Epifanía 2013

Jesús ha venido al mundo en Belén por medio de María, la virgen de Nazaret, esposa de José; allí los pastores, que acudieron al recibir el anuncio del ángel, contemplaron “un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (Le 2, 12.16). Jesús, el Salvador, el Cristo Señor, es ya una presencia en medio de su pueblo: es un descendiente de David, es el Mesías, al que le espera el título de rey de los judíos. Pero Jesús es también aquel que realiza la promesa hecha a Abrahán de un descendiente en el que serían bendecidas todas las naciones de la tierra, toda la humanidad (cf. Gn 12, 1-3): desde su nacimiento Jesús es buscado y reconocido por los gentiles, entre cuya descendencia nos contamos también nosotros.

 

Esto es lo que celebramos hoy, en la Epifanía del Señor: La manifestación del niño nacido en Belén como luz y salvación para las gentes de todo el mundo.

 

El significado teológico y espiritual de esta fiesta lo explica de forma sintética san Pablo en el texto de la carta a los Efesios. Se refiere el apóstol al progreso habido en la manifestación del “misterio” de Jesucristo, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos y ahora se ha revelado a él y los demás apóstoles y profetas. El misterio consiste en esto: “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.” (Ef 3,6).

 

Pablo ha comprendido que el plan misterioso de Dios era precisamente ofrecer su revelación a todas las naciones, para introducir a todos los hombres en la comunión íntima con Él. Se trata de una sorprendente novedad: “ya no hay distinción entre judío o no judío” (Gal 3, 28).

 

El pasaje del Evangelio de Mateo que narra la adoración de los Magos de Oriente es bien conocido y está presente desde siempre en la tradición cristiana.

 

La narración del evangelista Mateo comienza situando el lugar y el tiempo del nacimiento de Jesús en estos términos: “Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes” (Mt 2,1). El rey Herodes es un personaje bien conocido de la época, que reinaba gracias el emperador de Roma, pero con la pretensión casi mesiánica de ser el redentor del reino judío. Belén es el pueblo natal del rey David y el lugar en el que debía nacer el Mesías, según las profecías. La referencia expresa a Judea, evoca la bendición profética del patriarca Jacob a su hijo Judá: “No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquél a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos” (Gn 49,10).

 

Mateo no cita la profecía de Balaán, profeta pagano, que anunció una promesa futura de salvación para Israel diciendo: “Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza una estrella de Jacob y surge un cetro de Israel” (Num 24,17). La estrella de la que habla Balaán no es un astro, sino el mismo rey que ha de venir. Pero esta profecía, podría haber sugerido a los Magos la conexión entre la estrella y el niño rey de los judíos.

 

Los Magos de Oriente no eran únicamente astrónomos. Eran sabios religiosos que buscaban la verdad y el Dios verdadero; representan el anhelo interior del espíritu humano, el camino de las religiones y de la razón humana hacia Cristo; son precursores de los buscadores de la verdad de todos los tiempos.

 

La tradición de la Iglesia ha leído la historia de los Magos a la luz del salmo 72,10 y de Isaías 60,1-6, cuyos textos ha incluido la liturgia de hoy en la primera lectura y en el salmo responsorial.

 

El salmo 72 es un canto de homenaje al rey de Israel, para el que se invoca la gracia de la sabiduría de Dios que le haga capaz de regir al pueblo con justicia y rectitud; así florecerá la paz en sus días. Para este rey justo y pacífico se invoca el título de rey universal, ante el que se postren todos los reyes y al que todos los pueblos le sirvan. Más en concreto se menciona el tributo que han de pagarle los reyes de Tarsis y de las islas y los reyes de Saba y de Arabia, es decir, los reyes de occidente y de oriente.

 

El texto de Isaías 60, 1-6 canta la gloria del Señor que amanece sobre Jerusalén y la llena de su luz, en medio de las tinieblas del mundo. Todos los pueblos caminarán a la luz de Jerusalén y traerán hacia ella sus riquezas. Pero, a diferencia del salmo 72, se refiere solamente a los dones de incienso y oro que vendrán a ofrecerle desde Madián y Efá, y de Saba, en camellos y dromedarios. Así pues, Isaías se sólo refiere de forma explícita a los venidos de oriente. Y esta tradición es la que recoge Mateo en su relato de los Magos de Oriente, que se presentaron en Jerusalén preguntando por el recién nacido rey de los judíos.

 

A estos Magos de Oriente les ha atraído el nacimiento de un niño-rey en la campiña de Belén. La venida de los Magos a Belén es la respuesta de la humanidad al Dios que ha querido nacer entre nosotros para ser el Emmanuel, el “Dios con nosotros” (cf. Mt 1, 22-23; Is 7, 14). Para encontrarlo, aquellos sabios deben subir a Jerusalén (cf. Is 60, 1-6) y escuchar las Escrituras, que contienen las promesas de Dios. Por ello, llegan preguntando:

 

“¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”

 

La estrella es el hecho extraordinario que ha llevado a los Magos a la convicción firme de que ha nacido un nuevo rey de los judíos, cuyo reinado representa una bendición de Dios también para ellos; esta convicción los ha movido a ponerse en camino.

 

La pegunta sobre la realidad y el significado de la estrella no debe dejarse hoy de lado como un mero símbolo en una visión teológica de la historia. La estrella de los magos pudo ser el resultado del hecho constatado de la conjunción de Júpiter y Saturno, en los años 7-6 a. C., tiempo real del nacimiento de Jesús. La estrella fue para los Magos una señal e impulso para el inicio del camino; pero fue revelación porque estaban movidos interiormente por la esperanza de hallar respuesta a su búsqueda.

 

La estrella y su propia razón conducen a los Magos a la ciudad donde reside el rey de Israel, porque era de suponer que el nuevo rey habría nacido allí. Después, para encontrar el camino hacia el heredero de David, necesitarán la luz de las Escrituras de Israel, que los orientan hacia Belén.

 

La pregunta de los Magos en el palacio real de Jerusalén por el recién nacido rey de los judíos provocó el sobresalto del rey Herodes y de la ciudad de Jerusalén. Era comprensible el sobresalto de Herodes ante la noticia del nacimiento de un misterioso pretendiente al trono. Pero resulta más difícil entender por qué motivo debía alarmarse en aquel momento todo Jerusalén. A este propósito es oportuno recordar que Mateo dice también que “toda la ciudad se sobresaltó” al narrar la entrada de Jesús en Jerusalén aclamado como rey de Israel. En ambos casos, la ciudad se sobresalta ante el anuncio de la realeza de Jesús. Los ciudadanos de Jerusalén conocían bien la forma cruel de actuar de Herodes con todos los que pudieran hacer frente a su poder. Por ello, el anuncio del nacimiento de un rey mesiánico llevaría preocupación y temor a la ciudad dominada por Herodes.

 

Herodes “convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías” (Mt 2,4)

 

Los convocados respondieron con una sentencia compuesta con palabras del profeta Miqueas y del Segundo Libro de Samuel “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe [cf. Mi 5,1] que será el pastor de mi pueblo Israel” [cf. 2 Sam 5,2]. (Mt 2,6).

 

Con esta redacción da a entender Mateo “la paradoja del obrar de Dios que recorre todo el Antiguo Testamento: lo que es grande nace de lo que según los criterios del mundo parece pequeño e insignificante... A la pequeña ciudad, considerada en si misma insignificante, ahora se la reconoce en su verdadera grandeza. De ella saldrá el verdadero Pastor de Israel… Con el nacimiento de Jesús en la gruta a las afueras de la ciudad, la paradoja se confirma una vez más.” ( Benedicto XVI, La Infancia de Jesús, 109-110)

 

Mateo ha añadido a la palabra del profeta Miqueas la afirmación ya mencionada del Segundo Libro de Samuel (cf. 5,2), que allí se refiere al nuevo rey David, y que ahora alcanza su pleno cumplimiento en Jesús como Pastor de Israel. Se alude así al cuidado amoroso del rey que representa la realeza de Dios.

 

La respuesta de los jefes de los sacerdotes y de los escribas es concreta y resulta útil a los Magos. Pero no es únicamente una indicación geográfica, sino también una interpretación teológica del lugar y del significado del nacimiento anunciado. Herodes sacó sus conclusiones de esta respuesta y las puso en práctica con la matanza de los niños de la región.

 

Sorprende, sin embargo, que los versados en la Sagrada Escritura no se sintieran impulsados a tomar las decisiones que comportaba su interpretación de las profecías. De hecho, los sumos sacerdotes y escribas respondieron de acuerdo con la Palabra de Dios - “el Mesías, el Rey de Israel nacerá en Belén” (cf. Mi 5, 1) -, pero no la obedecieron ni aceptaron el cumplimiento de la profecía. Los Magos, en cambio, obedientes primero a su búsqueda de Dios y ahora también a la revelación contenida en las Escrituras, reemprendieron el camino y llegaron a la casa donde se hallaba el niño rey.

 

La estrella, que se había ocultado en Jerusalén, vuelve a brillar después del encuentro de los Magos con la palabra de la Escritura. La creación, interpretada por la Escritura, vuelve a hablar de nuevo al hombre. Mateo recurre a superlativos para describir la reacción de los Magos: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). Es la alegría del hombre al que la luz de Dios le ha llegado al corazón, y que puede ver cómo su esperanza se cumple.

 

“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,11).

 

Los Magos se postran ante el niño y lo adoran. Es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey y que explica los dones que le ofrecen los Magos. No son dones útiles en aquel momento para la Sagrada. Familia, sino un reconocimiento de la dignidad regia del niño a quien se ofrecen. El oro y el incienso se mencionan también en Isaías 60,6 como dones que ofrecerán los pueblos como homenaje al Dios de Israel.

 

La tradición de la Iglesia ha visto representados en los dones tres aspectos del misterio de Cristo: el oro haría referencia a la realeza de Jesús, el incienso al Hijo de Dios y la mirra al misterio de su Pasión. En efecto, en el Evangelio de Juan aparece la mirra después de la muerte de Jesús: el evangelista nos dice que Nicodemo, para ungir el cuerpo de Jesús, llevó mirra, entre otras cosas (cf. 19,39). Con el signo de la mirra se enlaza la realeza de Jesús con el misterio de la cruz y se anuncia la pasión de manera simbólica ya en la adoración de los Magos.

 

La fiesta de la Epifanía es para nosotros ocasión para la acción de gracias y también exhortación a dar testimonio de la salvación ofrecida por Dios en Jesucristo a todos los pueblos. A diferencia de los sumos sacerdotes y escribas de Israel, la meditación asidua de las Escrituras debe llevarnos a la obediencia fiel a la voluntad de Dios revelada en su Palabra. Por ello, hoy pedimos que el Señor nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo y fortaleza para seguir anunciándolo como el único salvador.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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