El cuidado de las vocaciones sacerdotales

El descenso de las vocaciones sacerdotales es causa de gran preocupación, tanto para los pastores como para las comunidades de fieles, y nos lleva a preguntarnos cómo hemos de labrar los corazones de los adolescentes y jóvenes para sembrar en ellos la semilla de la vocación. En este breve escrito sólo es posible señalar algunas orientaciones.

La cultura dominante en Europa presenta a las nuevas generaciones modelos de vida configurados en la mayor medida por el olvido de Dios, la prevalencia de los intereses del individuo y la satisfacción del placer corporal. Los medios de comunicación invaden a diario con estos mensajes todos los espacios de la vida social. La familia se encuentra con serias dificultades para realizar su misión de educar de acuerdo con convicciones religiosas y morales diferentes de la cultura dominante. De esta manera se llena de confusión los corazones de los jóvenes y se debilita enormemente su capacidad de visión religiosa del hombre, de donación de la propia vida y de seguimiento de la vocación cristiana; más todavía se dificulta la acogida de una posible llamada de Jesús a seguirle en cualquier estado de vida eclesial que lleve consigo la obediencia, la pobreza y la castidad. Esta cultura pone trabas al esfuerzo de la Iglesia por liberar las energías latentes en esos corazones y hacerlos capaces de escuchar la llamada del Señor y seguirla con alegría y sin reservas.

Como sabemos muy bien, la escasez de vocaciones sacerdotales es una consecuencia de la debilidad de la pastoral de la iniciación cristiana y de la pastoral juvenil. Tenemos por ello esperanza en que el fortalecimiento de la pastoral con los jóvenes, al que se orienta todo el empeño que estamos poniendo en la organización de la Jornada Mundial de la Juventud, tenga como fruto una renovada pastoral vocacional y alguna cosecha de nuevos seminaristas.

Preparar los corazones de los adolescentes y jóvenes para sembrar en ellos la vocación es facilitar su encuentro real y profundo con Cristo vivo, camino que los lleva a reconocer a Dios y a comprender el misterio de la propia vida. El primer grado de la llamada vocacional es la vida en Cristo, la vocación gozosamente acogida a la vida cristiana como camino de plenitud de la propia existencia humana.

Este proceso vocacional cristiano se inicia con la propuesta del Evangelio para su libre aceptación como verdad que da sentido a la vida en sus concretas circunstancias. Dicho de otra manera, como respuesta a sus anhelos de respeto a la dignidad de la persona y a sus derechos; en particular a su libertad de conciencia y a su búsqueda de sentido de la vida, y al desarrollo de su vida en libertad en todos los aspectos. La iniciación a la lectura y comprensión de la Palabra de Dios y a la meditación orante sobre ella se manifiesta cada día más imprescindible. La lectura y meditación de los Evangelios y las cartas de los apóstoles es el único camino para el conocimiento de Jesucristo y para suscitar la adhesión cordial a su persona y enseñanza. Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo. Por ello, hemos de dar más relevancia a este conocimiento en nuestras catequesis con niños, adolescentes y jóvenes.

Una gran ayuda y motivación para el inicio y continuidad de este proceso la encuentra el adolescente y el joven en el testimonio de vida cristiana dado personalmente por otros de su edad y por el grupo o la comunidad eclesial. Especial relevancia tiene el ejemplo del sacerdote en su vida personal y en su ministerio. En esos testimonios de vida encontrará realizado el ideal, latente al menos en su corazón, de generosidad, de sensibilidad ante las necesidades de los demás, de compartir la amistad en grupo y de encontrar sentido a la vida.

Es muy importante tener en cuenta que el proceso de maduración vocacional está no sólo ayudado desde fuera por el testimonio referido, sino que es conducido desde dentro del corazón por el Espíritu de Cristo, que abre la mirada a un horizonte nuevo con la inteligencia de la fe, que hace nacer la esperanza firme en la propia capacidad de donación y libera del miedo a asumir compromisos para toda la vida. Esta esperanza debe ser educada y ayudada a crecer con realismo, desde el conocimiento de sí mismo: con la adecuada formación y enseñanza de la vida cristiana; con la toma gradual de decisiones vinculantes en la vida moral, según los mandamientos de la ley de Dios y el ejemplo de Jesús; con el cultivo de la oración personal y comunitaria y la práctica de los sacramentos de la Iglesia. La fuerza del Espíritu conduce así la vida del joven cristiano a la gran esperanza, que resiste en medio de las dificultades, porque está fundada en el amor con que Dios nos ha amado y sigue amándonos.

En esta confianza firme en la acción del Espíritu funda la Iglesia su misión de ofrecer esperanza a los más jóvenes mediante un proceso de evangelización que lleve a descubrir el auténtico rostro de Dios, que es amor. De esta experiencia de Dios surge la certeza de que el amor generoso y fiel es posible, produce paz y alegría, une a las personas y las hace sentirse libres en el respeto mutuo. Hemos de invitar a los adolescentes y jóvenes a atreverse a amar de esta manera, siguiendo el ejemplo de Jesús y de los santos. Y hemos de confiar en su capacidad de acoger y seguir el Evangelio en toda su verdad y de dejarse fascinar por el seguimiento más generoso de Jesús, en un proceso pedagógico progresivo. Una confirmación de esta realidad la hemos tenido en algunas celebraciones en torno a la Cruz de los Jóvenes.

Un nivel básico de educación y formación en la fe, de esperanza en la gracia de Dios y de ejercicio del amor y de la libertad del Espíritu es imprescindible para poder escuchar una posible llamada al ministerio sacerdotal. Sólo desde un nivel semejante de vida cristiana se puede comprender, sentirse atraído y aprender a vivir el ideal del ministerio sacerdotal en el seguimiento de Jesús obediente, pobre y célibe. Por el contrario, la inseguridad en la fe, la falta de experiencia del poder de la gracia de Dios en nuestra vida, la búsqueda angustiosa de los propios intereses y el ejercicio egoísta de la libertad desfiguran de tal manera la vida cristiana que hacen de hecho imposible la acogida de una vocación sacerdotal. Para superar estos peligros, la educación en la fe ha de fortalecer las convicciones, certezas, experiencias vivas y esperanzas de vida nueva en la libertad del amor, que derivan de la adhesión a Cristo como Verdad, Camino y Vida.

La alegría de la fe y de la esperanza en Cristo, así como la fuerza salvadora y liberadora del amor de Dios, se fortalecen progresivamente en los adolescentes y jóvenes mediante el testimonio, sobre todo cuando ha de darse en circunstancias adversas que comprometen la vida y la propia imagen ante los demás. Con el adecuado acompañamiento y orientación, los adolescentes y jóvenes son capaces de ir dando el testimonio público de su fe que corresponde al grado de su madurez de vida cristiana. El grupo de jóvenes mensajeros de la Jornada Mundial de la Juventud están siendo capaces de dar un testimonio de su fe mucho más valiente de lo que hubiéramos en principio esperado.

El testimonio explícito de la fe y el compromiso en tareas de servicio caritativo a los necesitados son un camino muy apropiado para el cuidado de la vocación cristiana y de la vocación al ministerio sacerdotal. Cuando el creyente experimenta el gozo de ser testigo del Evangelio y de entregar su vida al servicio de los hermanos por amor a Cristo, está en la mejor disposición para preguntarse por su vocación en la Iglesia y para acoger la posible llamada del Señor a seguirle como sacerdote.

La responsabilidad del cuidado de las vocaciones corresponde a la entera comunidad diocesana. Sin olvidar la especial obligación que tenemos el obispo y los presbíteros, es necesaria lo colaboración de las familias y los colegios, de los grupos apostólicos y las parroquias, así como de los catequistas y profesores de religión. A todos os ruego que acojáis estas orientaciones en vuestra tarea de cuidar las vocaciones.

El aprecio de la vocación y del ministerio del sacerdote por las familias y por toda la comunidad diocesana son la primera forma de colaboración al cuidado de las vocaciones. Después viene la función que a cada institución u oficio eclesial corresponde en la iniciación cristiana de los niños y adolescentes y en la promoción de la pastoral juvenil, bien con el apostolado directo o, al menos, con el testimonio de una vida cristiana asumida como gozoso ideal. El cuidado de las vocaciones requiere el trabajo de hacer de nuestras comunidades eclesiales auténticos modelos de vida cristiana. Porque la falta de vocaciones sacerdotales es un indicativo de la debilidad con la que las familias y comunidades estamos viviendo la fe en las nuevas y difíciles circunstancias actuales.

En consecuencia, necesitamos pedir perdón al Señor y orar más intensamente para que nos convierta y nos haga capaces de discernir la forma de promover y cuidar las llamadas que él sin duda sigue dirigiendo a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. De forma especial solicitamos la oración por las vocaciones a las numerosas comunidades de vida contemplativa de nuestra Diócesis. En la fiesta de San José, patrón del Seminario Diocesano, oremos todos al dueño de la mies, para que conceda la perseverancia a nuestros seminaristas Andrés y Daniel y para que llame a nuevos jóvenes y los envíe como sacerdotes a labrar su campo y sembrar en él la semilla del Evangelio, para la vida del mundo.

 

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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