Homilía del Obispo en la Peregrinación del Arciprestazgo de Santa Teresa a la Catedral

Queridos hermanos: os agradezco a todos vosotros y doy gracias a Dios por este encuentro de oración y de profesión personal y comunitaria de nuestra fe casi al inicio de este Año de la Fe.

 

En este Año de gracia hemos sido invitados por el Papa a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”, de modo que todos los miembros de la Iglesia seamos para el mundo actual testigos gozosos y convincentes del Señor Resucitado, capaces de señalar la puerta de la fe a cuantos están en la búsqueda de la verdad.

 

Estáis aquí, en la Iglesia madre de la diócesis, en torno a vuestro Obispo, como porción del pueblo de Dios, en la que está presente y actúa la única Iglesia de Cristo, santa, católica y apostólica. Estamos en íntima comunión de fe, sacramental y afectiva, con el Papa Benedicto XVI, nuestro pastor universal. Somos el pueblo santo de Dios, redimido con la sangre de Cristo, que comparte su vida divina y es en medio del mundo su Cuerpo y el Templo en el que habita su Espíritu. Y estamos llamados a continuar la misión evangelizadora de Jesús, fortalecidos con su poder y guiados siempre por la luz de su Espíritu, que nos hace comprender su Palabra de la Verdad, para convertir nuestra vida nueva en Cristo en un Camino luminoso en medio del mundo.

 

Así nos lo ha recordado la lectura breve del Evangelio de san Mateo: “Vosotros sois la luz del mundo…Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”

 

Con estas y otras palabras semejantes, Jesús nos ha advertido que el fruto de la misión que él nos ha encomendado depende de que permanezcamos en él, en la unidad que él tiene con el Padre y en el amor con el que él nos ha amado; sólo así reconocerán nuestras buenas obras como propias de los discípulos de Jesús y creerán en él y en el Padre que le ha enviado. Sin él no podemos hacer nada.

 

En consecuencia, es claro que alguna responsabilidad nos corresponde a los miembros de la Iglesia en relación con la crisis profunda de fe que actualmente afecta a muchas personas en vastos sectores de la sociedad e incluso a muchos hermanos dentro de la Iglesia, que viven en una cierta “apostasía silenciosa”, de hecho “como si Cristo no existiera”. Por ello el Papa ha llamado en primer lugar a la Iglesia a renovar y fortalecer su fe en Jesucristo con una urgente evangelización interna de si misma.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Debemos recuperar la confianza en que todo creyente con fe débil y cualquier persona que busque la verdad, como la mujer samaritana del Evangelio de Juan, puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Para ello, nosotros mismos tenemos que descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios y el Pan de la vida. Lo que tenemos que hacer para realizar las obras de Dios es creer “ en el que él ha enviado” (cf. Jn 6, 28-29) y ser sus testigos. Con humildad y confianza pedimos hoy y sin cesar al Señor que nos aumente la fe, que nos haga sentir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la fe. Y, aunque nuestra fe sea pequeña como un grano de mostaza, estamos seguros de ser escuchados, porque así lo ha prometido el Señor. Su mismo Espíritu viene en nuestra ayuda y nos enseña a orar como conviene, pidiendo al Padre los dones de su Reino.

El mismo Señor Jesús, representado visiblemente en la cruz procesional, ha hecho con vosotros esta peregrinación de la fe y os ha conducido como buen pastor hasta esta catedral. Y su Espíritu ha puesto en vuestros labios las palabras de la fe arraigada en el corazón para profesar en comunidad el Credo de la Iglesia. Por ello, no dudo de la alegría que albergáis en vuestro interior después de profesar la fe. Seguro que ahora os sentís dichosos por haber creído. La alegría ha sido siempre el sentimiento dominante en los discípulos en cada encuentro íntimo con el Señor, de forma más clara al ver al Señor resucitado. Y la alegría en el Señor, incluso al compartir sus padecimientos, debe ser el rasgo más característico de la vida y del testimonio de los cristianos. La alegría en el Señor es el reflejo humano de la salvación.

 

Pero nuestra alegría no es pasividad y quietud, ni puede ser indiferencia ante la situación de nuestra sociedad. La alegría que procede del amor salvador de Dios es inquieta. Vida tranquila no es equivalente a vida cristiana, ni siquiera a vida plenamente humana. San Agustín lo expresó en estas palabras: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

 

La fe, tanto la débil como la más fuerte, es provocadora de preguntas necesarias para nuestro crecimiento en la misma fe, en su comprensión y en la forma de testimoniarla de palabra y de obra. La fe necesita y busca entender lo que cree, para dar razón de la esperanza a la que nos abre.

 

Debemos comenzar por reconocer que la fe en Dios es una gracia y también una realidad humana. Somos nosotros quienes creemos o dejamos de creer en Dios. Por tanto, lo primero que se nos ocurre es preguntarnos por qué creemos en Dios. De hecho, junto a nosotros hay muchas personas que viven aparentemente tranquilas sin plantearse esta cuestión. ¿Es razonable preocuparse por la existencia de Dios? ¿No será más sabio y más práctico olvidar de una vez estas preocupaciones? Pero ¿pueden librarse de ellas los seres humanos? Acaso por vez primera en la historia de la humanidad la gente se está acostumbrando a prescindir de Dios en su vida. En nuestros ambientes, que han sido claramente religiosos y cristianos hasta hace pocos años, cada vez se cuenta menos con la existencia y presencia de Dios en la vida cotidiana.

 

Sin embargo, la relación personal con Dios nace de lo más profundo del ser humano y forma parte de nuestra existencia, de tal manera que el hombre no puede desentenderse nunca de la presencia de Dios, ni puede tampoco descubrir la verdad de la humanidad ni vivir adecuadamente sin mantener una relación justa y correcta con este Dios misterioso al que, afortunadamente, estamos vinculados sin poderlo remediar. (cf. Fernando Sebastián Aguilar, La fe que nos salva. Salamanca 2012, pp. 17-18).

 

Para nosotros la relación personal con Dios se realiza en forma cercana, visible y encarnada en Jesucristo, por obra del Espíritu Santo en la mediación de la Iglesia. Y esta relación transforma nuestra vida y la hace feliz y luminosa, a la vez que la llama a participar de la misión de la Iglesia en medio del mundo.

 

Para ello es preciso que cada uno procuremos alcanzar la madurez de la fe con la experiencia de los bienes del Reino de Dios, que nos capacite para dar testimonio razonable, entre otras cosas, de la alegría de la fe y de su gozosa celebración en la liturgia y los sacramentos de la Iglesia; de la libertad de la vida nueva en el Espíritu; de la belleza fascinante de un corazón limpio y casto, semejante al de Jesús; de la verdad de la Palabra de Jesucristo, luz del mundo, interiorizada en la meditación personal; de la fuerza transformadora del amor a Dios y a los hermanos como Jesús los ha amado, hasta el extremo de dar la vida por ellos; de la grandeza del servicio humilde y abnegado, siguiendo los pasos de quien no ha venido para ser servido, sino para servir; de la dicha de amar y elegir libremente la pobreza, para liberarse de la idolatría del dinero y ser capaz de luchar por la implantación de la justicia de Dios en el mundo; de la satisfacción de defender la dignidad de la vida humana en todas las fases de su desarrollo y de promover los derechos de los más pobres del mundo y de las víctimas de la crisis. Ellos se encuentran entre los destinatarios preferentes del Evangelio del Reino y del amor de Dios.

 

En fin, la fe nos inquieta de forma permanente y nos mueve a pedir que el Espíritu Santo nos ponga en sintonía con Jesús para pasar por la vida haciendo el bien y buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia, dejando en las manos amorosas de Dios Padre todos nuestros proyectos, afanes, desvelos e inquietudes. Y todo y siempre en la alegría de la comunión con Dios y del seguimiento fiel de Jesús, también cuando es preciso compartir sus padecimientos, con la firme esperanza de llegar a tener parte en su gloria y de heredar el reino eterno, preparado por Dios para quienes le aman.

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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