El Mensaje espiritual de Santa Bonifacia

En el día de la canonización de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro, “COMUNIDAD” ofrece a sus lectores un testimonio original de la santa salmantina sobre el ideal espiritual que inspiró su vida y su obra de fundadora de las Siervas de San José. Se encuentra en una exhortación dirigida a las hermanas de la Congregación el día de Jueves Santo, probablemente del año 1876. Este es el texto:

 

“Amadísimas Hermanas mías: en estos días en que recordamos la muerte de nuestro amabilísimo Jesús, seríamos indignas de llamarnos religiosas si no pensáramos en padecer por Él para mejor asegurar nuestra salvación.

 

Es imposible salvarse sin padecer, y nosotras estamos más obligadas, porque, si nosotras no seguimos las huellas de Jesús, ¿quién irá tras de Él? El mundo ya veis cómo le trata con tantos pecados y tantos desprecios como le hace. Anda buscando Jesús quien padezca con Él, quien le ame, quien le siga, y a nosotras nos ha llamado para eso, dándonos nuestra vocación que vale más que todos los bienes y todos los placeres del mundo. Por esto, mis amadas Hermanas, tenemos que ser muy sufridas y muy resignadas, sufriéndonos unas a otras nuestras miserias y faltas con grandísima paciencia, porque, si nosotras no sufrimos siendo todas miserables, ¿cómo queremos que nos sufra Jesús que es todo santidad?

 

Dos uniones tenemos que conservar si hemos de ser felices aquí y ganar el cielo: una unión con Dios por medio del recogimiento, de la oración y del amor al sacrificio y otra unión entre nosotras mismas por medio de la caridad, amándonos todas por igualdad, pues iguales somos delante de Dios.

 

Para estar unidas con Dios no hay mejor cosa que andar siempre en su presencia, sobre todo desde ahora que le tenemos presente real y verdaderamente en nuestra casa, que debemos convertir en cielo por nuestras virtudes, si es que le hemos de tener contento.

 

Ahora podemos decir con toda verdad: Dios está delante de mí y yo delante de Él, me está viendo, me está animando. ¡Ah!, si nunca se apartase de nosotras esa idea ¿con qué fervor haríamos todas las cosas?, ¿cómo aprovecharíamos todos los instantes que nos concede su bondad? ¿Cómo aspiraríamos a agradar en todo a nuestro amante Jesús?

 

Hermanas mías, cuando la tristeza o la tibieza nos persigan digamos: mi Dios está delante de mí. Cuando la tentación nos dé guerra digamos: el Señor presencia este combate y me ayuda y me fortalece. Cuando tengamos que sufrir un desprecio u otra cualquier pena digamos: el Señor se complace en mi sacrificio, y a todas horas digamos: aquí está Jesús como padre para amarme, como redentor para salvarme, como comida celestial para alimentarme; pero también está como juez para castigarme, si no soy como Él me manda que sea.

 

Ya sabéis que el demonio se ufana más perdiendo a una religiosa que a muchas almas en el mundo, porque goza más quitándole a Dios lo que Dios ha traído hacia sí con tanto amor. Y como a nosotras no nos puede tentar con las riquezas, porque para nada las queremos; ni con los placeres de los sentidos, porque en este encierro no pueden entrar apenas esas tentaciones; ni con el lujo ni la vanidad, porque no queremos más vestido que el que nos ha servir de mortaja, nos tienta por la propia voluntad y ¡cuántas veces caeremos en ella! El tener voluntad propia en la religión es quitarle a Dios lo que le dimos en nuestra profesión, y el alma de una religiosa que quiera guiarse por su propia voluntad no necesita para perderse que la tiente el demonio, porque ella misma es el mismo demonio que se tienta a sí misma. Al contrario, cuando obramos por obediencia, hacemos obras dignas de su amor, de su aplauso y de su premio, porque le sacrificamos todo lo que somos, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros afectos, y esto lo quiere mejor que le sacrificio de nuestro cuerpo y hasta de nuestra vida.

 

Os quiero decir con santa franqueza que huyáis de una peste mortal para las almas y es el deseo de ser apreciadas y mimadas. Este cuidado no lo tengáis nunca, pues lo tiene Dios por vosotras. Estudiad sólo ser buenas, que ya os amaréis y os amarán sin procurarlo vosotras. ¿Qué mimos tuvo Jesús?, los desprecios. ¿Qué alabanzas le hacían?, los insultos y las persecuciones. ¿Y queréis vosotras lo que no quiso Jesús?

 

Si veis que a alguna se le guarda alguna consideración especial, en vez de sentirlo, alegraos santamente, calculando o que lo merece por más virtuosa o que lo necesita por más tentada. Nunca desconfiéis de vuestros superiores y, si veis que se equivocan, decidles en secreto vuestra sospecha, porque así, si se han equivocado o faltado, se enmendarán y si han obrado bien os tranquilizarán.

 

Tened también en cuenta que debéis atender más al carácter de vuestras Hermanas que cada una al vuestro, más debéis respetar los gustos de las otras que cada una el vuestro, pues debemos ser todas para todas, siguiendo a Jesús, que olvida su condición y su rango de Dios y se hizo pequeño como los hombres, porque vino a servirlos y no a ser servido por ellos.

 

Olvidemos, por fin, amadas Hermanas, las ofensas que unas a otras nos hayamos hecho y no andemos miserables al perdonarnos, porque como nos ha de medir Dios con la misma medida que midiéremos a nuestros prójimos, nos exponemos a que no nos perdone tan completamente como necesitamos.

 

Yo, por mi parte, os pido ese perdón, no sólo por las faltas que haya cometido, sino también os lo pido anticipadamente por las que después por mi debilidad e ignorancia cometiere. Al mismo tiempo os advierto que, si he de ser buena Madre, he de consistir en vosotras y en vuestras oraciones, que, si me ayudáis con ellas, Dios me guiará y me aconsejará. Él nos proteja a todas con su divina gracia. Amén.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán