Navidad 2011, entre el laicismo y la crisis

Los resultados de una encuesta realizada en los Estados Unidos nos invitan a preguntarnos también en España cuántas personas siguen teniendo una idea clara y exacta de lo que es la fiesta cristiana de la Navidad. En ausencia de datos y, por si acaso, bien está comenzar recordando el sentido original de esta entrañable fiesta cristiana y social.

 

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús: el hombre perfecto hijo de María y el Hijo único de Dios, que viene como Mesías a salvar a los hombres de todos sus pecados.

 

El evangelista Juan nos ha dejado el más precioso testimonio sobre el significado del nacimiento de Jesús: “Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados... Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 8-10. 16).

 

La Iglesia ha expresado su fe en el significado salvador del nacimiento de Jesús al orar a Dios en la liturgia de la Navidad: “Haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la suya de modo admirable”. “Concédenos compartir la vida de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”.

 

La Navidad es la fiesta de la comunión definitiva de amor entre Dios y el hombre. Es la fiesta del amor de Dios a cada hombre o mujer concretos, a los que revela en su Hijo Jesús la verdad del ser hombre y el camino para hacerla realidad en plenitud, y a los que ofrece el don del amor como forma de participar en la vida misma del Dios que es amor. Y, como consecuencia, la Navidad es la fiesta del amor de cada persona a Dios y a todos los hombres, a los que debe reconocer como hermanos también cuando no halle correspondencia en esa aceptación fraternal. Tal amor solo es posible como regalo de Dios a todos los que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. No se comienza a amar como cristiano por una decisión ética o por una mera idea, sino por el encuentro con la Persona de Jesús, que da una orientación nueva a la vida.

 

La Navidad nos ofrece una comprensión del misterio del hombre a la luz del misterio de Dios revelado en el nacimiento de su Hijo Jesús. Frente a esta visión cristiana, el laicismo es la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales. La referencia a Dios es considerada por el laicismo como una deficiencia de madurez intelectual y de pleno ejercicio de la libertad: si Dios existe, el hombre no es libre; el hombre libre no puede reconocer la existencia de Dios. Esta negación de Dios es el problema radical de nuestra cultura, que provoca profundas alteraciones en la configuración de la vida de las personas, de la institución familiar y de la convivencia social.

 

Ante este desafío, los católicos tenemos la misión de ofrecer a nuestros hermanos el gran “si” que en Jesucristo Dios dice al hombre y a su vida, al amor humano, a la libertad y a la inteligencia. El misterio de la Navidad nos revela que es Dios quien nos enseña lo que es amar y nos hace capaces de amar como somos amados por Él. Adorar a un Dios que se nos ha revelado como amor nos obliga a reconocer el amor como sustancia de la realidad humana y como norma de nuestra libertad.

 

Amar como Jesús nos ha amado es la forma más atractiva y eficaz de ser testigos de la verdad y de la bondad de Dios para nuestro mundo. El camino del amor es una puerta abierta al “patio de los gentiles”: un espacio en el que podemos encontrarnos juntos cristianos y no creyentes en la búsqueda sincera de Dios. En este espacio común podemos reconocer progresivamente que lo que es contrario al amor verdadero, manifestado en Cristo, es contrario también al bien del hombre. En la ausencia de amor entre las personas hunden también sus raíces las estructuras de pecado, que lastran la vida política, social y económica de los pueblos, y tanta injusticia y sufrimiento causan en nuestros días a quienes no tienen trabajo ni apenas posibilidad de conseguirlo, a los que se ven obligados a emigrar, a las jóvenes explotadas en la prostitución, a quienes nacen y crecen en familias desestructuradas, a las mujeres que padecen la violencia doméstica y a todos nuestros hermanos más pobres que no tienen casa ni familia donde hallar cobijo.

 

En el tiempo de Navidad, la Iglesia debe mostrar más claramente su verdadera identidad y ayudar a nuestros hermanos a descubrir el rostro verdadero de Dios. Por ello, todos los fieles hemos de celebrar la fiesta del Nacimiento del Salvador viviendo intensamente la caridad. Si vemos a los demás con los ojos de Cristo, podremos darles mucho más que la ayuda de cosas materiales: podremos ofrecerles la mirada de amor que toda persona necesita.

 

A todos os deseo la gracia de celebrar y compartir el don del amor de Dios, para que nuestra Navidad sea feliz y nos disponga a afrontar con generosa solidaridad la vida más sobria que nos reclaman las actuales circunstancias económicas. Vivido en la fe y el amor, el difícil Año 2012 que se nos anuncia, puede ser paradójicamente un tiempo de bendición y de gracia de Dios.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán