Artículo STJ. “Si no conocemos que recibimos no despertamos a amar”, por Emiliano F. Vallina

 

Así nos trasmiten los editores esta frase de Teresa de Jesús. Y de las dos maneras en que podemos leer el ‘que’ (que, qué) pueden sacarse enseñanzas que nuestra santa esparce a propósito del conocimiento no pocas veces por casi todos sus escritos. Vaya por delante que ella no se muestra enemiga del saber y menos del saber verdadero y auténtico. Valga como ejemplo la ponderación que hace de los confesores ‘letrados’. Pero no se cansa de hacernos ver que el saber y el conocer puramente terrenal de nada sirve. Tampoco se cansa de señalar qué fruto tan grande se saca del conocimiento que hemos de tener de nuestras propias pobres personas. Teresa escribe la frase que encabeza estas líneas a propósito de la humildad. Esta virtud, esencialísima para ella en su consideración de la vida cristiana, es el pie y soporte de toda la vida que se quiera llena del Señor, de cualquier adelantar en el camino de la perfección y sin ella estamos perdidos. En la frase que se destaca podemos ver un eco de San Pablo, de San Agustín, que ahora no importa destacar si fue directo o indirecto. Santo Tomás de Aquino también lo trasmite.

Pero qué bien dicho está lo que Teresa dice: que es imposible (cf. Cor.) comenzar a amar sin sentirnos, sin sabernos desprovistos de mérito y sin sabernos dependientes en todo del Señor. Pero ella lo dice con más rotundidad y más sentenciosamente, al estilo suyo, aunque en la tradición sabia y elegante de los dichos de los santos padres de la edad dorada del antiguo Cristianismo. Y si hacemos caso del acento, en ese “que recibimos” también metido se está qué es lo que recibimos: no solo la gratuidad del don de Dios que ni merecemos ni habíamos merecido, sino además al mismo Dios y a Dios que se hizo hombre por nosotros, a ese Jesús que Teresa amó sobremanera, al Hijo del Padre que definitivamente un día ella viera tan herido y llagado, al Hijo de Dios que llena con su Espíritu el camino de la alegría, de la confianza, de la serenidad, del colmo del alma y de la vida entera. Todo eso lo habla Teresa de Jesús, de todo eso nos hablan sus escritos y parece que hasta en este quinto centenario se nos mete Teresa a despertarnos por los pucheros de tantos recordares suyos y celebraciones. Bien está que se celebre, y tanto, lo que tenga que ver con la santa de Ávila y de Alba, pero no deja de estar pidiendo a gritos también el centenario que escuchemos sus palabras, donosas y sabrosas como siempre, para que aprendamos nosotros, mejor quizá en el silencio, los de quinientos años después, a conocer de veras, a conocer que somos puro regalo de Dios inmerecido y que tal conocer nos hará despertar a ser de verdad hombres, mujeres, de Cristo, esto es, cristianos, gente que vive el amor de Cristo, que vive del amor de Cristo. Sí, porque, como ella misma dice, cuando conocemos que se nos da todo, cuando tenemos el saber verdadero, comenzamos a amar estando bien despiertos, y con Teresa aprendemos que entonces estamos bien dispuestos en la valiente, en la alegre humildad y en el agradecimiento (Vida, 15, 14). Y rodeando a todo ello Teresa nos dice acompañando esa frase, que tengamos confianza llenadora de libertad de espíritu, de hijos que, aunque no se escapen por fuera de la murallas, sienten la libertad conforme con el Espíritu, sin miedo, capaces de todo en el Cristo que abraza los momentos enteros de la vida, con una calma, con un estar que dice más por dentro que las pobres palabras terrenales. Sí, por todo,

 

Danos, Teresa, de tu conocimiento el arrebato,

Danos sentir el roce alegre de tu manto,

Danos sabernos tan pobres que sepamos

Dar nuestra mano a Jesús y despertarnos.

 

Sirvan de colofón estas otras frases de Teresa de Jesús, no muy distintas de la que hoy comentamos:

“Esto es cosa muy conocida, el conocimiento que da Dios para que conozcamos que ningún bien tenemos de nosotros, y mientras mayores mercedes, más, que siempre, mientras vivimos, aun por humildad, es bien conocer nuestra miserable naturaleza, mas verme recibir de nuevo mercedes, pagando tan mal las recibidas, es un género de tormento para mí terrible, y creo para todos los que tuvieren algún conocimiento o amor de Dios, y esto por una condición virtuosa lo podemos acá sacar. Aquí eran mis lágrimas, mas con estar, a lo que pienso, en servicio de Dios y con conocimiento de la vanidad que es el mundo, todo ha sido suave, como diré después. porque en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu” (Vida, 7, 19).

 

Emiliano Fernández Vallina, profesor emérito de la Universidad de Salamanca.

 

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