La verdad del amor humano

En su “Exhortación acerca de la Evangelización”, en 1975, afirmó el Papa Pablo VI que “la ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”. Y proponía a la Iglesia la tarea de transformar con el Evangelio los criterios de juicio, los valores y los modelos de vida que están en contraste con la Palabra de Dios, es decir, hablaba de evangelizar la cultura en sus mismas raíces.

La mencionada “ruptura” tiene uno de sus reflejos en la absolutización subjetiva de la libertad, desvinculada de la verdad, que termina por hacer de las emociones del individuo la norma del bien y de la moralidad. Por ello, la evangelización de las raíces de la cultura actual nos urge a dar testimonio, con la palabra y con la vida, de la armonía que el Evangelio nos ayuda a descubrir entre las experiencias humanas fundamentales de la verdad, el amor y la libertad.

Esta ha sido la finalidad de la Conferencia Episcopal Española al publicar el documento titulado “La verdad del amor humano”, aprobado en la Asamblea Plenaria de abril de 2012. Por mi parte, convencido de la gran relevancia de este asunto, me propongo ofreceros, en esta y sucesivas cartas, una primera referencia, que os anime a la lectura de todo el documento.

La verdad del amor hemos presentarla como un anuncio de esperanza, que se está haciendo cada vez más necesario para gran número de personas que recibieron el bautismo pero viven al margen de la fe, así como para los sencillos creyentes que apenas conocen el fundamento de lo que creen.

El punto de partida es la presentación de Dios como amor y origen de todo amor humano. La encíclica de Benedicto XVI “Deus caritas est” nos ha hecho más familiar el significado del texto de Juan: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).

Los relatos bíblicos de la creación son un testimonio de que todo cuanto existe es fruto del amor de Dios, de manera especial el hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, para que iniciar con él una historia de amor e introducirle en su intimidad divina, es decir, en la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así pues, la Sagrada Escritura revela que el misterio de Dios es la fuente originaria del amor humano y que la vocación del hombre al amor forma parte de su auténtica imagen y semejanza de Dios, que es amor.

En consecuencia, el amor humano es respuesta al amor divino. Dios ha llamado al hombre a la existencia y a la comunión de amor con él; por ello, el amor es la vocación innata y fundamental de todo ser humano. Y esta vocación se ha dado a conocer plenamente y se ha hecho comunión de vida en Jesucristo, Hijo perfecto de Dios. Dios ama al hombre como lo ha amado Jesús. La persona y la vida de Jesús son la revelación plena y definitiva del amor de Dios. En efecto, “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él…tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Y Jesús nos ha amado como él ha sido amado por el Padre (cf. Jn 15,9) y nos propone su amor como modelo (cf. Jn 15, 12). El amor de Jesús es la revelación de la verdad del amor humano.

La Revelación enseña que el designio eterno de Dios es que el hombre llegue a ser hijo de Dios en Cristo y participe de la naturaleza divina por el don del Espíritu Santo. La llamada a “reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29) es constitutiva de la auténtica humanidad del hombre y revela la verdad más profunda del ser humano. Quien asume que el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, es la fuente de todas las formas de amor humano, llega a sentir que ha sido creado para amar, que la donación de sí mismo pertenece a la naturaleza del amor y que la medida y la verdad del amor no puede ser sólo el deseo humano.

La verdad del amor está inscrita en el mismo cuerpo del ser humano, que ha sido creado “a imagen de Dios” como “varón y mujer” (Gen 1,27), en una unidad inseparable de cuerpo y alma, para ser una persona. Entre cuerpo, alma y vida se da una relación tan íntima que hace imposible pensar el cuerpo humano como reducible únicamente a su estructura orgánica, o la vida humana a su dimensión biológica. El cuerpo es la persona en su visibilidad. Eso explica que cada persona perciba su cuerpo como una dimensión constitutiva de su “yo”. Sin necesidad de discurso, se da cuenta de que no puede relacionarse con su cuerpo como con algo ajeno a su ser, y de que no es irrelevante hacerlo de una u otra manera. Advierte, en definitiva, que relacionarse con el cuerpo es hacerlo con la persona: el cuerpo humano está revestido de la dignidad personal.

La unidad corpóreo-espiritual que es la persona humana existe necesariamente como hombre o como mujer. El espíritu se une a un cuerpo que necesariamente es masculino o femenino y la unidad personal resultante es en su totalidad masculina o femenina. La dimensión sexuada, es decir, la masculinidad o feminidad, es inseparable de la persona. No es un simple atributo. Es el modo de ser de la persona humana.

Cuando Dios dice que “no es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2, 18), afirma que el hombre por sí “solo” no realiza del todo su ser hombre. Solamente lo realiza existiendo “con alguien” y “para alguien”. A través de la comunión con las personas llega el hombre a ser imagen y semejanza de Dios. Con la creación del ser humano en dualidad de sexos se expresa la finalidad de esa sexualidad: el hombre es para la mujer y ésta es para el hombre, y los esposos para los hijos. Cuando la respuesta a la llamada al amor se lleva a cabo a través de la sexualidad, uno de sus constitutivos esenciales es la apertura a la transmisión de la vida, según el mandato de Dios: “Sed fecundos y multiplicaos” (Gen 1, 28). El sentido profundo de la vida humana está en encontrar respuesta a la palabra original de Dios.

 

+ Carlos López, Obispo de Salamanca

 

 

+ Carlos López,

Obispo de Salamanca


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