanás le va a someter, le anuncia que va a negar conocerle; pero le promete su auxilio: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Por último, exhorta a todos a tener confianza en él durante el “tiempo de persecución y de espadas” que se avecina, en el que va a ser “contado con los malhechores” (Lc 22, 37). Los discípulos tampoco entendieron el sentido de la referencia a la espada; y Jesús tuvo que cortar la conversación con un: “Basta” (Lc 22, 38).

 

En la escena del monte de los Olivos Jesús exhorta a los discípulos a orar “para no caer en la tentación” (Lc 22, 40 ) y él mismo se retira a orar al Padre, exponiéndole su angustia interior y pidiéndole la fortaleza necesaria para realizar su voluntad y no la propia:”Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Tampoco en este momento dramático puede contar con la cercanía espiritual de los discípulos, que se quedaron dormidos; sólo le conforta el ángel enviado por el Padre desde el cielo.

 

Y llega por fin la hora de los enemigos, guiados por el discípulo que le entrega con un beso de falsedad. Es la hora “del poder de las tinieblas” (Lc 22, 53), en la que el diablo, antes vencido en el desierto, ve el momento oportuno para acercarse a destruir a Jesús y su obra (cf. Lc 4,13). Así, el que enseñaba en el templo a diario el amor de Dios, es cazado ahora como un bandido con espadas y palos. Y los discípulos siguen sin comprender nada y responden con la espada. Jesús tiene que repetir su “dejadlo, basta” (Lc 22, 51) y curar la oreja del criado herido. El gesto de Jesús deja el uso de la espada fuera del plan de Dios y cura los efectos de su uso indebido.

 

La identificación de Jesús con la voluntad del Padre en la oración le ha fortalecido y dado la serenidad que manifiesta en las siguientes escenas de la pasión. No buscará su defensa y guardará silencio ante las falsas acusaciones, pero confesará su verdadera condición ante el senado de los sumos sacerdotes y escribas, que le formulan la pregunta decisiva para su condena a muerte: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios? Él les contestó: Vosotros lo decís, yo lo soy” (Lc 22, 70). De forma semejante confesó ante Pilato su condición de rey de los judíos, que le llevaría a la cruz (Lc 23, 3).

 

Jesús entró orando en su pasión, al ofrecer al Padre en el monte de los Olivos el sacrificio de su vida en obediencia al Padre por amor. Ahora, en la escena de la cruz hace de su entrega real a la muerte una oración. Las primeras palabras que el evangelista Lucas pone en boca de Jesús en la cruz son una súplica de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús guarda silencio ante las burlas de las autoridades, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados, que le desafían diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido” (Lc 23, 35). “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc 23, 37). “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39). Pero a todos estos los ha incluido ya Jesús en su oración de perdón al Padre; no saben lo que hacen y no saben lo que dicen, porque Jesús se está salvando a sí mismo en la cruz y los está salvando a ellos con una salvación que ignoran todavía y no pueden desear.

 

Nosotros, en cambio, estamos llamados a proclamar con gratitud que Jesús, el Hijo de Dios, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filp 2, 6-11).

 

En la escena de la cruz, según el evangelista de la misericordia de Dios, al menos tiene Jesús la cercanía espiritual y afectiva del buen ladrón, que teme a Dios y confiesa su fe en Jesús al pedirle: “Acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”(Lc 23, 42). Con cuánto amor y gozo interior le diría Jesús aquellas palabras de consuelo y esperanza: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). Porque aquel malhechor arrepentido era el primer fruto visible de su sangre derramada y llenaba de alegría el cielo de su Padre. La obra de Jesús había tocado a su fin (cf. Lc 22, 38) y ya sólo le faltaba consumar la entrega de su vida con esta oración de confianza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

 

Esta breve meditación de la pasión debe llevarnos a confesar la fe en Jesús con la palabra y la vida. Y podemos hacerlo con estas palabras de la primera carta de Pedro, que interpretan la obra de Jesús con los rasgos del Siervo de Yahvé: Habéis sido llamados a compartir el sufrimiento de Cristo, “porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas” (1 Pe 2, 21-25).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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