Funeral de Lorenzo Sánchez Alonso 28 de enero de 2013

Lecturas del Leccionario VIII:

 

Apocalipsis 21, 1-7. P. 353, n. 4.

Salmo 41: Mi alma tiene sed del Dios vivo. P. 355, n. 4.

Romanos 5, 5-11. P. 360, n. 1.

Aleluya: Esta es la voluntad de mi Padre. P. 370, n. 4.

Juan 6, 37-40. P. 382, n. 12.

 

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Queridos hermanos sacerdotes, familiares, amigos y antiguos feligreses de D. Lorenzo, especialmente en las parroquias de Villarmayor, Mata de Ledesma, Zafrón y Doñinos de Ledesma.

Estamos celebrando el paso de nuestro hermano Lorenzo, sacerdote, a la casa del Padre, como su definitiva participación en el misterio salvador de la muerte y resurrección de Jesucristo. Y lo hacemos con serena paz y con gozosa esperanza pascual, ofreciendo esta Eucaristía como sacrificio de acción de gracias al Padre, por la vida divina que nos ha dado en su Hijo y por el amor que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones. Nos alienta a ello la Palabra de Dios escuchada.

El Hijo, que ha sido fiel a la voluntad del Padre hasta la muerte por amor, nos asegura que va a cumplir la voluntad del Padre respecto de aquellos que el Padre le ha dado para ser sus amigos íntimos en el conocimiento de los secretos del Padre; a los que ha elegido, llamado y consagrado como sacerdotes para siempre, haciéndolos partícipes de su mismo sacerdocio y misión.

 

“Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Podemos glosar estas palabras del Evangelio de hoy y referirlas a nuestro hermano sacerdote difunto, con las siguientes frases de Jesús en su oración por los sacerdotes, en el capítulo 17 del Evangelio de Juan: “Padre... Yo te he dado a conocer a aquellos que tú me diste de entre el mundo. Eran tuyos y tú me los diste, y ellos han aceptado tu palabra... Yo les he enseñado lo que aprendí de ti, y ellos han aceptado mi enseñanza... Yo te ruego por ellos... por los que tú me has dado, porque te pertenecen... Haz que sean completamente tuyos. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan enteramente a ti... Lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros... yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos nosotros. Yo en ellos y tu en mí, para que lleguen a la unión perfecta... Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque tú me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo,... todos estos ha llegado a reconocer que tú me has enviado. Les ha dado a conocer quién eres... para que el amor con que me amaste pueda estar también con ellos, y yo mismo esté en ellos” (Jn 17, 1-26).

 

La oración de Jesús fundamenta nuestra esperanza de que nuestro hermano Lorenzo, sacerdote, va a ser admitido a la fiesta del banquete eterno, del pan de la vida eterna, que él sirvió sacramentalmente a los fieles en su nombre. Por ello, hoy, en su tránsito a la morada del Padre, en la que el Hijo nos ha preparado un lugar, celebramos y gozamos con su salvación prometida y ardientemente esperada.

 

La primera creación, con los males introducidos en ella por la desobediencia del hombre, ha pasado. La muerte, el luto, el llanto y el dolor del primer mundo ya no existen. Cristo resucitado lo ha hecho todo nuevo. Para el hombre nuevo, renacido del agua y del Espíritu, ha creado un cielo nuevo, una tierra nueva y una ciudad santa, en la que Dios ha establecido su morada definitiva con los hombres. En ella acampará Dios entre los hijos de adopción, que el Hijo amado le ha convertido en su nuevo pueblo. Con ellos estará Dios y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos y calmará su sed, dándoles a beber de balde de su fuente de agua viva. El Espíritu Santo es la fuente de los ríos de agua viva que, según la promesa de Jesús, ha manado de las entrañas de todos los que, como Lorenzo, tenían sed y han venido a beber con fe en él (Cf. Jn 7, 37).

 

Nuestro hermano Lorenzo fue siempre un sediento del agua viva de Jesús, un buscador incansable de su verdad, a través del estudio de la teología y de la pedagogía de la fe. Para hacer realidad su búsqueda, hizo la opción de compartir el amor de Jesús a sus discípulos más sencillos, permaneciendo casi toda su vida oculto en la cercana relación de caridad pastoral con los fieles de los pueblos encomendados a su cuidado.

 

Queridos hermanos: Nuestra común esperanza de alcanzar la herencia de la ciudad celestial es cierta y firme, porque se basa en el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Si Cristo ha muerto por nosotros cuando éramos pecadores, con cuánta más razón, una vez justificados y reconciliados por su sangre, seremos libres del castigo y salvos para siempre por su vida. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a Hijo único. Todo el que cree en él tiene vida eterna, en la comunión de amor con Dios, que ahora nos invita a pregustar en la Eucaristía.

 

Señor Jesucristo, lleva sobre tus hombros de Buen Pastor a nuestro hermano Lorenzo hasta la casa de Dios; hazle entrar contigo a ver el rostro del Padre y sacia su sed con el don de tu Espíritu. Que reine dichoso eternamente contigo, junto con todos tus redimidos a los que como sacerdote ha conducido a tu reino celestial.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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