Homilía en el Miércoles de Ceniza 2013

Con el rito de la imposición de la ceniza iniciamos el camino penitencial de la Cuaresma hacia la Pascua de Resurrección en el Año de la fe.

El signo litúrgico de la ceniza tiene un antecedente en la costumbre judía de ponerse ceniza sobre la cabeza y vestirse de andrajos en señal de penitencia. Para nosotros, la ceniza es uno de los signos materiales que adquieren en la liturgia una gran significación espiritual. No se trata de un signo sacramental como el agua, el aceite, el pan y el vino, que son materia de sacramentos a través de los cuales se nos comunica la gracia de Cristo. La ceniza es un signo no sacramental, pero va unido a la oración y a la santificación del pueblo cristiano en el inicio de la Cuaresma.

La oración de bendición de la ceniza, que vamos a rezar poco después, nos recuerda el polvo del que fuimos sacados y al que vamos a volver (cf. Gen 3,19). Con esta referencia concluye en el libro del Génesis el juicio pronunciado por Dios después del pecado original: Dios maldice a la serpiente, que hizo caer en el pecado al hombre y a la mujer; luego castiga a la mujer anunciándole los dolores del parto y una relación desequilibrada con su marido; por último, castiga al hombre, le anuncia la fatiga al trabajar y maldice el suelo: “¡Maldito el suelo por tu culpa!” (Gn 3, 17), a causa de tu pecado. Por consiguiente, el hombre y la mujer no son maldecidos directamente, mientras que la serpiente sí lo es; sin embargo, a causa del pecado de Adán, es maldecido el suelo, del que había sido modelado.

Recordemos el magnífico relato que nos ofrece el libro del Génesis sobre la creación del hombre a partir de la tierra: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que él había modelado” (Gn 2, 7-8).

El signo de la ceniza nos remite a este relato de la creación, que presenta al ser humano como una singular unidad de materia y de aliento divino, salida del polvo del suelo modelado por Dios y animado por su aliento insuflado en la nariz de la nueva criatura. Pero en el relato del Génesis el símbolo del polvo adquiere una significación negativa a causa del pecado. Mientras que antes de la caída el suelo es una realidad buena, regada por un manantial de agua (cf. Gn 2, 6) y capaz de hacer brotar “toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer” (Gn 2, 9), después de la caída y la maldición divina, producirá “cardos y espinas” y sólo a cambio de “dolor” y “sudor del rostro” concederá al hombre sus frutos (cf. Gn 3, 17-18). El polvo de la tierra ya no remite sólo al gesto creador de Dios, totalmente abierto a la vida, sino que se transforma en signo de un inexorable destino de muerte: “Eres polvo y al polvo volverás” (Gn 3, 19).

En el texto bíblico es claro que la tierra participa del destino del hombre. La maldición del suelo se debe al pecado y Dios no puede dejar de pronunciarla, porque respeta la libertad del hombre y sus consecuencias. Pero la intención de Dios es siempre buena y benéfica; y la maldición del suelo tiene una función “medicinal”. Cuando Dios dice al hombre: “Eres polvo y al polvo volverás”, está anunciando, junto con el justo castigo, también un camino de salvación, a través del “polvo” de la tierra, que es materia integrante de la “carne” que será asumida por el Verbo.

En esta perspectiva de salvación de nuestra carne, que es polvo, la liturgia del miércoles de Ceniza toma las palabras del Génesis: “eres polvo y al polvo volverás”, como invitación a la penitencia, a la humildad, a tener presente la propia condición mortal, pero no para acabar en la desesperación, sino para acoger en nuestra mortalidad la cercanía de Dios, que, más allá de la muerte, abre el paso a la resurrección, al paraíso definitivamente reencontrado.

Lo que inicialmente era carne procedente de la tierra, y es transformado por la muerte en polvo y ceniza, está llamado a resucitar de nuevo de la tierra como fruto del Misterio pascual de Cristo. San Pablo lo ha formulado de forma precisa en la segunda lectura de hoy, tomada de la segunda carta a los Corintios: “Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21). Llegar a ser justicia de Dios en Cristo, es la reconciliación a la que el apóstol llamaba a los fieles de Corinto en nombre de Cristo, y a la que la Iglesia nos exhorta hoy a nosotros al comenzar la Cuaresma, ofreciéndonos la gracia de Dios en este tiempo favorable de salvación.

El Dios que expulsó a los primeros padres del jardín de Edén envió a su propio Hijo a nuestra tierra devastada por el pecado, para que nosotros podamos volver, arrepentidos y redimidos por su misericordia, al “reino del Hijo de su amor” (Col 1,13), que es nuestra verdadera patria, la “tierra nueva” (Ap 21, 1), en la que se hallan “el árbol de la vida” (Ap 22,14.19) y “la fuente del agua de la vida” (Ap 21, 6). En efecto, Dios nos ha creado en Cristo Jesús como obra suya (cf. Ef 2, 10); nos ha renovado en la mente y en el espíritu, y nos ha revestido de la nueva condición humana creada a imagen de Dios, en justicia y santidad verdaderas (cf. Ef 4, 23-24).

En esta nueva creación por el Espíritu, Cristo es ya nuestra justicia y nos es ya posible vivir en verdad el proceso permanente de la conversión de los corazones y la práctica de la limosna, la oración y el ayuno en la forma recomendada por Jesús, es decir, como expresión del amor, que brota de la comunión con el Dios que es amor.

Por ello, el Mensaje del Papa para esta Cuaresma del Año de la fe nos ha exhortado a meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en el Dios de Jesucristo y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

La fe es creer en el amor que Dios nos tiene (cf. 1 Jn 4,16). Puesto que Dios nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), el amor no es sólo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro (cf. Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal, con todas nuestras facultades, a la revelación del amor gratuito y apasionado que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo que, movido por este amor, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo.

La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. Y la fe en el amor de Dios suscita el amor y da origen a una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Pero Dios no se contenta sólo con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, sino que quiere atraernos hacia sí y transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: “es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). El amor de Dios nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente a actuar por la caridad (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30). En consecuencia, nunca podemos separar las virtudes teologales de la fe y la caridad. “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda” (Porta fidei, 14b).

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que nos hacen capaces de servir a nuestros hermanos con el mismo amor de Dios. La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe. No se debe reducir la “caridad” a la mera solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. Por el contrario, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente el anuncio del Evangelio, para introducir al prójimo en la relación con Dios. El anuncio del Evangelio de Cristo es el primer y principal factor de desarrollo humano.

Como dones de Dios, la fe y la caridad son fruto de la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13). Este Espíritu grita en nosotros “¡Abbá, Padre!” (Ga 4,6), nos hace confesar: “¡Jesús es el Señor!” (1 Co 12,3) y nos mueve a orar con esperanza:“¡Ven, Señor Jesús!” ( Ap 22,20).

En este tiempo de preparación para celebrar el Misterio de la Cruz y la Resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia de todos y cada uno de sus hijos, os exhorto a orar para que recibamos la gracia de alimentar la fe, a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y de la participación en los sacramentos, para crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las prácticas concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna, par compartir los bienes que de Dios recibimos con los hermanos que en la actual situación más lo necesitan.

En estas circunstancias especiales de la Iglesia os exhorto a permanecer en intensa y serena comunión de fe, amor y oración con Benedicto XVI, dando gracias a Dios por el grandísimo don de su ministerio en la Sede de Pedro, ejercido con verdad y sabiduría evangélica, con humildad y ternura, y con actitud de servicio abnegado de caridad pastoral, mostrado especialmente en su solicitud por hacer comprensible el Evangelio a los miembros de la Iglesia y a todos los hombres de nuestro tiempo. Y pongamos nuestra vida y la Iglesia entera en manos de Jesucristo, “pastor y guardián de vuestras almas” (1 Pe 2,25), que nos concederá el nuevo Papa que la Iglesia necesita en el próximo tiempo. El Señor y su Espíritu están con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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