Humano desde el principio

La Solemnidad de la Anunciación del Señor, el día el 25 de marzo, coincidió este año con la Semana Santa. Por esta razón se ha trasladado al día 8 de abril su celebración litúrgica y la Jornada por la Vida que lleva consigo, en recuerdo del inicio de la vida humana del Hijo de Dios. La Jornada por la Vida queda así felizmente insertada también en el tiempo Pascual, fiesta de la Vida que nos regala el Resucitado.

 

La Iglesia reconoce en esta Jornada por la Vida el don precioso de la vida humana, especialmente en las primeras etapas tras su concepción. Y llama a un mayor compromiso de todos en orden a su necesaria protección, habida cuenta de las gravísimas e injustas agresiones a las que está actualmente sometida.

 

La vida humana es sagrada desde su inicio porque es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación de semejanza con Dios, su supremo fin. La vida humana es un don que nos sobrepasa. Solo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente. Por ello, todo atentado contra la vida del hombre es también un atentado contra la razón, contra la justicia, y constituye una grave ofensa a Dios. En consecuencia, la voz de la Iglesia proclama por todas partes que el ser humano debe ser respetado como persona desde el instante de su concepción; a partir de ese momento se le debe reconocer el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida.

 

Consideramos que toda conciencia recta debe defender la sagrada dignidad del hombre y el valor supremo de su vida. Vivir es el primero de los derechos humanos, raíz y condición de todos los demás. El derecho a la vida se nos muestra aún con mayor fuerza cuanto más inocente es su titular o más indefenso se encuentra, como en el caso de un hijo en el seno materno.

 

La tutela del bien fundamental de la vida humana y del derecho a vivir forma parte esencial de las obligaciones de la autoridad. Este servicio que ha de prestar la autoridad no consiste más que en recoger la exigencia de la naturaleza y la demanda de la sociedad, constituida por personas que nacen a la vida en el seno de una familia, célula básica de dicha sociedad. El derecho a la vida no es una concesión del Estado; es un derecho anterior al Estado, y él mismo tiene siempre la obligación de garantizarlo.

 

Afirmar y proteger el derecho de todo ser humano a la vida y, en concreto, el derecho de un hijo a la vida en el seno materno, constituye la base de la justa convivencia social y de la seguridad jurídica. La adecuada protección del derecho a la vida es la raíz más básica de la esperanza y de la prosperidad de una sociedad.

 

El papa Benedicto XVI, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2013, nos recordó el gran valor y la importancia que el reconocimiento, aprecio y defensa la vida humana tiene para la construcción de la paz social, el desarrollo integral de los pueblos y el cuidado y protección del ambiente: “Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen, por ejemplo, la liberación del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrán traer felicidad o paz. En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida”.

 

Cuando está en juego, en la vida personal y en la acción social y política, el derecho fundamental a la vida, es decir, en la defensa de principios morales que no admiten excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos está más cargado de responsabilidad y ha de hacerse más evidente. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, los creyentes deben tener conciencia de que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Y tal es el caso de la actual legislación española sobre el aborto, que es gravemente injusta y debe ser reformada, puesto que no reconoce ni protege adecuadamente el derecho del no nacido a la vida, ni garantiza eficazmente a la mujer el ejercicio del derecho a la maternidad.

 

Es cierto que el lema de esta Jornada: “Humano desde el principio” es una verdad científica innegable. Pero es obvio también que el estado de desorientación moral y la promoción de ideologías materialistas hacen difícil a muchas personas la recta comprensión del ejercicio de la sexualidad desde el amor humano en libertad responsable. La falta de respeto a la vida del no nacido, sacrificada en función del supuesto derecho absoluto al libre ejercicio de la sexualidad sin limitación alguna, es un gravísimo drama de nuestro tiempo, apenas reconocido socialmente, ante el que se cierran los ojos y se buscan todo género de falsas justificaciones egoístas. Por ello, es difícil el cambio de actitudes personales y de costumbres sociales a corto plazo; y de ahí la resistencia de un sector de la sociedad al cambio de la legislación vigente. Pero es necesario el compromiso firme de quienes, creyentes o no, estamos convencidos de la tragedia social que representa el aborto y anhelamos el progreso en la defensa de la vida en todas las fases de su desarrollo.

 

Mientras tanto, es apremiante el mayor compromiso de los católicos en la propia formación moral y en la difusión de la visión cristiana de la vida, también en la sociedad y en la política, así como en la colaboración en las diversas actividades de asistencia y ayuda a las madres en riesgo de abortar, por falta de orientación, acompañamiento y medios para llevar adelante su embarazo. Y, para que todo ello sea posible, necesitamos la ayuda de Dios, invocada con perseverancia en la oración.

 

+Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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