La que más altares tiene por Eusebio Gómez Navarro, OCD

En cada rincón del mundo se encuentra algún santuario dedicado a María. Unas veces, en lugares apartados, llenos de soledad y silencio; otras, en grandes centros donde acuden multitudes ingentes de peregrinos. En cualquier lugar y en cada corazón está María, la Madre; no hay comunidad cristiana en la que no esté arraigada una devoción mariana. Ella ha tenido un papel especial en la evangelización. Gran cantidad de obras de arte, a través de los tiempos, se han realizado con motivo mariano: piezas musicales, literarias, pinturas, esculturas, conjuntos arquitectónicos. Todos los siglos han reconocido y exaltado a la Madre de Dios.

María, como reconoce Augusto Compte, ha tenido una enorme influencia en el mundo occidental. La devoción mariana ha dulcificado extraordinariamente las costumbres bárbaras del mundo germánico y a contribuido no poco a compensar los excesos de masculinidad que han comprometido nuestra cultura europea y cristiana.

No son muchos los datos que nos ofrece la Escritura sobre María; pero sí tenemos los suficientes para darnos cuenta de que ha sido una mujer sencilla y excepcional, abierta a Dios y a los seres humanos, colgada del Señor y servidora de todos. María fue la elegida por Dios, el Todopoderoso hizo en ella maravillas.

La Virgen María representa el modelo perfecto de la persona abierta siempre a Dios, dispuesta a que Él haga su voluntad. Ella es la oyente de la Palabra. Está siempre pronta a la escucha y atenta al mensaje que se le da . La grandeza de María está en su docilidad a la Palabra, en rumiarla y en vivir de ella. Y la Palabra se hizo carne en sus entrañas.

María es Madre, madre de Jesús y madre nuestra. María con sus manos alimentó, acarició y guió a Jesús. María está presente en la vida de su Hijo; María se encuentra de tal forma unida a Cristo. Dios se hace cercano al pueblo a través de María. Ella representa el “proyecto del hombre nuevo” y es modelo para el cristiano en la lucha contra el mal. María, la Dolorosa, también está cercana a nuestras penas y sufrimientos cotidianos. Los pobres, los enfermos, los que sufren, alcanzan de María la fuerza y ayuda para sobrellevar con fe una vida plagada de dificultades. Ella comparte con sus hijos dolores, alientos y esperanzas. Se mantiene, junto a los que sufren y está de pie, firme, llena de fortaleza y ternura.

María es el libro abierto en el que todos los cristianos pueden leer las profecías cumplidas en Jesús. María es la mujer “vestida de Sol” que ilumina nuestro caminar y madura nuestra fe en el seguimiento de Cristo. María siempre es la estrella para una humanidad que no acierta a encontrar a Dios y que anda, a tientas, buscando una palabra de esperanza para encontrar un sentido a la existencia.

María es honrada y amada en todos los pueblos y rincones del mundo. Son muchas las advocaciones marianas; cada país y cuidad tiene la suya y, todos, cantan, oran y festejan a la Madre. .

Unos años antes de morir Monseñor Romero presidió la fiesta del Carmen en una parroquia salvadoreña. Al día siguiente, declaraba:

- ¡Qué fiesta tan hermosa! Todos rodeando la imagen de la Virgen en la procesión, rezando y cantando. Era gente sencilla, muy alejada de esas preocupaciones políticas y revolucionarias que a tantos preocupan. Yo me decía: ¡Este es el verdadero Pueblo de Dios!

Y el Pueblo de Dios canta:

“Es la Virgen del Carmelo

la que más altares tiene;

su sagrado Escapulario

no hay pecho que no lo lleve”.

Es cierto lo que canta la canción. Es la advocación del Carmen una de las devociones más populares de la Virgen. En cada capilla, en cada hogar católico hay alguna imagen o estampa de la Virgen del Carmen.

 

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