Homilía en la Conversión de San Pablo Clausura de la Oración por la Unidad de los Cristianos 25 de enero de 2013

La llamada de Saulo es un hecho de la mayor importancia para la propagación universal del Evangelio. Su predicación de la salvación por la fe en Cristo ha superado los límites religiosos del judaísmo y ha hecho realidad el envío misionero universal del Evangelio de Marcos, que acabamos de escuchar.

 

La historia de la llamada de Saulo, que Lucas describe en los Hechos de los Apóstoles en tres ocasiones (en los capítulos 9, 1-19; 22, 1-16 y 26, 9-18), no es una narración de un proceso de cambio como experiencia psicológica personal. Es más bien la narración de la transformación de la vida de Saulo por la gracia de Cristo resucitado, que lo convierte de un encarnizado perseguidor de la Iglesia en su más ardiente defensor y en su más destacado testigo. El texto narra cómo Cristo mismo instruye a Ananías sobre el significado de la llamada de Saulo: “Ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre” (9,15-16).

 

Pablo fue llamado a reconocer a Jesús como el Mesías esperado por Israel; fue conducido por Ananías a la Iglesia, a la cual es incorporado por el bautismo. Y Pablo es mostrado enseguida anunciando en la sinagoga que Jesús es el Hijo de Dios (Hch 9, 20.22). La experiencia del encuentro con Jesús resucitado y con su Iglesia se convierte en contenido de su anuncio posterior sobre la necesidad de la fe en Cristo para la salvación de todos los hombres. Y Pablo no podrá olvidar que Jesús se ha identificado con los cristianos a los que él persigue, es decir, con su Iglesia. De hecho, Pablo nos ha transmitido la enseñanza más luminosa en relación con la unidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, fundada en el Bautismo, el Espíritu Santo y la Eucaristía.

 

La actividad evangelizadora de Pablo, en comunión con Pedro y los demás apóstoles, y su enseñanza sobre la unidad de la Iglesia hacen de él un modelo actual para nosotros en esta jornada de clausura de la oración por la unidad.

 

Llamado al apostolado a destiempo, no pudo disfrutar de la pedagogía de Jesús, el Maestro, durante su vida terrena. Y tampoco tuvo ocasión de aprender la convivencia fraterna con los demás discípulos. Pero en la tradición viva de la Iglesia ha aprendido la historia de Jesús y ha recibido su enseñanza. Y la total entrega a la voluntad del Señor, le llevó a Jerusalén para conocer a Pedro y estar junto a él quince días, como expresamente declara en su carta a los Gálatas (Gal 1,18). De nuevo, pasados catorce años, escribe Pablo, “subí otra vez a Jerusalén... y, en conversación privada con los principales dirigentes, les di cuenta del evangelio que anuncio a los paganos, no fuera que ahora y entonces me estuviera afanando inútilmente.” (Gal 2, 1-2).

 

Pablo busca la garantía de la rectitud de su predicación en la comunión con los otros apóstoles, pero, a la vez, frente al acoso de los judíos cristianos que consideraban obligatorio seguir observando la ley, defenderá con gran lucidez y fuerza, ante Pedro, Santiago y los demás apóstoles, la verdad del Evangelio de la salvación por la fe en Jesucristo. Con esta práctica y enseñanza mostrará a la Iglesia el camino a seguir en la evangelización de todos los pueblos, sabiendo distinguir la misión que al pueblo de Israel le había correspondido en el tiempo de preparación de la venida del Mesías, de la misión universal que la Iglesia había recibido para salvación de todos los pueblos por la fe en Cristo. El Espíritu Santo había orientado a Pedro a la hora de admitir al pagano Cornelio al bautismo (Hch 10 y 11,1-18). Pero Pablo le ayuda a Pedro a interpretar el sentido de esta orientación para el anuncio del Evangelio al mundo entero. Se trataba de la recta interpretación del sentido de la revelación de Dios, expresada en su plenitud en Cristo. De algo semejante se trata siempre en la búsqueda de la unidad de la Iglesia.

 

Clausuramos con esta celebración una Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos situada en el marco espiritual del Año de la Fe, convocado con ocasión de los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II. En este Año, el Papa nos ha exhortado a volver a la enseñanza del Vaticano II, que no ha perdido su valor y sigue siendo luz y brújula segura para orientar nuestro camino de Iglesia en el comienzo del tercer milenio y para dar impulso a la renovación siempre necesaria de la Iglesia, que la haga capaz de iniciar un tiempo nuevo de evangelización.

 

En esta celebración es especialmente oportuno recordar que la búsqueda de la unidad de los cristianos fue una de las metas principales que se propuso el Concilio Vaticano II y es un imperativo permanente del Señor a sus discípulos, expresado en forma oración al Padre: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

 

La unidad que se trata de alcanzar no es un acuerdo humano, sino la unidad en el Padre y en el Hijo, la comunión en la Trinidad. Esta “comunión es la vida misma de Dios que se comunica en el Espíritu Santo por medio de Jesucristo” . La unidad es un don de Dios en continua realización, que Jesús imploró al Padre y nosotros debemos seguir pidiendo cada día.

 

La búsqueda de la unidad es gracia y tarea para toda la Iglesia de Cristo, en su universalidad. Por ello, la oración por la unidad nos urge y nos reúne a todas las confesiones cristianas, presentes en todo el mundo y en las más diversas circunstancias, a veces en medio de inestabilidad y violencia. Tal es la situación de las antiguas y venerables iglesias y de las más recientes comunidades eclesiales presentes en Oriente Medio. A la vía ecuménica entre ellas se ha referido Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica Postsinodal “Ecclesia in Medio Oriente”, firmada el día 14 de septiembre de 2012 en Beirut, con ocasión de de viaje apostólico a Líbano. Las indicaciones a aquellas iglesias, tan cercanas a los lugares y las tradiciones del origen de nuestra fe, pueden tener también para nosotros valor ejemplar, aun en nuestra diversa situación.

 

El Papa ha comenzado recordando a todos que es necesario “un esfuerzo importante y continuo por favorecer la unidad, dentro de las respectivas riquezas, con el fin de reforzar la credibilidad del anuncio del Evangelio y del testimonio cristiano. La unidad es un don de Dios, que nace del Espíritu, y es preciso hacer crecer con perseverante paciencia (cf. 1 P 3,8-9). Sabemos que, cuando las divisiones nos contraponen, existe la tentación de recurrir sólo a criterios humanos, olvidando los sabios consejos de san Pablo (cf. 1 Co 6,7-8). Él nos exhorta: `Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz´ (Ef 4,3). La fe es el centro y el fruto del verdadero ecumenismo… La unidad surge de la oración perseverante y la conversión, que hace vivir a cada uno según la verdad y en la caridad (cf. Ef 4,15-16). El Concilio Vaticano II ha alentado este `ecumenismo espiritual´, que es el alma del auténtico ecumenismo.”

 

En efecto, el Concilio Vaticano II ha enseñado que, para ser eficaz, el camino ecuménico ha de recorrerse “principalmente con la oración, con el ejemplo de vida, con la escrupulosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, con un mejor conocimiento mutuo, con la colaboración y estima fraterna de las cosas y de los espíritus” . Sobre todo, será conveniente que todos se dirijan aún más hacia Cristo mismo. Jesús une a quienes creen en él y le aman, entregándoles el Espíritu de su Padre, así como el de María, su madre (cf. Jn 14,6; 16,7; 19,27).

 

Los fieles católicos podemos promover el ecumenismo espiritual en las parroquias, monasterios y conventos, en las instituciones escolares y universitarias, y en los seminarios. Corresponde a los pastores acostumbrar a los fieles a ser testigos de la comunión con Cristo y entre las iglesias y comunidades eclesiales en todos los ámbitos de su vida y de su colaboración en la misión. A este fin, es importante comprender que la comunión de las iglesias no es una confusión, ni tampoco la uniformidad de las tradiciones y celebraciones. El testimonio auténtico comporta el reconocimiento y el respeto por el otro, la disposición para el diálogo en la verdad, la paciencia como una dimensión del amor, la sencillez y la humildad de quien se reconoce pecador ante Dios y el prójimo, la capacidad de perdón, de reconciliación y purificación de la memoria, tanto en el plano personal como comunitario.

 

Este es el ambiente espiritual adecuado para que dé fruto el trabajo perseverante de los teólogos en la búsqueda de la unidad, así como la actividad de las comunidades locales que rezan y se esfuerzan promoviendo la amistad y la fraternidad. Es importante a este propósito constatar que desde el año 2008 tenemos una traducción interconfesional de la Biblia en español, que nos permite a católicos y protestantes escuchar la Palabra de Dios y rezar el Padrenuestro con las mismas palabras. De esta manera se sientan las bases para hablar con una sola voz sobre las grandes cuestiones morales a propósito de la verdad humana, la familia, la sexualidad, la bioética, la libertad, la justicia y la paz. De hecho, existe ya entre los cristianos de las distintas confesiones un “ecumenismo diaconal” en el campo de la caridad y la educación .

 

En relación con la Oración por la Unidad, ¿Qué nos dice la conversión de san Pablo? De igual manera que el encuentro con Cristo llevó a Pablo a la adhesión inquebrantable a la verdad de su enseñanza, hasta entonces rechazada, la conversión de los corazones a Cristo, buscada en la escucha orante de su Palabra, realizará en los cristianos separados la superación de las incomprensiones ancestrales, de los malentendidos y prejuicios, de la indiferencia y el desconocimiento recíprocos, y hará posible la purificación de la memoria histórica, el encuentro en el amor mutuo y la mirada sosegada y limpio a la verdad, que llevará a superar mediante el estudio y el diálogo teológico la divergencias doctrinales que todavía perduran.

 

La conversión nos hace capaces de reconocer la acción del Espíritu en la Iglesia católica y en otras Iglesias y comunidades eclesiales cristianas, de descubrir la presencia en todas ellas de ejemplos de santidad, y de tener experiencia personal de la riqueza de la comunión de los santos. Y la oración común de los cristianos es el medio más eficaz para alcanzar la gracia de la unidad, congregados en torno a Cristo, que nos ha asegurado: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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