Eucaristía en el día del ayuno voluntario

Lecturas: Isaías 58, 1.6-9; Salmo 11; Lucas 10, 23-29.

 

 

¿Cómo podremos practicar el ayuno que Dios quiere? ¿De donde vendrá nuestra fuerza para partir nuestro pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al vemos desnudo y preocuparnos del bien del hermano?

 

El mensaje del capítulo 58 de Isaías sobre el ayuno que Dios quiere, tiene su contexto en el primer tiempo de la vuelta del destierro en Babilonia. El retorno físico de la tierra del exilio no se ha visto acompañado, por parte de todos, de un retorno espiritual. Por ello, el profeta vuelve a denunciar falsas actitudes religiosas del pueblo ya condenadas desde el capítulo primero del libro: “¿Qué me importa la abundancia de vuestros sacrificios?... Estoy harto de holocaustos… no soporto iniquidad y solemne asamblea… aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé… Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda” (Is 1, 11-17).

 

A la vuelta del destierro sigue estando sin realizar el nuevo orden social que Isaías había presentado desde el inicio de su actividad profética como voluntad de Dios para su pueblo. Ese nuevo orden social debe manifestar la presencia de Dios en medio de su pueblo; y el profeta lo espera menos de la conversión del pueblo por propia iniciativa que de la manifestación que Dios quiere hacer de su misericordia en el tiempo oportuno. La compasión del Señor la manifiesta Isaías con la promesa del rey mesiánico y del resto fiel de Israel, así como con el símbolo de Sión, monte del templo y testigo de la presencia del Señor, que permanece aún después de la destrucción de Jerusalén.

 

“Consolad, consolad a mi pueblo” había proclamado el profeta en el capítulo 40, al comienzo de la segunda parte del libro. “El Señor Dios llega con poder” y “se revelará la gloria del Señor”. “Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían” (Is 40, 1.5.10. 11). “Y tú, Israel… Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado, no temas, porque yo estoy contigo” (Is 41, 8-10). La exhortación a la confianza en su Dios y en su poder salvador es la exhortación que el profeta dirige de forma constante a un pueblo al que se ve obligado a reprochar sin cesar que es ciego y sordo (cf. Is 42, 18-25; 43, 8).

 

“Despierta, despierta,… Jerusalén” (Is 51,17) grita el profeta. Prepárale un camino al Señor (cf. Is 40, 3). “Despierta, despierta, vístete de tu fuerza… Jerusalén, ciudad santa” (Is. 42, 1). “Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré… con amor eterno te quiero” (Is 54, 7-8). El Señor mismo reconstruye la ciudad, asienta sus piedras sobre azabaches, sus cimientos sobre zafiros y hará sus almenas de rubí, sus puertas de esmeralda y de piedras preciosas sus bastiones (cf. Is 54, 11-12). Y ofrece bebida y alimento gratis a sus habitantes: “Sedientos todos, acudid por agua; venid también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche” (Is 55, 1).

 

El profeta proclama que el poder del amor de Dios es más fuerte que el peso de las culpas y de la corrupción por él mismo denunciada: “Son vuestras culpas las que os han separado de vuestro Dios”, pero “la mano del Señor no es tan débil que no pueda salvar, ni su oído tan duro que no pueda oír” (Is 59, 1-2). Por ello, lo que el pueblo debe hacer es buscar al Señor e invocarlo (cf. Is 55,6) y confiar en la fuerza de su palabra, que es siempre eficaz. En efecto, “como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55, 10-11).

 

Esta pedagogía que Dios practica, mediante la denuncia profética de los pecados y el anuncio consolador de su compasión y restauración de su pueblo, ha sido constante en la historia de la salvación y es actual en todo tiempo.

 

Esta experiencia de la actuación de Dios nos ofrece las claves para dar ahora respuesta a la pregunta inicial: ¿Quién podrá practicar el ayuno que Dios quiere? El que vive no sólo de pan, sino sobre todo de la palabra que sale de la boca de Dios (cf. Mt 4, 4; Dt 8,3). En efecto, para practicar el ayuno que es obra de amor necesitamos no sólo una palabra externa que nos denuncia y nos orienta y señala el camino; es preciso sobre todo una palabra interior eficaz, la Palabra de Dios, capaz de realizar lo que anuncia, porque se hace vida en quienes la acogen y hace vivir de ella a quienes buscan en ella su alimento. Como Jesús, estamos llamados a buscar nuestro alimento en hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34).

 

En esta dirección nos orienta Jesús en el fragmento del Evangelio de Lucas. En primer lugar Jesús declara dichosos a sus discípulos, porque han visto los signos de la llegada del Reino de Dios en su victoria sobre las enfermedades y sobre los mismos demonios. Pero los hace sentirse dichosos sobre todo porque el Padre les ha revelado el significado de la misión que está realizando su Hijo Jesús, y porque Jesús les está llevando a conocer al Padre y a alegrarse porque sus nombres están ya inscritos entre los ciudadanos del reino de los cielos.

 

El contenido más concreto de estos motivos de dicha lo aclara Jesús a través del diálogo con un doctor de la Ley. La reafirmación del antiguo precepto del amor a Dios y al prójimo como camino de vida eterna para el hombre es una revelación del ser de Dios, a quien sólo Jesús conoce y da a conocer, y del ser del hombre, cuya verdad de hijo de Dios es puesta en nueva luz por Jesús. Es decir, el misterio del hombre se desvela en el conocimiento del Dios que es amor y nos llama a alcanzar nuestra plenitud y perfección humana en la comunión de amor con él. Esta es la razón de ser del doble precepto y el motivo por el cual podrá decir Pablo con tanta insistencia: Si no tengo amor, no soy nada (cf. 1 Cor 13, 2).

 

En esta celebración, la meditación de la Palabra de Dios nos ha ido haciendo progresar en el conocimiento del ayuno que Dios quiere y de la fuente de donde brota la posibilidad de practicarlo. Primero nos ha indicado que sólo es capaz de ayunar como Dios quiere quien vive no sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Y el vivir de esta Palabra de Dios nos está llevando a la experiencia de la comunión de amor con Dios, como fuente de nuestro amor al prójimo.

 

Y seguimos profundizando en las preguntas. Ahora es la enseñanza de Benedicto XVI la que nos ayuda a responder a estos interrogantes: ¿Cómo podemos vivir el amor a Dios? ¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? Y, por otro lado: ¿Se puede mandar el amor?

 

En estas preguntas ve el Papa manifestadas dos objeciones contra el doble mandamiento del amor. Nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad.

 

La primera carta de Juan parece respaldar la primera objeción cuando afirma: “Si alguno dice: `amo a Dios´, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Pero este texto no excluye el amor a Dios, como si fuera algo imposible; por el contrario, en todo el contexto de esta carta es exigido explícitamente el amor a Dios. Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo. La afirmación de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

 

Por otra parte, si es verdad que nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo, también es verdad que Dios no es del todo invisible para nosotros. Dios se ha hecho visible de muchas maneras en la historia de amor que narra la Biblia, según hoy mismo hemos meditado. Pero el amor que Dios nos tiene se ha hecho visible de forma plena cuando “Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible de manera que en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). Y en Jesús, en su persona, vida y enseñanza, se nos hace visible Dios y trata de atraernos a su encuentro de forma continua y en las más diversas maneras; entre ellas ahora, en esta celebración de la Eucaristía. Con el don sacramental de sí mismo nos hace experimentar que el precepto del amor no es la imposición de un sentimiento ajeno a nosotros y que no podamos suscitar con su gracia en nosotros mismos.

 

El camino del encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios es un proceso que dura toda la vida y se va alimentando también con el sentimiento de alegría que produce en nosotros la experiencia de ser amados. La historia del amor entre Dios y cada uno de nosotros se va perfeccionando en el progreso de la identificación de nuestro querer con el suyo, de nuestra voluntad con la suya. El amor no es entonces un precepto que se impone desde fuera, sino que es la expresión de la propia voluntad y del propio ser, identificados con la voluntad y el ser de Jesús. El amor a Dios y al prójimo es entonces la fuente de nuestra mayor alegría. Y así ya no nos cabe duda alguna de que es posible el amor al prójimo, en la versión primera del Decálogo, “como a ti mismo”, y en la nueva versión de Jesús “como yo os he amado” (Jn 13, 34).

 

Amar como Jesús nos ha amado incluye amar con el mismo amor con el que Jesús nos ha amado. Con este amor es posible el amor al prójimo sin fronteras de lugares, de razas, de ideas; incluso es posible amar a quienes nos odian y persiguen, Es posible amar a la persona que no nos agrada o ni siquiera conocemos. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, que lleva a la comunión de voluntad y de sentimientos. Entonces aprendemos a mirar a cada persona no ya sólo con nuestros ojos y sentimientos, sino con los ojos y sentimientos de Jesús. Así podemos dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: podemos ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la primera carta de Juan.

 

Si en la vida falta del todo o hay solamente un débil contacto con Dios, se podrá ver en el prójimo solamente al otro, pero no se conseguirá reconocer en él la imagen divina y el rostro de Jesús, que ha identificado con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. (cf. Mt 25, 40). Por otra parte, si en la vida se omite la atención al otro, se marchita también la relación con Dios, que dejaría de ser una relación de amor. Sólo la actitud de amar y ayudar al prójimo, hace sensibles también al amor a Dios. Sólo el servicio al prójimo abre los ojos a lo que Dios hace por nosotros y a lo mucho que nos ama. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero.

 

En esta Eucaristía nos ha dicho de nuevo cuanto nos ama y nos ofrece el sacramento de su vida entregada por el amor más grande, hasta el extremo (cf. Jn 13,1; 15,13).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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