¡Alegraos, no temáis!

“Alegraos”, “no temáis”, son las primeras palabras que Jesús resucitado dirige a las mujeres que fueron a ver su sepulcro (Mt 28, 9-10). A los apóstoles, en cambio, les dirige el saludo: “Paz a vosotros” (Lc 24, 36; Jn 20, 19. 26). Así pues, la alegría y la paz son los sentimientos que surgen en el encuentro con el resucitado y se convierten en rasgos propios de la vida que nace de la participación en la muerte y resurrección de Jesucristo por el bautismo.

 

La alegría y la paz de la pascua son frutos de la experiencia de la salvación, es decir, de la experiencia del perdón de los pecados y del comienzo de una vida nueva en la libertad del Espíritu. La paz interior es fruto de la reconciliación con Dios y consigo mismo y constituye el fundamento necesario de la verdadera alegría. La falta de estas experiencias representa un grave obstáculo para llegar a vivir la alegría y la paz de la vida cristiana.

 

Para comprender bien lo que significa la alegría en la vida cristiana, es necesario también pensar sobre la experiencia humana de la alegría, que es universal y propia de toda persona. Aunque no logremos definirla adecuadamente, todos tenemos una experiencia de la alegría. Es como una sensación de plenitud en la que la vida aparece en su aspecto positivo, como llena de sentido y merecedora de ser vivida. La alegría suele venir determinada por la experiencia de estar satisfechos y ver el futuro con esperanza.

 

La alegría tiene relación con el tiempo y las circunstancias de la vida. Actualmente, la alegría de muchas personas y familias encuentra un firme obstáculo en la falta de trabajo y de los medios que reclama la dignidad de la vida. Sin embargo, en sentido positivo, la alegría está especialmente unida a la experiencia positiva de la relación y del encuentro con los demás, que expresamos en las diversas formas de saludo Puede existir una alegría de la espera de la llegada de una persona querida (la espera de un nacimiento, por ejemplo), una alegría por una presencia, y una alegría en el recuerdo de la alegría vivida en el pasado. Esto resulta particularmente evidente en la fiesta, que es la alegría de estar juntos. ¿Cuándo comienza y cuándo termina la fiesta? No resulta fácil responder, pues la fiesta existe ya en la alegría de quien la espera y la prepara, y existe asimismo en la alegría de quien la recuerda. En definitiva, podemos decir que la alegría es una experiencia que implica la totalidad de la existencia humana y se manifiesta con más intensidad en los momentos del amor, de la amistad, de la convivencia en armonía, de la comida en común y de la fiesta.

 

No es difícil ver cómo estas dimensiones humanas de la alegría son asumidas en la fe en Cristo y en la eucaristía. Todo el Evangelio se desarrolla entre el anuncio de la gran alegría del nacimiento del Salvador en Belén (cf. Lc 2, 10-11) y la alegría que estalló al alba del primer día después del sábado, el día de la resurrección (cf. Mt 28, 8).

 

El cristiano da “gracias al Padre con alegría” (Col 1, 12). La eucaristía es alegría al hacer memoria del acontecimiento pascual vivido en el hoy y esperado en su cumplimiento final, cuando venga el Señor en la gloria. Es alegría expresada particularmente por la comunión que la presencia de Cristo crea entre los creyentes: “Verse juntos los unos con los otros en la eucaristía es fuente de una alegría desbordada”, decía San Jerónimo. Por tanto, esta alegría “en Cristo” es una alegría muy humana, que culmina en el banquete eucarístico, prenda del banquete eterno en el reino de los cielos.

 

La fe en la resurrección y la esperanza de la vida eterna es un fundamento esencial de la alegría cristiana, que se pone de manifiesto sobre todo en la “alegría en las tribulaciones” (cf. 2 Cor 7, 4; Col 1, 24), es decir, como alegría que no decae ni siquiera en las situaciones de sufrimiento y de contradicción. Esto no quiere decir que el cristiano ya no sienta tristeza o dolores que dificultan o impiden sentir la alegría. De hecho, la alegría y la paz son vividas con frecuencia como estados de ánimo no estables sino cambiantes. Según las circunstancias por las que atravesamos, podemos pasar de la alegría y la paz a sus contrarios, la tristeza y el desasosiego. A veces nos sentimos más o menos tristes y angustiados durante un cierto tempo. Y también ocurre que éstos sentimientos lleguen a adueñarse de nuestro interior de modo continuo y nos lleven a la enfermedad del espíritu.

 

En medio de las tribulaciones de este mundo, la alegría cristiana habita en lo profundo del creyente y consiste en su vida escondida con Cristo en Dios. Se trata de la alegría “inefable y radiante” (1 Pe 1, 8-9) de quien ama a Cristo y vive ya con Él en el secreto de la fe. Es la alegría que nadie puede quitar, porque nadie puede impedir al cristiano amar al Señor y a los hermanos incluso en las situaciones extremas: ahí están los mártires y los santos para recordarnos que la alegría es fruto de la fe que obra por el amor. Es la alegría de quien asume la limitación temporal de la vida y hace de su inevitable descenso a la muerte un camino lleno de esperanza hacia el encuentro con el Padre, cuyo rostro ha buscado en los días de su existencia. Por esto, la alegría es un mandato apostólico: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: Estad alegres” (Flp 4, 4). El cristiano debe ejercitarse en la alegría, por un lado para derrotar la tristeza de ánimo que siempre le amenaza, y por otro porque no puede privar al mundo del testimonio de la alegría nacida de la fe. Se trata de la alegría de los creyentes, que anuncia al mundo la gloria de Dios como vida plena de los hombres.

 

Cuantos ahora padecen entre nosotros las consecuencias de la falta de trabajo necesitan y deben sentir en la familia, en los amigos y en la solidaridad de toda la sociedad la cercanía afectiva y la ayuda generosa, material y espiritual, que les permita seguir manteniendo la alegría en la tribulación. Y cuántos tenemos más posibilidades estamos obligados a compartir los bienes, con la seguridad de experimentar así que la caridad es fuente de la mayor alegría.

 

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca.

 

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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