Homilía en la fiesta del Beato Manuel Domingo y Sol Casa de los Operarios Diocesanos 29 de enero de 2013

Lecturas: Jer 1, 4-10; Filp 3, 8-14; Jn 17, 1-21.

 

 

En la celebración de la fiesta del beato Manuel Domingo y Sol, apóstol del sacerdocio y de la promoción y formación de los candidatos al ministerio presbiteral, el Señor nos invita con su Palabra a interiorizar, en humilde y gozosa acción de gracias, el don de la vocación sacerdotal y del sacramento del orden recibido, y la gracia de la perseverancia en el fiel ejercicio del ministerio.

 

La llamada oración sacerdotal de Jesús tiene su contexto en la liturgia de la fiesta judía de la Expiación. Lo que en aquella fiesta se representaba en acciones rituales, se cumple en Jesús de manera real. Así como el sumo sacerdote hacía la expiación por sí mismo, por la clase sacerdotal y por toda la comunidad de Israel, también Jesús ruega por sí mismo, por los Apóstoles y por todos los que después creerán en Él: por la Iglesia de todos los tiempos (cf Jn 17,20).

 

La oración sacerdotal de Jesús es un testimonio de la reconciliación que Dios ofrece a los hombres, para dar respuesta al problema esencial de toda la historia humana, que es la ruptura de la relación con Dios. La oración de Jesús al Padre anticipa el culto espiritual y agradable a Dios, que Jesús va a ofrecer, según declara la carta a los Hebreos: “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 6-7).

 

El tema primero del fragmento leído es la revelación del nombre de Dios. Jesús declara ante el Padre haber cumplido la misión encomendada: “He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo” (Jn 17,6).

 

Con estas palabras Jesús se presenta como el nuevo Moisés que lleva a término lo que antaño había comenzado junto a la zarza ardiente. Dios había revelado su “nombre” a Moisés. Este nombre era más que una palabra. Significaba que Dios se dejaba invocar, porque entraba en comunión con Israel. Con la expresión “nombre de Dios” se quería aludir a su presencia actual en medio de los hombres, aunque su presencia trasciende todo lo que es humano y mundano. Dar a conocer el “Nombre de Dios” significa manifestar a Dios como el que está presente entre los hombres.

 

Cuando dice haber dado a conocer el nombre de Dios no se refiere a una palabra nueva que Él habría enseñado a los hombres para designar a Dios. La revelación del nombre es un modo nuevo de la presencia de Dios entre los hombres. En Jesús, Dios entra totalmente en el mundo de los hombres: quien ve a Jesús, ve al Padre (cf. Jn 14,9). En Jesús, Dios se ha hecho hombre. Dios ha entrado en nuestro mismo ser. En Él, Dios es realmente el “Dios con nosotros”. Cristo mismo como persona es “el nombre” de Dios, la accesibilidad de Dios para nosotros La “revelación del nombre” tiende a que “el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos” (17,26).

 

El segundo tema es la consagración y santificación, que está en estrecha relación con el sumo sacerdocio y la reconciliación. En la plegaria por los discípulos, Jesús dice: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad... Y por ellos me consagro yo para que también se consagren ellos en verdad” (Jn 17,17.19). En otro pasaje Jesús se identifica como “quien el Padre consagró y envió al mundo” (10,36). Aparece en estos textos un triple uso del término “consagración”: el Padre ha consagrado al Hijo y lo ha enviado al mundo; el Hijo se consagra a sí mismo y ruega que los discípulos sean consagrados en la verdad.

 

“Consagrar” significa aquí “santificar”. El consagrado, el santo, en su pleno sentido es sólo Dios mismo. Santidad es el término usado para expresar el modo de ser de Dios. Así, las palabras “consagrar”, “santificar” significan traspasar una persona o una cosa a la propiedad de Dios, y especialmente su destinación para el culto. En relación con la persona, la consagración es destinar a un hombre a Dios y al culto divino mediante el sacerdocio.

 

“Consagración”, en el sentido de “santificación”, es una segregación de una persona del resto de su entorno propio de vida. El consagrado es elevado a una nueva esfera que ya no está a disposición del hombre. Pero esta segregación incluye esencialmente al mismo tiempo una finalidad y una misión: “para” entregarse totalmente a Dios. El consagrado existe ahora para los hombres; los representa y los debe sanar. Por ello, consagración y misión forman una única realidad completa.

 

Hemos enunciado antes el triple sentido del término “consagración” en el Evangelio de Juan y lo exponemos ahora con más detalle. Primero se nos dice que el Padre ha enviado al Hijo al mundo y lo ha consagrado (cf. 10,36). Se puede ver un cierto paralelismo con esta frase en las palabras sobre la vocación del profeta Jeremías: “Antes de formarte en el vientre te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré. Te nombré profeta de los gentiles” (Ir 1,5). Consagración significa que Dios reivindica para sí al hombre en su totalidad, que sea “segregado” para Él. Pero ello comporta al mismo tiempo una misión para los pueblos.

 

También en las palabras de Jesús está unidas la consagración y la misión, es decir, la plena unidad con el Padre y su ser enteramente para el mundo. Jesús pertenece por entero a Dios y, precisamente por eso, está totalmente a disposición “de todos”.

 

El segundo sentido está expresado en las palabras de Jesús “por ellos me consagro yo” (17,19), y tiene el significado de "consagrar para el sacrificio". “Me consagro” equivale a decir “me entrego a mí mismo como sacrificio”.

 

La tercera significación de la “consagración” está expresada así: “Santifícalos en la verdad” (17,17). “Me consagro yo para que también se consagren ellos en verdad” (17,19). Los discípulos están llamados a participar en la consagración de Jesús; también en ellos se debe cumplir el paso a la vida de Dios. Y así puede hacerse realidad su envío al mundo. “Me consagro yo para que también se consagren ellos en verdad”: indica que los discípulos han de pasar a ser propiedad de Dios como Jesús, han de participar en su consagración, no sólo de forma ritual, sino “en verdad”, es decir, en la realidad de todo su ser. Y los discípulos de Jesús son santificados “en la verdad”. La verdad es el baño bautismal que los purifica; la verdad es la vestidura y la unción que necesitan. Esta “verdad” santificadora es Cristo mismo. Han de ser sumergidos en Él, han de ser “revestidos” de Él y, de este modo, hacerse partícipes de su consagración, de su función sacerdotal, de su sacrificio.

 

“Para que todos sean uno...”. La oración sacerdotal se refiere también a la unidad de los futuros discípulos. Más allá de la comunidad de los discípulos de aquel momento, Jesús se dirige a todos aquellos que “crean en mí por su palabra” (Jn 17,20): la Iglesia futura está incluida en la plegaria de Jesús.

 

El Señor repite por cuatro veces esta petición; en dos de ellas, la razón que se indica para dicha unidad es que el mundo crea, más aún, que “reconozca” que Jesús ha sido enviado por el Padre: “Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros” (v. 11). “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (v. 21). “Que sean uno, como nosotros somos uno;... de modo que el mundo sepa que tú me has enviado” (vv. 22-23).

 

La unidad de la futura Iglesia, que Jesús pide, no viene del mundo; en la medida en que el mundo actúa en la Iglesia se producen divisiones. La unidad sólo puede venir del Padre a través del Hijo. Está relacionada con la “gloria” que da el Hijo: con su presencia que se nos da por el Espíritu Santo; una presencia que es fruto de la cruz, de la transformación del Hijo en la muerte y la resurrección.

 

Pero la fuerza de Dios actúa entrando en medio del mundo, en el cual viven los discípulos. Y lo ha de hacer de tal manera que permita al mundo “reconocerla”, y llegar así a la fe. La oración de Jesús por la unidad se orienta a que, a través de la unidad de los discípulos, se haga visible a los hombres la verdad de su misión. La unidad ha de ser reconocible como algo único, que no existe en ninguna otra parte en el mundo y que, por tanto, manifiesta la acción del Espíritu de Dios. La permanencia de sus discípulos unidos en Jesús a lo largo de los siglos, manifiesta su poder de reconciliación y de comunión. En Jesús, el Hijo, Dios se revela como creador de una unidad que vence la tendencia del mundo a la división. El Señor ha pedido por una unidad que sólo es posible a partir de Dios y a través de Cristo, pero que debe hacer visible en medio del mundo la acción del Espíritu de Dios. Por eso, los esfuerzos por una unidad visible de los discípulos de Cristo siguen siendo una tarea urgente para los cristianos de todo tiempo y lugar.

 

La mirada de conjunto a la petición por la unidad nos permite intuir en ella a la Iglesia, aunque no se la nombra. La Iglesia nace de la oración de Jesús; de su palabra que se hace acto en el que Él se “consagra” a sí mismo, es decir, “se sacrifica” por la vida del mundo. La oración sacerdotal de Jesús es la palabra que expresa anticipadamente el sacrificio de la cruz, fiesta de la expiación del pecado del mundo.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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