“Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14)

En este Adviento de 2010 hemos podido prepararnos a la celebración de la Navidad con una lectura meditada de la reciente Exhortación Apostólica Verbum Domini, del Papa Benedicto XVI, sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia.

Esta Exhortación va orientada a lograr que la Palabra divina sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial, que los fieles experimentemos la belleza del encuentro con la Palabra de Dios en la comunión eclesial, que reavivemos el encuentro personal y comunitario con Cristo. En efecto, en Cristo podemos oír, ver, tocar y contemplar al Verbo de la Vida.

Participar en la vida de Dios es la alegría completa. Y comunicar la alegría que se produce en el encuentro con la Persona de Cristo, Palabra de Dios hecha carne y presente entre nosotros, es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia. La Iglesia, y nosotros en ella, no hemos de tener prioridad más grande que ésta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla en nuestra lengua humana y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante. Esta es la meta de cada Navidad y de cada Adviento que la prepara.

Como ayuda para la meditación sobre el misterio de la Navidad presento ahora algunos aspectos de la enseñanza de la Exhortación Apostólica Verbum Domini, referidos a Cristo como Verbo de Dios hecho carne.

Dios se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Esta palabra permanece para siempre y ha sido pronunciada entre los hombres de modo humano; ha entrado en el tiempo y se ha hecho historia humana a lo largo de siglos.

El Antiguo Testamento es historia en la que Dios comunica su palabra al pueblo elegido. En efecto, a través de la alianza con Abrahán y luego con todo Israel, Dios se fue revelando con obras y palabras como el Dios vivo y verdadero. Esta fe de Israel es asumido y completada en la Carta a los Hebreos, al afirmar: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (1,1-2).

Israel fue experimentando y comprendiendo cada vez mejor la manera de obrar de Dios con los hombres. Y el proceso de la manifestación de Dios alcanzó su cima con la encarnación de la Palabra eterna, que en Cristo se ha hecho hombre “nacido de una mujer” (Ga 4,4). Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la Palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. El encuentro con esta historia misteriosa produce en los creyentes una reacción de asombro, pues la iniciativa divina de la encarnación es una novedad inaudita y humanamente inconcebible. Pero se trata de una historia real, que el evangelista Juan narra como una experiencia viva, de la que ha sido testigo: “Y el Verbo hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

El proyecto y la realización de esta obra asombrosa de Dios sólo podría proceder de su sabiduría eterna, de su Espíritu. Y así fue de hecho. La Sagrada Escritura indica la presencia del Espíritu Santo en la vida de Jesús: por obra del Espíritu fue concebido en el seno de la Virgen María; el Espíritu Santo descendió sobre él en su bautismo en el Jordán; movido por el Espíritu Santo actúa, habla y ora Jesús; resucitado, infundió el Espíritu a los discípulos y les hizo partícipes de su misión; el Espíritu recuerda a los discípulos todo lo que Jesús ha enseñado y los lleva a la verdad completa, puesto que es el Espíritu de la Verdad. Por esta acción del Espíritu, que habló ya en forma humana por los profetas, la Palabra de Dios se expresa continuamente con palabras humanas en la vida y la predicación de la Iglesia.

La luz del Espíritu ha guiado la meditación de la Iglesia sobre el misterio de la Encarnación a lo largo de los siglos y le ha llevado a confesar agradecida que Dios ha hecho pequeña su poderosa Palabra eterna y creadora; tan pequeña como para estar en un pesebre a nuestro alcance. Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.

En la misma humanidad de Jesús se manifiesta la Palabra de Dios. Los Evangelios narran cómo Jesús conoce al Padre, escucha su Palabra y la realiza, obedeciendo su voluntad con todo su ser en todo momento. Así es para nosotros el testigo fiel que nos enseña las cosas del Padre y nos comunica las palabras del Padre (cf Jn 8, 55; 12, 50; 17,8). Jesús se hace especialmente elocuente como Palabra de Dios precisamente en su misterio pascual, cuando se hace silencio mortal en la cruz y se queda sin palabras porque se ha “dicho” totalmente con su gesto de entregar la vida, que expresa el amor más grande, “el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). La muerte de Jesús atestigua que la Palabra de Dios se hizo “carne” e “historia humana”. En el misterio pascual Jesús se manifiesta como la Palabra de liberación definitiva de la esclavitud del hombre en la Nueva y eterna Alianza, que se hace sacramento de vida en la Eucaristía. Pero el silencio mortal de la Palabra en la cruz se convierte, en la Palabra que resucita, en “luz del mundo” (Jn 8, 12), que “brilla en la tiniebla” (Jn 1,54). La Palabra que resucita es la luz definitiva en nuestro camino. Viviendo por él, con él y en él, vivimos en la luz.

Jesucristo, la Palabra eterna de Dios hecha carne, es el único salvador y mediador entre Dios y el hombre. Él es la Palabra única y definitiva de Dios a la humanidad; es “el primero y el último” (Ap 1,17). El Prólogo de san Juan afirma que ”por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho” (Jn 1,3); en la Carta a los Colosenses, se dice también que Cristo es el “primogénito de toda criatura” (1,15), que “todo fue creado por él y para él” (1,16). Y la Carta a los Hebreos recuerda que “por la fe sabemos que la Palabra de Dios configuró el universo, de manera que lo que está a la vista no proviene de nada visible” (11,3). Jesús, el Hijo del Hombre, integra en sí mismo la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu; él es el centro del cosmos y de la historia. Por ello, la creación es el lugar en el que se desarrolla la historia de amor entre Dios y su criatura predilecta, el hombre creado a su imagen y semejanza (Gen 1, 27); y la salvación del hombre es el motivo de toda la acción de Dios.

 

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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