Velar por Dios y velar por el hombre

Dos visitas a cuál de ellas más interesantes: la Cruz de los Jóvenes a nuestra Diócesis de Salamanca y la visita del Papa Benedicto XVI a Santiago de Compostela y Barcelona. Dos acontecimientos que hoy repasamos con un testigo de excepción, nuestro Obispo Mons. Carlos López.

1. Don Carlos, grandes acontecimientos han marcado este año el inicio de Curso: la presencia en Salamanca de la Cruz de los Jóvenes y la reciente visita del Papa a Santiago y Barcelona. Empecemos por la cruz. Se le ha visto muy contento estos días. ¿Cuál es su balance?

 

Muy positivo y esperanzador, desde el comienzo en Cantalapiedra hasta el final en la Peña de Francia. Ha habido una amplia participación de los jóvenes, arropados de forma ejemplar por las familias y los mayores. Las celebraciones se han vivido con gran intensidad religiosa; en clima de silencio y recogimiento, de forma especialmente significativa las Vísperas para acoger la Cruz en la Catedral, el Vía Crucis por las calles de la ciudad, la Vigilia de oración en la Clerecía y el Sacramento de la Confirmación en San Esteban.

 

La visita de la Cruz de los Jóvenes ha ayudado a la Iglesia diocesana de Salamanca a despertar de la rutina diaria y superar un clima de cierto desaliento en relación con la posibilidad del anuncio del Evangelio a los jóvenes. Han sido días de intensa catequesis sobre el significado salvador de la Cruz de Jesús, en los que se ha puesto de manifiesto que es posible el anuncio del Evangelio con alegría, en clima de fiesta, y sin disminuir en nada el misterio de la Cruz como revelación máxima del amor de Dios, que nos atrae al seguimiento de Jesús sin reservas.

 

Hay que resaltar también la significación que ha tenido la presencia de la Cruz en los espacios públicos, como la Plaza Mayor, y en medio de manifestaciones musicales propias de la cultura juvenil.

 

Estos días han levantado el ánimo de muchas personas; han sido días de gracia, que renuevan nuestra esperanza en el trabajo con los jóvenes, en orden a seguir preparando la Jornada de la Juventud.

 

2. ¿Cuál cree que ha sido el secreto del éxito de participación y comunión, si es que podemos hablar en estos términos?

 

Primero la acción de la gracia de Dios, que hemos venido invocando con insistencia en la oración durante largo tiempo en las parroquias y en las comunidades de vida contemplativa.

 

Luego el trabajo generoso y esperanzado de numerosas personas, jóvenes la mayor parte, que, como miembros de las comisiones preparatorias y como mensajeros y voluntarios, han hecho un magnífico trabajo de organización y realización de los actos.

 

Y en tercer lugar, la capacidad demostrada de salir de los moldes de la tarea diaria en el grupo propio, para tomar parte en una misión de comunión de toda la Diócesis. Por ejemplo, ha sido ejemplar la colaboración de los colegios religiosos para llevar a cinco mil niños y adolescentes a orar ante la Cruz en la Clerecía.

 

En definitiva, todo ha sido obra de la fe y del amor a Cristo, que se han manifestado como un renovado aliento del Espíritu en nuestra Iglesia diocesana.

 

3. Hoy hace una semana usted se encontraba en Barcelona, con el Papa. ¿Qué destacaría de esta visita, que tanto ha dado y está dando qué hablar? ¿Algo que le haya asombrado, que no se esperara?

 

Ha sido un gran éxito pastoral, como cabía esperar. El Papa nos ha enriquecido y alentado de nuevo en la fe con su luminosa enseñanza, a la vez sencilla y profunda, que nos ofrece las claves para comprender nuestro actual momento cultural y la misión de la Iglesia en Europa.

 

Ya en el saludo desde el aeropuerto de Santiago expresó el Papa que el hombre está siempre en camino en busca de la verdad; y que la Iglesia acompaña al hombre en ese camino de búsqueda de la plenitud de su propio ser.

 

Como Juan Pablo II, Benedicto XVI ha invitado desde Compostela a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas de las necesidades materiales de los hombres, sino también de las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se trabaja eficaz, íntegra y fecundamente por su bien.

 

./ En el mensaje en la Catedral, volvió el Papa sobre el tema de la verdad y la libertad y expuso: Entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria. La búsqueda honesta de la verdad, la aspiración a ella, es la condición para una auténtica libertad. No se puede vivir una sin otra. La Iglesia, por amor al hombre, está al servicio de la verdad y de la libertad. No puede renunciar a ellas, porque sin esa aspiración a la verdad, a la justicia y a la libertad, el hombre se perdería a sí mismo.

 

De nuevo, en la homilía en la Plaza del Obradoiro, el Papa se refirió al tema de Europa, en estos términos: Desde aquí deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. “¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre.”

 

Benedicto XVI considera una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Ante esta situación se pregunta: “¿Cómo hubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra? Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo.”

 

Europa, continúa diciendo el Papa, ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo y trabajar con su gracia por la dignidad del hombre. Desde Compostela, Benedicto XVI ha tenido interés en proclamar la gloria del hombre y en advertir “de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más flébiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre... La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.”

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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