Algunas claves de Misericordiae vultus desde el Nuevo Testamento (I). Rafa Blanco, Sacerdote Diocesano

1. Rico en misericordia

 

Juan Pablo II escribe su encíclica sobre Dios Padre, en el marco de su trilogía trinitaria (con Redemptor hominis y Dominum et Vivificantem) y la titula Dives in misericordia, rico en misericordia (Ef 2,4). También Francisco en su bula del jubileo extraordinario de la misericordia ha citado al comenzar esa misma frase. «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo – estáis salvados por pura gracia-…» (Ef 2,4-5). Sin duda le pareció a Juan Pablo II y a Francisco que la abundancia de la misericordia es la característica más propia y específica de Dios Padre, la que mejor explica la definición de Dios como amor (cf. 1Jn 4,8.16). El corazón de Dios nos revela el sentido de su misericordia: en lo más profundo de su corazón encuentran su lugar la compasión, la bondad, la disponibilidad al perdón. No son actitudes superficiales, sino que nacen de lo más profundo de su ser, de su ser “amor”. «El gran amor con que nos amó». La reduplicación de sabor hebreo de este texto expresa la profundidad del amor de Dios hacia nosotros. Dios no solo ama, no solo muestra, no solo tiene o practica el amor: lo es.

 

En el Nuevo Testamento se ha podido llegar a esta constatación a partir del amor que el Padre nos ha mostrado en Jesús: «él nos amó primero» (1 Jn 4,19). La acción de Dios en nuestro favor, el “Dios con nosotros”, nos revela el misterio de Dios en sí mismo. Nos ama porque es amor. Y este amor, derramado sobre nosotros, toma la forma de la misericordia. Es total, sin reservas. Nos lo muestra al enviarnos a su Hijo, que también se manifiesta dándose a nosotros en virtud del Espíritu Santo (cf. Heb 9,14). «Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir en Cristo». La misericordia de Dios se ha convertido en uno de sus grandes atributos: estábamos muertos a causa de nuestros pecados. El amor misericordioso de Dios se ejercita con los pecadores, con aquellos que a causa de la desobediencia se han alejado de la amistad con Dios que él nos ofrece desde el inicio de la creación. Toda la humanidad está bajo el signo de Adán, al mismo tiempo el primer hombre y el primer pecador: «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rom 3,23). «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron» (Rom 5,12). La misericordia divina sale al encuentro de una humanidad pecadora a la que Dios ofrece su perdón y su gracia. Así somos liberados del pecado y de la muerte. «Nos ha hecho revivir con Cristo». La misericordia divina tiene como efecto en nosotros darnos vida. El pecador, privado de la vida de Dios, está muerto. El pecado lleva a la muerte, tanto temporal como eterna. Cristo, con su obediencia, nos ha abierto el camino de la justificación: «Como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rom 5,19). La misericordia divina nos ha dado la vida, nos ha hecho revivir, porque nos ha restituido la vida de Dios. Esta vida será plena en la resurrección, pero tenemos ya las primicias porque en el bautismo hemos muerto ya con Cristo al pecado y «vivimos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,11). La misericordia de Dios tiene en nosotros este efecto.

 

El amor misericordioso no se da solamente al que no lo merece, sino a quien, a causa del pecado, se había hecho indigno de él. Es aquí donde se manifiesta la intensidad del don del amor divino. Dice Pablo: «Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los pecadores; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8). Jesús murió por los pecadores; esta es la manifestación máxima del amor del Padre y de Jesús. El amor de Dios nos muestra su profundidad en cuanto es misericordioso. Eliminar este aspecto de misericordia y de reconciliación de la obra salvífica de Cristo no es posible. Sin la abundancia de nuestro pecado no podemos pensar en la “sobreabundancia” de su gracia misericordiosa (Rom 5,20).

 

 

2. Padre de la misericordia

 

Dios, entre otros títulos, es llamado «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Cor 1,3). De Dios Padre viene todo, Él es la fuente y el origen de la divinidad, principio último del Hijo y del Espíritu Santo. En su amor de fuente tiene su origen la Trinidad, de su amor paterno que abraza todo su ser y que se comunica enteramente viene la plena divinidad del Hijo y del Espíritu. Frente a la tentación, siempre amenazadora, de considerar al Hijo y al Espíritu Santo como “dioses de segunda clase”, el argumento de los Padres de la Iglesia fue que Dios Padre no es padre a medias y que no ama a medias. Es todo amor. Ama enteramente, y por ello comunica todo lo que es y tiene. Comunica enteramente su divinidad al Hijo y con este al Espíritu Santo. La revelación de Dios como Padre de Jesús y Padre nuestro es uno de los puntos más centrales del Nuevo Testamento. El que desde toda la eternidad es el Padre de su Hijo unigénito ha querido hacerlo primogénito de muchos hermanos enviándolo al mundo no para condenar al mundo sino para que este se salve por él. El que ve a Jesús ve al Padre, Jesús nos ha dado a conocer a Dios que nadie ha visto (cf. Jn 14,9; 1,18) precisamente en su paternidad.

Esta revelación ha tenido una historia. El amor de Dios manifestado en Cristo como “paterno” ha estado ya presente en la fe del pueblo de Israel, aunque sin la connotación explícita que recibirá en la Nueva Alianza. La misericordia divina es afirmada constantemente en el A Testamento (Ex 34,6-7; Sal 136; Sal 138,8; Os 2,4.16-17.21-22; Is 66,12-13; Sal 103,3-4; Sal 51,3-4; Sal 146,7-9). Como resumen podemos citar el Sal 145,8s, que muestra cómo la ternura del Señor envuelve toda la creación: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas».

En Misericordiae Vultus Francisco se ha referido a la misericordia como «una realidad concreta con la que Dios revela su amor como el de un padre o una madre que se conmueven desde lo profundo de las entrañas por su hijo» (MV 6). Decía ya Juan Pablo II: «en la predicación de los profetas la misericordia significa una especial potencia del amor que prevalece sobre el pecado y sobre la infidelidad del pueblo» (DM 4). Israel, el pueblo elegido, infiel y siempre perdonado por Dios, es su “hijo primogénito” (Éx 4,22). He ahí la revelación de la paternidad divina que culminará en el Nuevo Testamento.

 

Artículos

Esta página ha sido actualizada el  21/03/2017

Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán