Semana Santa

La salvación de los hombres por la muerte y resurrección de Cristo es celebrada cada domingo, llamado por ello “día del Señor”. Y una vez al año, en la Semana Santa, celebramos de forma solemne cada uno de los misterios de su pasión, muerte y resurrección, que comenzaron con la entrada del Señor en Jerusalén. La Semana Santa comienza con el llamado Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

En los días de la Semana Santa se inician varios actos de culto procesional, que llenan nuestras calles con las escenas de la Pasión del Señor, y se celebra la Misa Crismal, en la que el Obispo, en unión con los sacerdotes de toda la Diócesis, bendice el óleo para la unción de los catecúmenos, el óleo para la unción sacramental de los enfermos, y consagra el Santo Crisma, para la unción de quienes han sido lavados con el agua del bautismo, y para ungir a quienes reciben el sacramento de la confirmación y el sacramento del orden sacerdotal, así como para la consagración de los altares. En la misma celebración, los sacerdotes renuevan las promesas realizadas el día de su ordenación.

En la Semana Santa ocupa el lugar central el Triduo Pascual, que es el punto culminante del año litúrgico. Según las normas sobre el año litúrgico “el Triduo Pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor, tiene su centro en la Vigilia Pascual y acaba con las Vísperas del domingo de Resurrección” (19).

A la celebración de la gran solemnidad de la Pascua nos preparamos durante la Cuaresma, que comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves santo antes de la Misa de la Cena del Señor. Esta preparación tiene su expresión en obras de penitencia y caridad, y en una meditación más intensa de la Palabra de Dios. Y con esta misma disposición espiritual iniciamos la Semana Santa.

La caridad halla su mayor urgencia en el mandamiento nuevo del amor fraterno “como yo os he amado”, que acompaña el jueves santo a la institución de la Eucaristía y al mandato de celebrarla “en memoria mía”. De la Eucaristía, sacramento del amor de Jesús a nosotros hasta el extremo, nace el amor y el servicio fraterno; y el jueves santo es el día originario de la caridad, que hacemos realidad al presentar en la procesión de las ofrendas los donativos para los pobres, especialmente los que se han podido reunir como fruto de la penitencia cuaresmal. Es el momento para tener presente a tantos miles de familias que pasan extrema necesidad por la falta de trabajo. Esta dimensión caritativa de la Eucaristía se resalta de nuevo de forma especial en la fiesta del Corpus Christi, con el día y la colecta institucional de la caridad a través de Cáritas diocesana.

La actitud penitencial se concreta el día de Viernes Santo en la observancia del ayuno y la abstinencia, para unirnos al sacrificio redentor de Jesucristo en la cruz, y tiene su término en la alegría pascual de la Resurrección. La caridad y la oración son disposiciones espirituales permanentes en la vida cristiana y están presentes en todos los tiempos del año litúrgico.

La Semana Santa es para los cristianos una llamada a la interiorización personal de la fe en el amor de Dios, que ha amado tanto al mundo, que le ha entregado como salvador a su Hijo único. Bajo esta clave del amor de Dios hemos de ir meditando y celebrando todos los misterios salvadores de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

El Hijo único de Dios por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, y se hizo hombre.

El Hijo, de condición divina, se ha despojado de sí mismo, ha tomado la condición de esclavo y se ha hecho semejante a los hombres (cf Filp 2, 6-7). La Palabra eterna de Dios se ha hecho tan pequeña cómo para estar hecha niño en un pesebre, a nuestro alcance. Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret. Él, como hombre perfecto, realiza la voluntad del Padre en cada momento; él conoce al Padre y nos cuenta las cosas del Padre; escucha su voz y la obedece con todo su ser; es fiel a la misión recibida del Padre hasta la muerte.

Jesús lleva a consumación su misión en el misterio pascual: se ha “hecho obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz” (Filp 2, 8). El Verbo enmudece en la cruz; se hace silencio mortal, porque se ha dicho hasta quedar sin palabras, al haber hablado todo lo que tenía que comunicar, sin guardarse nada para sí. Aquí se nos ha comunicado el “amor más grande”, el que da la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13). “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre; de modo que...toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filp 2, 9-11).

En el gran misterio de la cruz se encuentran el amor del Padre y el amor de Jesús en una Alianza Nueva y Eterna: la libertad de Dios y la libertad del hombre se unen para siempre en un pacto indisoluble. Así lo había anunciado Jesús en la última cena: en la institución de la Eucaristía había hablado de su sangre de la “Nueva y Eterna Alianza”, derramada para el perdón de los pecados (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20).

El silencio mortal del Hijo de Dios en la cruz se transforma en Palabra de verdad y de vida en la resurrección. Cristo, Palabra de Dios encarnada, crucificada y resucitada, es Señor de todas las cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y ha recapitulado en sí para siempre todas las cosas (cf. Ef 1,10). Cristo, por tanto, es de forma definitiva y plena “la luz del mundo” (Jn 8,12), que “brilla en la tiniebla” (Jn 1,5). Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz. Hemos sido fortalecidos con el poder y la gloria del resucitado “para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.” (Col 1, 11-14).

El Nuevo Testamento nos presenta el misterio pascual de Cristo como el más exacto cumplimiento de las Sagradas Escrituras. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, afirma que Jesucristo murió por nuestros pecados “según las Escrituras” (15,3), y que resucitó al tercer día “según las Escrituras” (15,4). Con esto, el Apóstol pone el acontecimiento de la muerte y resurrección del Señor en relación con la historia de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo y hace entender que esta historia alcanza su meta y consumación en la Pascua de Cristo.

Así es presentada en los Evangelios toda la pasión de Jesús desde el momento de su entrada en Jerusalén, aclamado como Rey mesiánico que viene a restablecer el antiguo reino de David. A Jesús se aplica la profecía de Zacarías, que nos ayuda a comprender el sentido del Domingo de Ramos: “Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila” (Mt 21,5; Zac 9,9; Jn 12, 15). En cada uno de los detalles del relato está presente el tema de la realeza y de las promesas de Dios. Jesús reivindica un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. Su exigencia se funda en la obediencia a los mandatos del Padre. Al mismo tiempo, la referencia a Zacarías 9,9 excluye la interpretación revolucionaria, que los “zelotes” hacían de la realeza: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador. El reino que anuncia y reivindica Jesús no es de este mundo. Es el reino de la verdad: del reconocimiento de Dios como verdadera liberación del hombre. Para dar testimonio definitivo de este reino asciende Jesús al monte de la crucifixión, que es el monte del amor hasta el extremo, el verdadero monte de Dios.

Con estos sencillos trazos os invito a entrar en la contemplación serena y gozosa de los misterios de la Semana Santa. Y os recomiendo para ello la lectura del libro de Benedicto XVI sobre “Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán