Homilía en la Solemnidad de San Juan de Mata Parroquia de San Juan de Mata 10 de febrero de 2013

Lecturas: Is 61, 1-3.10; 1 Jn 3, 11.13-18. 23-24; Mt 25, 31-40.

 

La misión del profeta, descrita en el capítulo 61 de Isaías, tiene su contexto en el primer tiempo de la vuelta del destierro en Babilonia. El retorno físico de la tierra del exilio no se ha visto acompañado, por parte de todos, de un retorno espiritual. Por ello, el profeta se ha sentido llamado a volver a denunciar las falsas actitudes religiosas del pueblo, que ha venido condenando desde el principio de su misión: “El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1, 3). Por ello, acusa el profeta, “este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi y el culto que me rinden es puro precepto humano, simple rutina” (Is 29, 13).

 

A la vuelta del destierro sigue estando sin realizar el nuevo orden social que Isaías había presentado desde el inicio de su actividad profética como voluntad de Dios para su pueblo. Ese nuevo orden social debe manifestar la presencia de Dios en medio de su pueblo; y el profeta lo espera menos de la conversión del pueblo por propia iniciativa que de la manifestación que Dios quiere hacer de su misericordia en el tiempo oportuno. De hecho, el libro de Isaías ha venido manifestando la compasión y la benevolencia del Señor de varias formas, por ejemplo, con el anuncio del nacimiento del Emmanuel (Is 7, 10-14) y de la permanencia de un resto de Israel (Is 10, 20,23), así como con la promesa de un renuevo que brotará del tronco de Jesé, sobre el cual se posará el espíritu del Señor (Is 11, 1-2), y con numerosas palabras de consuelo y de confianza, dirigidas al monte Sión (Is 25, 6-10) y a la ciudad de Jerusalén (Is 26, 1-4).

 

“Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 40, 1) ha proclamado el profeta al comienzo de la segunda parte del libro. “El Señor Dios llega con poder” y “se revelará la gloria del Señor”. “Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían” (Is 40, 1.5.10. 11). “Y tú, Israel… Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado, no temas, porque yo estoy contigo” (Is 41, 8-10). La exhortación a la confianza en su Dios y en su poder salvador es la exhortación que el profeta dirige de forma constante a un pueblo al que se ve obligado a reprochar sin cesar que es ciego y sordo (cf. Is 42, 18-25; 43, 8).

 

“Despierta, despierta,… Jerusalén” (Is 51,17) grita el profeta. “Despierta, despierta, vístete de tu fuerza… Jerusalén, ciudad santa” (Is. 42, 1). “Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré… con amor eterno te quiero” (Is 54, 7-8). El profeta anuncia que el Señor mismo reconstruye la ciudad, asienta sus piedras sobre azabaches, sus cimientos sobre zafiros y hará sus almenas de rubí, sus puertas de esmeralda y de piedras preciosas sus bastiones (cf. Is 54, 11-12). Porque el poder del amor de Dios es más fuerte que el peso de las culpas, como el profeta proclama: “Son vuestras culpas las que os han separado de vuestro Dios”, pero “la mano del Señor no es tan débil que no pueda salvar, ni su oído tan duro que no pueda oír” (Is 59, 1-2). Por ello, lo que el pueblo debe hacer es buscar al Señor e invocarlo (cf. Is 55,6) y confiar en la fuerza de su palabra, que es siempre eficaz. En efecto, “como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55, 10-11).

 

Y en esta serie de anuncios de consuelo, de restauración, y de revelación de la luz, la gloria y la salvación de Dios (cf. Is 60 y 62), se presenta la misión del profeta, ungido por el Espíritu de Dios y enviado para dar a los pobres la buena noticia de un año de gracia del Señor, es decir, de un año de jubileo, que trae amnistía a los cautivos, libertad a los prisioneros, curación a los corazones desgarrados y consuelo a los afligidos. Toda esta sobreabundancia de beneficios de Dios tiene como origen el amor eterno de Dios a su pueblo, que el profeta expresa de nuevo en esta hermosa forma: “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha” (Is 62,1).

 

Aquella misión del profeta ha adquirido un sentido nuevo de anuncio del futuro profeta definitivo de Dios, o sea, de Jesús, el Hijo de Dios, Mesías-Ungido y enviado del Padre. Según narra el Evangelio de Lucas fue Jesús mismo quien, en la sinagoga de Nazaret, declaró: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Es decir, el profeta anunciado por Isaías es Jesús mismo y el texto bíblico de Isaías es asumido por Jesús como programa de su propia misión, así reformulado por Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

 

La lectura de la primera carta de Juan y el Evangelio de Mateo nos han situado en el centro de la buena noticia de liberación proclamada por Jesús. El evangelista Juan presenta a Jesús, ya desde el prólogo de su Evangelio, como la vida y la luz de los hombres; como el Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad, que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros para darnos a conocer Dios, a quien nadie había visto. Así pues, “la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1, 17). Jesucristo en persona hace presente “el nuevo año de gracia del Señor”.

 

La vida de Dios, que es luz de los hombres y se les comunica como gracia, es descrita por el mismo evangelista Juan como amor; esta es la verdad de su ser invisible, dado a conocer por Jesús. Por ello, en el fragmento hoy leído, la presentación que hace Juan del mandamiento de Dios tiene como primer contenido: “que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo” (1 Jn 3, 23) y en el amor que en él Dios nos ha dado a conocer, pues “hemos conocido el amor en que él dio su vida por nosotros” (1 Jn 3, 16). Quien ha conocido a Jesús y cree en él puede ya cumplir la segunda parte del mandamiento: “que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó” (1 Jn 3, 23). Como “él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16).

 

En otros textos de la misma carta, el evangelista Juan ha explicado con más claridad el origen y el fundamento de nuestro conocimiento del amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor… en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4, 9-11).

 

Los que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16), hemos reconocido este amor como el amor de un padre y creemos que somos hijos de Dios. Sabemos que lo somos, aunque el mundo no lo reconoce, porque no ha conocido a Dios (1 Jn 3, 1-2). Hemos nacido de Dios, que es amor, y el amor constituye nuestra forma propia de ser y actuar (cf. 1 Jn 4, 7-8). “Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16).

 

Este conocimiento del ser de Dios nos hace comprender en toda su profundidad el fundamento del precepto antiguo del amor a Dios sobre todas la cosas y al prójimo como a nosotros mismos, así como la motivación del mandamiento nuevo de Jesús: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor…Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 9. 12-13).

 

En relación con el doble precepto del amor, la enseñanza de Juan se nos ha manifestado ya con claridad: Lo primero es el amor a Dios; y este amor es la fuente del amor al prójimo. Juan lo sigue expresando en esta forma: “Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 19). Y “en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). Pero añade con fuerza: “Si alguno dice: `Amo a Dios´, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20).

 

En este marco amplio de la enseñanza del evangelista Juan comprendemos mejor las alusiones generales y las referencias concretas del texto de la segunda lectura de hoy. El amor a los hermanos en medio del odio del mundo es el testimonio de que hemos nacido de Dios y hemos pasado de la muerte a la vida. El que no ama permanece en la muerte (cf. 1 Jn 3, 13-14). Y el amor a los hermanos debe ser efectivo, no “de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 J n 3, 18). Pues, “si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él al amor de Dios?” (1 Jn 3, 17).

 

La escena del juicio final que ha narrado Mateo es la denuncia definitiva que Dios hace de la mentira de una vida consolidada en la búsqueda egoísta de los propios intereses y en la indiferencia ante la necesidad y el sufrimiento del prójimo; aún cuando esa persona haya dicho que ama a Dios, lo ha dicho sin verdad. Y Mateo explicita un nuevo motivo que añade Jesús al amor al prójimo: “Lo que hicisteis con uno de éstos – sedientos, hambrientos, desnudos, sin hogar, enfermos y prisioneros – conmigo lo hicisteis”. No hay una forma más concreta y expresiva de dar testimonio de la unión inseparable del amor a Dios y el amor al prójimo: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. De esta forma tan concreta y expresiva ha cumplido su misión de mostrarnos el camino de la herencia de la vida eterna en el reino de los cielos.

 

Este es el camino del amor más grande (Jn 15,13), que San Juan de Mata descubrió en el seguimiento fiel de Jesús, con total entrega de la propia vida al servicio de la misión redentora de Jesucristo. La imitación de Jesús hizo también posible a San Juan de Mata realizar en su vida la misión del profeta que, ungido por el Espíritu, hace partícipes a los cautivos de la libertad y la gracia de Cristo.

 

En su fiesta, nos encomendamos hoy a San Juan de Mata y le pedimos que nos ayude a imitar su ejemplo y a encontrar, en el seguimiento de Jesús, la forma propia de tomar parte en la misión que Jesucristo ha encomendado a su Iglesia en este tiempo. San Juan de Mata, ruega por nosotros.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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