Sonámbulos por Fructuoso Mangas, Sacerdote Diocesano

Un profesor de Historia tituló así hace años un famoso libro sobre la situación social y política de los primeros años del siglo XX para explicar el sinsentido de una guerra que nadie quería y que llegaría a ser la Primera Guerra Mundial. Nadie la quería, todos seguían a lo suyo mirando para otro lado y acabó siendo inevitable. Pues algo así. Muchos analistas han recordado aquella obra dadas las semejanzas de la situación actual con la que se vivía en los años que precedieron al disparo en Sarajevo.

Una economía dislocada y alocada, con China subiendo porque sí y hundiéndose como en una montaña rusa (¡qué ironía!), amenazando con arrastrar al mismo abismo a toda economía que se pusiera por delante (puse en primera redacción ponga y lo corregí a la vista de las fuertes medidas que la misma China ha tomado, pero puede volver mañana) y mientras tanto los organismos económicos mundiales y los demás poderes con capacidad de intervención bailando el agua, simulando normalidad y disimulando la quiebra del sistema como sonámbulos.

Un mercado laboral cada vez más duro y más escaso de ofertas; la feria se acaba y quedan por ahí los restos del botellón y cuatro papeles de colorines que se salvaron del fin de la verbena. Los más avispados y los mejor preparados ganan puntos en un día de grandes pérdidas. No son pocos y lo tienen todo. Mientras tanto los encargados públicamente de poner igualdad, de imponer justicia, de deponer mentira y corrupción, de reponer deudas y daños y tantas cosas más que no hacen… se dedican a lo suyo como sonámbulos inconscientes. El poder distrae tanto que no deja ver. Y no es sólo cuestión de que la economía suba un 3% y de que el paro baje un 1%. Es otra cosa pero el sonámbulo no quiere verla.

Millones de personas sin tierra ni pan, huyendo a muerte, por tierra, mar y túnel, con guerras cruzadas en trenza mortal desde Mali hasta Pakistán pasando por Yemen o Siria creando millones de refugiados en campos, mares y fronteras. Y mientras tanto los señores de la tierra, de oriente y de occidente, expresan su tristeza y hasta su indignación pero mirando a sus partidos y a sus votos y a sus yoquéséqués, respiran hondo, extienden los brazos hacia adelante como sonámbulos entontecidos y vuelven a lo suyo. Dan unos millones, ponen barcos de vigilancia, amplían los espacios de clasificación, elevan las vallas, echan la culpa a las mafias, olvidan que la inmensa mayoría de refugiados ni siquiera llega a Europa y cien mil cosas más. Sonámbulos fingidos.

Una llamarada brutal y cargada de odio y de muerte se extiende implacable y brutal amenazando y asesinando valores, ideas, señales de identidad, vidas, libertades y creencias a la puerta casi de la vieja Europa, de la santa Rusia y no tan lejos del lejano oeste que es Norteamérica. Pero todos se remueven, agitan una mano o las dos y lamentan lo sucedido y hasta lo que está por suceder, envían una docena de drones con bombas anónimas… Y ahí se quedan, intranquilos, pero se quedan. Padecen sonambulismo impenitente.

El deterioro creciente de valores, la pérdida alarmante de ricas herencias humanas, el abandono provocado y perverso de fidelidades y convicciones, el barrido de toda línea ética y de toda frontera moral… nos han traído hasta aquí, hasta esta miseria humana en la que parece que andamos. Y no es verdad, pero es lo que se ve y se publica; la buena gente, que es la mayoría, ni sale ni cuenta ni tiene voz. Y al mismo tiempo que se desata sobre nuestra sociedad este desatino humano, o mejor inhumano, los encargados de la voz moral, de la propuesta ética, del juicio público se callan o miran para adentro o enjalbegan su propia casa silbando cualquier copla o hablan incansablemente de los peces de colores. Y noche y día dan vueltas con lo mismo como sonámbulos crónicos.

Y por último, aunque podría alargarse la lista de presuntos implicados en el sonambulismo general, estamos los que podemos llamarnos el público medio, que nos damos cuenta de esa deriva del mundo moderno pero que no damos un paso para casi nada tenidos y entretenidos por nuestras cosas; nos acongoja la situación, la de los de muy cerca y la de los de muy lejos, y la padecemos con cierta intensidad ante la página del periódico o entre cualquier telediario pero al cuarto de hora el sentimiento que parecía profundo y convencido queda barrido por las fruslerías diarias que se nos echan encima o por cualquier partidillo de la Liga; nos revolvemos contra las situaciones que provocan dolor, hambre emigración y muerte y nos indignamos contra aquellos que las provocan y también contra los que desde el poder deberían intervenir y apenas si se lo toman en serio, pero lo consentimos, les volvemos a votar y nos acabamos acostumbrando. Quizás no andamos sonámbulos pero sí adormecidos en una cómoda somnolencia culpable.

Y así andamos, o mejor y así andamos dormidos como sonámbulos. Y mientras tanto las graves heridas del mundo – violencia y guerra, desigualdades injustas, la prepotencia de los violentos, el hundimiento de países enteros, hambre y huida, la incontable multitud de desplazados, olvido y miseria de los pobres, el encrespamiento de sociedades y fronteras, la crisis de valores y el abandono de fidelidades, la feria de vanidades, la insoportable levedad de lo que parecemos ser, la incapacidad para cualquier trascendencia, la falta de memoria y el exceso de individualismo, etc.- siguen y duelen y alcanzan una gravedad peligrosa. Ah, y espero que no pasará lo del 14; estoy seguro de que la mecánica política encontrará las salidas que entonces, hace un siglo, por puro sonambulismo no quisieron encontrar. Pero, ¿y si no?

 

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