Gracias, Benedicto XVI


En un comunicado de prensa emitido en abril de 2005 invitábamos a los católicos de Salamanca a dar gracias a Dios con profundo gozo y viva esperanza por la elección de Benedicto XVI como sucesor de Pedro al frente de la Iglesia de Roma y de la Iglesia universal.

 

Valorábamos entonces la elección del nuevo Papa y el ejercicio diario del ministerio del sucesor de Pedro desde la fe en el misterio de la Iglesia y en la asistencia y guía del Espíritu Santo, que le ha sido prometida por Jesucristo hasta el fin de los tiempos. Y en esa misma clave de fe debemos interpretar también el hecho de la renuncia al ejercicio de su ministerio, anunciada por Benedicto XVI el día 11 de febrero, que se ha hecho efectiva desde las 20 horas del pasado día 28 de febrero.

 

SU RENUNCIA

 

Benedicto XVI nos ha sorprendido con su renuncia, anunciada con estas sencillas palabras: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro… pido perdón por todos mis defectos… en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”. Pocos días después se refería a su nueva situación de retiro, diciendo a los sacerdotes de Roma: “para el mundo estaré oculto”.

 

Durante los días transcurridos desde el anuncio de la renuncia papal han sido muy numerosas las valoraciones manifestadas, en general, con sentimiento por la pérdida de un pastor totalmente entregado a su misión de ser testigo de Jesucristo y confirmar a los hermanos en la fe; un papa profundamente creyente y sabio, evangélicamente libre, bondadoso, humilde y sencillo, que se había ido ganando día a día el afecto filial de los católicos y el respeto de las personas más lúcidas y comprometidas en la búsqueda de la verdad y en la defensa de los auténticos valores y derechos humanos. Pero no menos general ha sido el cordial respeto a su responsable y libre decisión, y la aceptación de las razones que la han motivado. Por nuestra parte, ya acogimos en su día la decisión del Papa como un signo de sabiduría, libertad y humildad, y como búsqueda lúcida y responsable del mayor de la Iglesia, que permanece fiel al Señor y a su misión a través de los siglos, más allá de los sucesivos papas que temporalmente la guían.

 

La lúcida y responsable decisión de Benedicto XVI ha causado sorpresa por ser inusual y marcar, por ello mismo, una forma nueva de ejercicio del papado, en contraste con el testimonio ofrecido por el beato Juan Pablo II. A este propósito merece atención la declaración de Benedicto XVI sobre el ejercicio del ejercicio del ministerio papal no sólo con obras y palabras sino también sufriendo y rezando. Pero ha puesto de relieve que la Iglesia no se gobierna sólo sufriendo y rezando, sino que es necesario el trabajo diario y la palabra para afrontar las graves y urgentes cuestiones que tiene hoy planteadas la existencia cristiana. Es necesario el sacrificio que lleva consigo la solicitud pastoral por toda la Iglesia; pero la misión del Papa no se lleva a cabo con el mero testimonio heroico del sufrimiento de una persona incapacitada por la ancianidad y la limitación de salud. Y si esta incapacidad llega a ser grave y el estado actual de la medicina la hace duradera, puede llevar consigo un perjuicio para la Iglesia igualmente grave y duradero. ¿Y a quien corresponde juzgar sobre el grado y riesgos de esta incapacidad sino al propio afectado, teniendo en cuenta el dictamen de los médicos? En consecuencia, igualmente se puede admirar la fortaleza de espíritu de Juan Pablo II, llevando la cruz de la misión hasta la muerte, y la fortaleza de espíritu de Benedicto XVI, reconociendo la limitación con humildad. Pueden ser dos formas auténticas de buscar el mayor bien de la Iglesia, anteponiéndolo al propio bien.

 

Por otra parte, es sabido que la renuncia de un Papa no representa ningún problema teológico ni canónico. Ya una decretal de Inocencio III (1198-1216) indicaba las causas por las que a un obispo y a un Papa les estaba permitido renunciar. Y esta disciplina fue regulada con más precisión en la bula pontificia de Celestino V que justificaba su propia renuncia al papado en el año 1294. El sucesor, Bonifacio VIII (1294-1303), incorporó esta regulación de la renuncia papal en la nueva compilación canónica promulgada en el año 1298. Y esta norma fue sustancialmente acogida ya en el Código de Derecho Canónico de 1917 y ha sido mantenida con ligeras variantes en el vigente Código, promulgado por Juan Pablo II, en 1983, para renovar la disciplina canónica con las orientaciones y normas emanadas del Concilio Vaticano II. La norma vigente se halla en el canon 332. 2, que determina: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.”

 

 

SERVICIO A DIOS Y A LA IGLESIA

 

Es la hora de la gratitud a Benedicto XVI por su servicio a la Iglesia; y es el momento de gracias a Dios por habernos dado este humilde trabajador de la viña del Señor. En los escasos ocho años de su pontificado, como resultado de un reconocimiento verdadero de su capacidad de acción con su edad y salud, su “servicio al Evangelio”, se ha centrado sobre todo en la clarificación “sapiencial”, intelectual y cordial, de la verdad cristiana, para hacerla comprensible y amable a los hijos más fieles de la Iglesia y a quienes, en grados diversos de comunión con ella o en la clara distancia, han tenido algún interés por conocerla mejor. En definitiva, se ha esforzado por hacer comprensible que la Iglesia no propone opiniones de hombres sino la palabra de Dios; ha procurado allanar a todos los caminos para el encuentro con Jesucristo y con el Dios Padre a quien Jesús nos lleva y, en consecuencia, para ayudar al hombre de hoy en el conocimiento y aceptación amorosa de su propia verdad, tan difuminada en la cultura actual.

 

Este servicio fundamental a la verdad lo ha realizado, en diálogo lúcido con la visión de la cultura actual sobre la verdad, la libertad y la justicia, en sus tres grandes Encíclicas: “Dios es amor”, “Salvados por la esperanza” y “La caridad en la verdad”. Al mostrarnos que la fe cristiana tiene como contenido el Amor, cuál es el fundamento y ámbito de ejercicio real de la esperanza humana, y cómo puede hacerse humano y justo el desarrollo, ha ofrecido a los creyentes las “certezas” necesarias para su permanencia reconciliada y gozosa en el seno materno de la Iglesia y para una presencia laboriosa y significativa en medio del mundo. Su luminosa enseñanza la ha desarrollado también en las Exhortaciones apostólicas sobre la Eucaristía, sacramento de la caridad, y sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, con las que presentó las conclusiones de los Sínodos generales de los Obispos celebrados en los años 2007 y 2010. También son relevantes sus Exhortaciones para la aplicación de los Sínodos especiales sobre la Iglesia en África, en 2011, y sobre la Iglesia en Oriente Medio, en 2012. E igualmente lo son sus importantes discursos en las universidades de Ratisbona, de la Sapienza en Roma y de los Bernardinos en París, así como los pronunciados ante el Parlamento Alemán en Bonn, ante el Parlamento del Reino Unido en Londres y ante la Asamblea de las Naciones Unidas. En el ámbito interno de la Iglesia han sido de especial interés los discursos a la Curia Romana y, en particular, los dirigidos al Tribunal de la Rota Romana al comienzo de cada año judicial.

 

Mención especial debemos hacer de sus luminosas homilías a lo largo del año litúrgico y de sus catequesis en las Audiencias generales de los miércoles, que nos han acercado a la enseñanza de San Pablo, de los Doctores de la Iglesia, de los escritores de la Iglesia medieval y de las grandes mujeres de la historia de la Iglesia. De no menor riqueza doctrinal y pastoral han sido sus Mensajes para las Jornadas eclesiales de la Paz, de la Vida consagrada, del Enfermo, de las Comunicaciones sociales, de las Vocaciones, de las Misiones, etc., así como para el comienzo de la Cuaresma. En síntesis, Benedicto XVI nos ha dejado un abundante tesoro de enseñanza que actualiza y acerca el contenido de la fe a los hombres de hoy. Esta enseñanza es fácilmente accesible a todos en la página Web del Vaticano.

 

VIAJES APOSTÓLICOS

 

Un segundo ámbito de ejercicio de su “servicio al Evangelio” lo han constituido sus viajes apostólicos, numerosos habida cuenta de sus condiciones de edad y salud. En Italia ha realizado 30 viajes a las diversas diócesis y a las parroquias de la Diócesis de Roma. Y, además, ha llevado a cabo 24 viajes apostólicos a los más diversos países, algunos de especial dificultad o relevancia histórica: Turquía, Líbano, Cuba, Reino Unido, Tierra Santa, Estados Unidos y ONU. España ha sido objeto de especial predilección; ha sido el país más visitado, en tres ocasiones: Valencia en el año 2006, con ocasión del Congreso Mundial de la Familia; Santiago y Barcelona en el año 2010, en el año jubilar Jacobeo y para consagrar la Iglesia de la Sagrada Familia; y Madrid en 2011 para la Jornada Mundial de la Juventud. Para la historia de la Diócesis de Salamanca quedará el recuerdo del Papa que canonizó a nuestras santas Cándida María de Jesús y Bonifacia Rodríguez de Castro.

 

Su “servicio al Evangelio” ha tenido también un importante reflejo en decisiones que afectan a diversos aspectos de la vida interna de la Iglesia. Por ejemplo la promulgación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica en 2005, la decidida continuación y nuevos acentos introducidos en las Jornadas Mundiales de la Juventud y la promoción del Youcat, Catecismo joven de la Iglesia Católica. Y gran relevancia han tenido decisiones como la innovación de la disciplina litúrgica en el año 2007 para favorecer el acercamiento de algunos grupos a la plena comunión con la Iglesia, la derogación de algunos cánones del Código de Derecho Canónico en el año 2009, la creación de una nueva estructura eclesial en el año 2009 para la acogida de los anglicanos que se integran en la Iglesia Católica, la creación del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización en 2010, la nueva regulación de la actividades financieras de la Santa Sede en el año 2010, y nuevas normas sobre el ejercicio eclesial de la caridad en el año 2012. Todo ello responde a la voluntad de Benedicto XVI de introducir autenticidad evangélica y transparencia en la vida diaria de las personas e instituciones de la Iglesia, para el mejor cumplimiento de su misión evangelizadora. Obviamente, los frutos espirituales de todas estas formas de servicio al Evangelio y a la renovación interior de la Iglesia quedan reservados al exclusivo juicio de Dios.

 

 

SERVICIO AL EVANGELIO CON LA ORACIÓN Y EL SUFRIMIENTO

 

Además, es preciso hacer referencia al servicio de Benedicto XVI al Evangelio con la oración y el sufrimiento. Su estilo evangelizador se ha caracterizado por la propuesta positiva de la belleza de la fe cristiana y de los testigos auténticos del Evangelio, sin recursos fáciles a denuncias, que más hieren y alejan que edifican y atraen a las personas. Sin embargo, se ha visto obligado a manifestar con toda claridad y fortaleza la condena radical y absoluta de los abusos de algunos clérigos con menores de edad. Ha tenido que pedir pública y reiteradamente perdón a las víctimas y a la sociedad por estos escándalos que tanto han afeado el rostro de la Iglesia y tanto daño han hecho a su credibilidad evangelizadora. Y ha sido firme en la persecución de los delitos mediante los oportunos cambios de las normas penales y procesales, y con su estricta aplicación. No hay duda de que éste ha sido el mayor sufrimiento que ha acompañado su ministerio, sin restar importancia al dolor por la falta de comunión entre las iglesias y por los grupos desgajados de su plena comunión después del Concilio Vaticano II, a los que ha procurado facilitar el camino de la vuelta a la comunión, no sin incomprensiones de dentro y de fuera. Y, por último la traición de su confianza en su misma casa. Con estos sufrimientos y todos los derivados de la solicitud por una Iglesia doliente en muchos de sus miembros, como consecuencia del pecado propio o ajeno, Benedicto XVI ha gastado con abnegación ejemplar los últimos años de su vida al servicio del único Señor de su vida en los miembros de su Cuerpo, en la Madre Iglesia. Por todo ello, gracias, Santo Padre, que el Señor se lo pague.

 

 

DIÁLOGO CON OTRAS RELIGIONES

 

Por último, como expresión significativa del reconocimiento que el Pontificado de Benedicto XVI ha merecido fuera de la Iglesia, por su diálogo con otras religiones y por su compromiso con la justicia y la paz, transcribo el mensaje de Shimón Peres, Presidente de Israel:

 

“Estoy disgustado por la decisión del Papa de renunciar al pontificado. Se trata de una decisión original, porque él es un hombre original y valiente. Le considero un líder espiritual extraordinario y único. Creo que la contribución de Benedicto XVI ha tenido un impacto importante. Es un hombre de pensamiento profundo. El cuerpo puede envejecer, pero la sabiduría nunca envejece. Su compromiso por la paz y la humanidad es auténtico. Tiene la sinceridad del verdadero creyente, la sabiduría de quien comprende los cambios de la historia y la conciencia de que, a pesar de las diferencias, no debemos convertirnos en extraños o enemigos. En el ámbito de las relaciones entre la Iglesia católica y el pueblo judío, ha realizado numerosos gestos. Ha afirmado que el pueblo judío no es responsable de la muerte de Jesús; ha subrayado que los judíos son “nuestros hermanos mayores” y ha dicho que Dios jamás ha abandonado al pueblo judío. Ha visitado Israel y el Templo mayor en Roma para expresar su amistad y su solidaridad. En Israel le acompañé personalmente. Y fue amigable de un modo excepcional y verdaderamente lleno de afecto. Oró por la paz en Oriente Medio, justamente como hacemos otros y yo. No puede ser considerado como el líder administrativo del Vaticano, sino como la guía espiritual, dotada de profundidad, conocimiento y sabiduría. Le considero un amigo. Le deseo todo bien y permaneceré en contacto con él. En Jerusalén oraremos para que pueda recuperar la fuerza física y ofrecer su propia sabiduría, profundidad y amistad a todos los pueblos, a todas las religiones. Le recordaremos con respeto y estima por todo lo que ha hecho.”

 

 

+Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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