El Evangelio de la Vida y del Trabajo

En la fiesta de la Anunciación hemos hecho memoria del misterio de la Encarnación y hemos celebrado la Jornada de Defensa de la Vida, cuyo profundo significado se esclarece a la luz de Jesucristo, la Palabra hecha carne. Y está ya cercana la fiesta de San José Obrero, versión cristiana de la Jornada del Trabajo. Esta cercanía es ocasión propicia para recordar ya que el día 14 de septiembre de 2011 se cumplen treinta años de la publicación de la Encíclica de Juan Pablo II “Laborem exercens”, que ha sido calificada con razón como “Evangelio del Trabajo”.

Porque todas las dimensiones de la existencia humana se iluminan a la luz de la Encarnación de Jesucristo, el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona, el Evangelio de la Vida y del valor incomparable de la persona humana y el Evangelio del Trabajo son un único e indivisible Evangelio. El hombre viviente, histórico y concreto, es el camino primero y fundamental de la Iglesia, pues cada persona humana es confiada a la solicitud materna de la Iglesia, en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne, que se ha unido de alguna manera con cada hombre.

En consecuencia, el Papa Juan Pablo II, al exponer en la Encíclica “Evangelium Vitae” las nuevas amenazas a la vida humana, hace suya una página del Concilio Vaticano II de dramática actualidad, que denunció con fuerza los numerosos atentados contra la vida humana. Este es el texto conciliar, de la Constitución pastoral Gaudium et spes: “Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador” (n. 27).

Es necesario que esta consideración global de la vida y de las amenazas que atentan contra su dignidad, en la totalidad de sus dimensiones, sea integrada de hecho, de forma armónica y equilibrada, en la conciencia moral de los cristianos y en su espiritualidad, de manera que éstas puedan ser reconocidas como expresión auténtica de una vida acorde con el Evangelio. Cuando esta integración de las dimensiones individuales y sociales de la vida humana no se realiza adecuadamente de forma positiva, más allá de la mera observancia de los mínimos imprescindibles, se presentan visiones parciales de la verdad evangélica, que crean tensiones y distancias entre los mismos fieles cristianos, desfiguran la verdad del Evangelio y dificultan el testimonio evangelizador.

La comunidad de los fieles debe sentirse implicada en igual medida cuando es invitada a participar, por ejemplo, en una Semana Diocesana de la Familia y de la Vida, o si se trata de unas Jornadas sobre Doctrina Social de la Iglesia. Y no nos resignamos a pensar que “en igual medida” pueda significar igual desinterés, tanto por una como por otra dimensión de la existencia cristiana. Tanto en uno como en otro aspecto, la formación de la conciencia moral y de la espiritualidad en consonancia con el Evangelio es una tarea urgente e imprescindible en nuestra Diócesis, si queremos en verdad garantizar nuestra identidad cristiana y católica en el futuro inmediato, es decir, en una nueva generación de fieles católicos en Salamanca. Pues tan dramática es la situación en lo que se refiere a la familia como base de la sociedad y santuario de la vida, como en lo relativo a la injusticia en las relaciones de trabajo, que halla su clara expresión en la multitud de personas que no pueden trabajar y, más todavía, en aquellas que no reciben prestación alguna por desempleo. Ambas situaciones desestabilizan a las familias y a la entera sociedad, son formas de ofender la dignidad de las personas y lesionar sus derechos, y no pueden dejarnos indiferentes a quienes, como miembros de la Iglesia, participamos de su solicitud materna por cada persona. Necesitamos, por tanto, una permanente formación, para un mayor compromiso y testimonio de vida, en la moral y espiritualidad personal y en la doctrina y espiritualidad social de la Iglesia.

Pero, ¿cómo podremos hacerlo? Ante las reales dificultades y la extendida desgana para todo lo que sea “un proceso formativo cristiano”, ¿dónde encontraremos la fuerza que nos motive y nos aliente?

La formación integral de la conciencia moral y del ideal espiritual cristiano está en el centro de la renovación a la que nos invita la Iglesia en la Cuaresma y forma parte de la evangelización, según la conocida enseñanza del Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, del año 1975: Se trata de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (n. 19). Esta transformación no se alcanza presentando al mundo valores compartidos; hace falta el anuncio explícito del Evangelio de Cristo. En palabras de la misma Exhortación de Pablo VI: “No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (n. 22).

La vida cristiana se caracteriza esencialmente por el encuentro con Jesucristo que nos llama a seguirlo. La relación con la persona misma de Jesús se hace más intensa a través de la lectura orante de Palabra de Dios, que ha de ser el fundamento de la vida espiritual, pues conocer las Escrituras es conocer a Cristo. Es preciso cuidar un amor mayor a la Escritura por parte de todo el Pueblo de Dios, para que toda la vida de la Iglesia y toda la acción pastoral estén inspiradas y animadas por la Palabra de Dios. El fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia. Poner la Palabra de Dios en el corazón de nuestra vida y testimonio es la pretensión de la invitación cuaresmal a la oración. Aceptemos esta invitación, “para que nuestra alegría sea completa” (1 Jn 1,4).

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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