Homilía del Obispo en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Qué consolador resuena en nuestros oídos el anuncio de Gabriel a María; cómo nos llena de esperanza y de alegría cada vez que lo escuchamos. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Sí, alégrate y “No temas, María, porque ha encontrado gracia ante Dios”.

 

Déjanos, María, alegrarnos contigo, porque la gracia de Dios que has encontrado es para nosotros. La gracia de Dios que has encontrado es tu hijo, Jesús, concebido en tu seno virginal por obra del Espíritu Santo; tu hijo, que es el Santo, el Hijo de Dios, que reinará sobre el trono de David y cuyo reino no tendrá fin, y que salvará a su pueblo de sus pecados (cf Mt 1,21). Sí, alégrate y haznos participar en tu alegría, porque el Señor que está contigo ha hecho nacer en ti un hijo que es el Emmanuel, el Dios con nosotros (cf Is 7,14; Mt 1,23). Alégrate, María, hija de Sión, porque el Señor ha hecho de ti el Arca de la Nueva Alianza, el lugar de su morada, la tienda viva en la que él quiere habitar de un modo nuevo en medio de los hombres.

 

Tu gracia, es decir, tu hijo Jesús el Cristo de Dios, es la fuente y el inicio de nuestra gracia, porque él nos ha salvado de los pecados y en él nos ha bendecido Dios Padre con toda clase de bienes espirituales y celestiales, porque nos eligió antes de crear mundo para ser sus hijos, santos e irreprochables ante él por el amor el. Los que hemos heredado en Jesucristo la condición de hijos de Dios somos fruto de un plan divino de salvación que tuvo su primera manifestación inmediatamente después del primer pecado de los hombres, por engaño de la serpiente. Y en esa profecía primera de la salvación estabas prometida tu, María, como descendiente de la mujer primera, para vencer en tus hostilidades contra la serpiente y aplastar con tu pie su cabeza. Por eso, te reconocemos como nueva Eva, “madre de todos los que viven” en Cristo, tu hijo.

 

En ti, María, la severa y temible pregunta de Dios a la primera mujer: ¿Qué es lo que has hecho?, se ha transformado en el gozoso anuncio: “Alégrate”. “No temas…porque has encontrado gracia ante Dios”. En ti, María, se ha complacido Dios y te ha mostrado su benevolencia y su eterna misericordia. Y a ti te ha elegido antes del inicio del tiempo para ser la madre de su Hijo, el Santo de Dios, enviado para redimir a todos los hombres del pecado y hacerles partícipes de su santidad. Y en cumplimiento de esta elección, al llegar la plenitud del tiempo, por la victoria de Cristo sobre el pecado te ha preservado de toda mancha de pecado original y te ha llenado de toda suerte de bienes espirituales y celestiales, es decir, te ha hecho santa e inmaculada desde el primer instante de tu concepción de manera que pudieras ser la digna madre del Santo Hijo de Dios, enviado “para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial” (Gal 4, 5).

 

Dios tenía que librar de la herencia del pecado de Eva a la mujer nueva que con su fe y su obediencia al designio de Dios estaba destinada a concebir al nuevo Adán, Cristo. Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de Gabriel sobre su vocación a ser la Madre del Salvador, era necesario que ella estuviese plenamente conducida por la gracia de Dios. En la Inmaculada Concepción de la Virgen María tuvo su más inmediata preparación la nueva era de la manifestación de la “gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres” (Tito 2,11). “Porque…la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1, 17).

 

La Virgen Inmaculada realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe, porque la gracia ha hecho revivir en ella la confianza en Dios, que Adán y Eva, tentados por el diablo, habían dejado morir en su corazón. En la fe y en la confianza, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) y dando su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Por ello Isabel la saludó: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamamos bienaventurada (cf. Lc 1,48). (cf. Cat 148).

Durante toda su vida su fe no vaciló. “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).” (Porta Fidei, 13). “María no cesó de creer en el cumplimiento de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe” (cf. Cat 149).

Pero la fe de María, acaba de explicar Benedicto XVI, “es una fe en camino, una fe que se encuentra a menudo en la oscuridad, y debe madurar atravesando la oscuridad” (La infancia de Jesús, 129). Así se pone de manifiesto ya en el relato de la Anunciación. Ante el saludo del ángel se turbó “y se preguntaba qué saludo era aquél”. Y después de escuchar el anuncio de su maternidad, María quiso saber “¿cómo será eso, pues no conozco varón?” María es una mujer sensata y valerosa, que supera la turbación inicial ante lo inaudito e incompresible con la reflexión interior. No pone en duda el contenido del anuncio, pero trata de comprender y pide explicación sobre cómo puede cumplirse la concepción prometida sin conocer varón. María aparece así “como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios.” (La infancia de Jesús, 40).

 

De manera semejante, y aun con más claridad, se pone de manifiesto la dificultad del camino de María en la fe cuando el Evangelio de san Lucas relata la presencia de Jesús en el templo a los doce años. Después de tres días de dolorosa búsqueda, María y José encuentran a Jesús en el templo y expresan su sufrimiento en esta pregunta de María: “Hijo, por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2,48).

 

La respuesta de Jesús es impresionante: “Pero ¿cómo? ¿Me habéis buscado? ¿No sabíais dónde tiene que estar un hijo? ¿Qué tiene que estar en la casa de su padre, en las cosas de su padre? (Cf. Lc 2,49). Jesús dice a sus padres: Estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su casa” (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, 128). Con esta respuesta afirma Jesús que su padre no es José, sino Dios mismo. Y san Lucas explica que María y José “no comprendieron lo que les dijo” y añade que “su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 50-51). Poco antes, al narrar lo que los pastores contaron a María y José sobre el niño, según el anuncio del ángel, Lucas había aclarado ya por primera vez que “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). La palabra de Jesús es de momento demasiado misteriosa para sus padres. María no comprende las palabras de Jesús, pero las conserva en su corazón y allí las hace madurar poco a poco. Con las dos aclaraciones sobre la actitud espiritual de la madre ante el misterio de su hijo, Lucas presenta de modo intencionado a María como la gran creyente, que cree de manera ejemplar. Y, a la vez, María aparece como la imagen de la Iglesia, que acoge la Palabra en su corazón, trata de comprenderla en su totalidad, la guarda en su memoria y la transmite (La infancia de Jesús, 129-130).

 

El servicio ejemplar de María a nuestra fe podemos verlo reflejado también en el significado de la breve frase final del Evangelio de hoy. Una vez que María ha dado su consentimiento diciendo: “hágase en mi según tu palabra”, el evangelista concluye: “Y la dejó el ángel”. Benedicto XVI ha interpretado esta frase en la siguiente forma: “El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo…hasta la noche de la cruz. En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: Alégrate, llena de gracia, y sobre todo la palabra tranquilizadora: No temas. El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.” (La infancia de Jesús, 43-44).

 

En este Adviento del Año de la fe sentimos con especial intensidad la llamada a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo, para reencontrarnos en él llenos de gracia y libres de temor para la misión de seguir enunciando que en Jesucristo “encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de la Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su” gloria divina (Porta fidei, 13).

 

María Inmaculada y llena de gracia, impúlsanos a anhelar con fe viva y amor encendido un nuevo encuentro con el hijo de tus entrañas, que nos vas a presentar en el pesebre como el Hijo de Dios, que viene a salvarnos. Enséñanos a vivir por la fe y el amor en el reconocimiento del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia. Acompáñanos en la gozosa misión de seguir anunciando a todos los hombres: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que el mundo se salve por él. (cf. Jn 3, 16-17).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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