Una mujer trabajadora: Santa Bonifacia

La mujer trabajadora alcanzó notable preeminencia durante el s.XIX, se la observa, se la describe y se le presta una atención especial sin precedentes. La mujer trabajadora, tal y como se entiende hoy, fue un producto de la Revolución Industrial, que se convirtió en una figura problemática, considerándola como el extremo de las tendencias destructivas del capitalismo o de la prueba de sus potencialidades progresistas, que reivindicaban un trabajo remunerado, un salario digno, no mal pagado como “trabajo de mujer”.

 

Comenzaba en Europa en el s XIX –Inglaterra y Francia- y en EE UU los movimientos feministas que reclamaban derechos sociales e incluso políticos. En España apenas tuvo significación, por mantenerse en un periodo preindustrial, excepción de Cataluña En las zonas centropeninsulares no había indicios de que la mujer tuviera conciencia y menos protagonismo en el ámbito del trabajo.

 

En este ambiente donde las jóvenes de clase social baja “no tenían nada que hacer y se perdían”, una mujer de Salamanca, Santa Bonifacia (1837-1905), se nos presenta como una trabajadora durante toda su vida, una cordonera, desde su adolescencia hasta su muerte en Zamora, el ser la fundadora de una congregación religiosa, las Siervas de San José no la desclasó. Se destaca por su pequeña y profunda audacia, la de montar, un desierto de desempleo femenino, un taller mecanizado, llamado Taller de Nazaret” y acoger en él a jóvenes y mujeres sin empleo, enseñarles un oficio para que por si mismas pudieran ganarse el sustento.

 

Vemos a Bonifacia, a finales del s XIX en una fotografía de 1882 sentada detrás de una máquina trabajando, es una máquina, en su tiempo moderna, traída del extranjero, como no había en Salamanca, que hacía su trabajo a gran velocidad. Como en otros documentos gráficos de la época, donde la mujer trabajadora en las fábricas o talleres estaba vigilada por un capataz, ella no tenía nadie que la vigilara. A su espalda estaba la imagen de la Sagrada Familia, modelo de convivencia y de trabajo. Como Jesús, María y José, ella y sus compañeras ganarían el “pan con el sudor de su rostro”, realizando el trabajo bien hecho con toda perfección, “como para alabar a Dios”. El Señor hacía que no faltaran encargos en el taller. Solamente le urgía en su trabajo, de once horas diarias, el servicio a las pobres, su promoción por medio de un oficio y su evangelización, enseñándoles que para ser santos no había que hacer grandes cosas, sino vivir el trabajo de cara a Dios y al servicio de los demás, poniendo los ojos en Jesús Trabajador en Nazaret.

 

Santa Bonifacia consideraba el trabajo como fuente de alegría y felicidad, un trabajo hecho con perfección, solidario, sin afán de riqueza y, lejos de toda codicia. Apoyó el trabajo de la mujer fuera de casa o como pequeñas emprendedoras. Las Crónicas nos dicen que “en lo que más se distinguió fue en el cuidado y buena educación de las jóvenes, les enseñaba a leer, escribir, el catecismo y un oficio para que sirviendo o en el taller ganaran el pan con el sudor de su rostro”.

 

En un tiempo de desempleo sería necesario buscar fórmulas de empleo femenino, para ello nos podemos encomendar a Santa Bonifacia, una trabajadora imitadora de Jesús Trabajador.

 

Adela de Cáceres Sevilla, ssj

Salamanca 3 de marzo de 2013

 

 

 

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