Cándida María de Jesús

La Diócesis de Salamanca comparte la alegría de la Congregación de las Hijas de Jesús por la canonización de su fundadora, la beata Cándida María de Jesús, el domingo 17 de octubre; y se dispone a participar en la celebración de Roma y en los actos que posteriormente tendrán lugar en Salamanca para dar gracias a Dios y presentar el modelo cristiano de esta nueva santa, que maduró en su camino de santidad en nuestra cuidad y en ella llevó a cabo la fundación y consolidación de su obra al servicio de la educación humana y cristiana de las niñas y jóvenes.

Familia e infancia

Cándida María de Jesús es el nombre asumido por Juana Josefa Cipitria Barriola el día de su consagración religiosa en la nueva Congregación de las Hijas de Jesús, por ella fundada el día 8 de diciembre de 1871, en la ciudad de Salamanca.

Juana Josefa nació en el caserío de Berrospe, situado en la villa guipuzcoana de Andoain, el día 31 de mayo de 1845. Fue la primera hija de Juan Miguel Cipitria Aramburu y María Jesús Barriola Querejeta, matrimonio de sencillos tejedores.

El mismo día de su nacimiento, Juana Josefa fue bautizada en la parroquia de San Martín. Cuando Juana tenía siete años, la familia se trasladó a vivir a Tolosa, en busca de mejores condiciones para su trabajo de tejedores, habida cuenta de las hijas que venían naciendo después de Juana. El trabajo de la madre en el taller y en casa hacía necesaria la ayuda de Juana en el cuidado de las hermanas, por lo cual no pudo asistir mucho a la escuela.

El amor de sus padres le hizo tener a Juana una infancia feliz en el seno de la numerosa familia. La experiencia del amor de los padres le hizo fácil comprender el gran amor del padre Dios. Desde muy niña sentía una gran tristeza al ver el estado de los mendigos. Cuando tenía cuatro años entregó a un mendigo, un sábado por la mañana en honor a la Virgen, la tortilla que su abuela le había preparado para desayunar. Unos años más tarde, al día siguiente de estrenar un vestido nuevo, se encontró Juana en la calle a una niña de su edad, que siempre llevaba ropas viejas; conmovida, Juana fue corriendo a casa, cogió el vestido nuevo y se lo llevó a la niña. Regresó a casa contenta y feliz, aunque después, ante la regañina de sus padres, sintió remordimiento de conciencia por haberlo hecho sin permiso. Así se manifestaba de su niñez una muy fina sensibilidad hacia las necesidades de los pobres, que ella sentía como injustas.

A la vez que la caridad crecía en Juana su sentimiento religioso. Con su madre o ella sola entraba con frecuencia a orar en la iglesia de Santa María, su parroquia de Tolosa, y se quedaba en silencio mirando al sagrario. Y no salía de la iglesia sin pasar ente el altar de san Ignacio de Loyola, representado con un libro grande en la mano. Juana le miraba y le decía: Santo mío, quiero hacer lo que dice ese libro. Así iba creciendo en caridad y oración ya antes de hacer la primera comunión, que recibió a los diez años, según la costumbre de entonces.

“Yo sólo para Dios”

Juana vivió los años de su adolescencia y juventud en la paz del trabajo en la familia y en la sana y alegre relación con sus amigas. Pero sólo Dios era testigo de los deseos y proyectos de su corazón. Al cumplir los dieciocho años notó que un muchacho mayor que ella había puesto sus ojos y su corazón en ella. Y también lo notaron las amigas. A los padres de Juana presentó pronto este joven la petición de mano de su hija, que la familia vio con buenos ojos: era un buen partido; de clase social superior a la suya, con buen nivel económico y buen cristiano. Pero el corazón de Juana estaba ya entregado a otro amor. No tenía aún claro en qué forma se llevaría a cabo, pero la decisión ya estaba tomada: “Yo sólo para Dios”. Y así hubo de manifestarlo a sus padres, cuando le recomendaron con insistencia aquel matrimonio tan halagüeño. Era la primera vez que la voluntad de Dios le ponía en conflicto con la de aquellos a quienes más quería en este mundo.

En busca del camino. El servicio a los pobres.

Para evitar las presiones hacia el matrimonio, aconsejada por el director espiritual, decidió alejarse un tiempo de Tolosa y no sin dificultad consiguió el permiso de sus padres para trasladarse a Burgos a trabajar en el servicio doméstico. En esta ciudad encontró un segundo hogar en la familia del magistrado José Sabater Becerra, cuya esposa facilitó la realización de los deseos religiosos y caritativos de Juana. Parte de su trabajo era acompañar cada mañana a la señora a la misa. Así alimentaba cada día su amistad con Jesús y actualizaba la entrega de su corazón a él.

La pobreza que reinaba en aquellos años sesenta del siglo diecinueve movió a la familia Sabater Becerra a socorrer con regularidad a varias familias necesitadas y a destinar una cantidad a la atención a mendigos, que todos los días iban a la casa a buscar comida caliente. Juana era la encargada de este servicio. Y como los pobres aumentaban y el dinero de los señores no era suficiente, ella decidió destinar una buena parte de su sueldo a poner cada día una buena olla para los mendigos. La afluencia de éstos motivó el malestar de las otras importantes familias que habitaban el mismo inmueble. Cuando la señora le transmitió la queja de los vecinos, Juana no dudó en responder con firmeza: “Donde no hay sitio para mis pobres, no hay sitio para mí”. La buena señora cedió y Juana pudo seguir ayudando a los mendigos con sus ahorros, hasta quedar tan necesitada como ellos, con zapatos rotos y sin abrigo, que regaló a una mujer vestida de harapos.

En Valladolid brilló la luz

Junto con la familia Sabater Becerra se trasladó Juana a Valladolid al final de los años sesenta. En 1868 la revolución llamada “La Gloriosa” había destronado a la reina Isabel II y los gobiernos que siguieron tomaron una orientación política no favorable a la Iglesia. Una de las decisiones tomadas fue la expulsión de los jesuitas de España. Por este motivo llegó desde León a Valladolid el P. Miguel San José Herranz, a buscar refugio en casa de sus hermanos. Y este jesuita era la persona que Dios ponía en el camino de Juana para ayudarle a descubrir su voluntad.

El día 2 de abril de 1969, Viernes Santo, Juana experimentó en la oración una llamada especial de Dios, que le manifestaba su voluntad en medio de una inmensa paz: Debía fundar una nueva congregación con el título de Hijas de Jesús, dedicada a la salvación de las almas, por medio de la educación e instrucción y de la niñez y juventud.

Cuando Juana le comunicó sus sentimientos al P. Herranz, éste confesó que en la eucaristía recién celebrada acababa de sentir que Dios había acogido su preocupación por la formación de la niñez y juventud y que le iba a mostrar la persona elegida como fundadora de una congregación religiosa dedicada a esta misión. Así el P. Herranz, de grandes dotes intelectuales y de gran fe, acogió sin dudar como inspiración de Dios la propuesta de Juana, a pesar de la aparente falta de cordura del proyecto: El instrumento para una obra educativa era una criada de servicio analfabeta, que no sabía entonces leer ni escribir y hablaba mal el castellano.

El P. Herranz se fió de Dios y creyó en la capacidad de tan pobre instrumento humano. Durante dos años fue a diario el maestro de Juana para enseñarle a leer y escribir, a practicar las cuentas, a perfeccionar el castellano y aprender algo de latín. Mientras tanto, hubo se soportar las burlas de sus familiares y amigos que le decían: “Pero, hombre, quieres fundar una institución de enseñanza y eliges una analfabeta”. Y también fue este tiempo una buena oportunidad para que Juana se ejercitara en la humildad. Sólo caminaba a la luz de la fe y con la decisión de hacer la voluntad de Dios. Y formuló ya entonces este programa de vida: “Sola nada; pero con la gracia de Dios, lo puedo todo”.

En Salamanca se hizo realidad el proyecto

El P. Herranz apoyó la decisión de Juana de iniciar la fundación en Salamanca, porque esperaba contar con el apoyo de los jesuitas, que allí dirigían el Seminario, y del Obispo Joaquín Lluch y Garriga, muy preocupado por la falta de instrucción de las gentes de su tiempo. Y este apoyo se produjo.

Con la colaboración de Emilia Torrecilla, Juana hizo los preparativos para la fundación en verdadera pobreza. Prefirió dar a los pobres una importante cantidad de dinero recibida como regalo para la fundación. El día 7 de diciembre de 1871, en algunas habitaciones alquiladas en la llamada Casa de San José, en la calle de Gibraltar, junto a las dos catedrales, Juana y otras cuatro jóvenes iniciaron la vida de la congregación en Salamanca. El día 8, fiesta de la Inmaculada, celebraron la eucaristía con el P. Herranz en el altar de San Ignacio de la Iglesia de la Clerecía y recibieron cada una un escapulario como signo de su consagración a Jesús. Juana asumió la responsabilidad de madre y superiora del grupo y fue desde entonces llamada Madre Cándida María de Jesús. El hábito lo vestirían unos meses después.

Bajo la guía del P. Herranz comenzó el grupo su etapa de noviciado y de formación en la espiritualidad ignaciana y en los estudios que necesitaban para su futura labor, pues sólo una del grupo tenía el titulo de maestra. En la semana de Pascua de 1872 aprobó el Obispo de Salamanca las Constituciones de la Congregación, inspiradas en la espiritualidad de San Ignacio. La fraternidad y la unión hacían fácil el trabajo y la pobreza; causaba admiración a los de fuera la alegría con que vivían.

En agosto del mismo año de 1872 tuvieron que afrontar la gran prueba de la separación del P. Herranz, que fue destinado por su superior a Santiago de Compostela. Algunas personas respetables pensaron que, sin la cercanía de su guía espiritual, la naciente congregación tendría poco tiempo de vida. Pero la Madre Cándida había decidido una vez más fiarse de Dios y vivir según su convicción: “Sola nada, pero con Dios lo puedo todo”. “Dios es nuestro Padre y no nos abandonará”, les repetía a las hermanas.

La primera escuela en Salamanca

Otros jesuitas continuaron apoyando la obra de la Madre Cándida y al acabar el año 1872 la congregación tenía dieciséis hermanas. La Casa de San José, en la calle de Gibraltar, se quedó muy pequeña y la Madre Cándida consiguió alquilar en la calle de San Pablo la llamada Casa de la Concordia, relacionada con el final de las luchas entre los bandos salmantinos del siglo XV. En el arco centenario de su fachada se lee todavía hoy una inscripción latina con la invitación a vivir en concordia y amor.

En febrero de 1873 tuvo lugar la instalación en la Casa de la Concordia. En la capilla de esta Casa, durante la celebración de la Eucaristía por el Obispo de Salamanca, en la fiesta de la Inmaculada del año 1873, las primeras Hijas de Jesús, terminado su noviciado, emitieron públicamente sus votos de pobreza, castidad y obediencia.

Mientras tanto, algunas Hijas de Jesús habían conseguido el titulo de maestras y en enero de 1874 fue posible abrir la primera escuela de la congregación en la Casa de la Concordia. La escuela abría sus puertas a niñas externas e internas, a ricas y pobres. La Madre Cándida no podía olvidarse de los pobres y en la escuela había alumnas de pago y gratuitas. Las Hijas de Jesús eran la primera congregación que habría un centro educativo en Salamanca, cuando más del sesenta por ciento de las mujeres eran analfabetas. Toda la ciudad, católicos y anticlericales, acogieron con gozo la apertura de esta escuela que venía a poner remedio a la incultura generalizada.

A la vez que las clases en la escuela comenzó la escuela dominical para la formación de las jóvenes trabajadoras, especialmente de las muchachas de servicio que venían de los pueblos a la capital.

La obra de la congregación progresaba con el aliento del Obispo y de los padres de la Compañía de Jesús. Pero, en abril de 1874, los jesuitas de Salamanca fueron enviados de nuevo al destierro y la Madre Cándida hubo de poner a prueba una vez más su fortaleza y confianza en Dios.

El nuevo colegio en el Palacio de Montellano

La creciente afluencia de niñas a la escuela y el crecimiento de la comunidad de religiosas hacía insuficiente el espacio de la vieja Casa de la Concordia. Era necesaria una casa mayor, pero la congregación carecía de medios para adquirirla. El Obispo de Salamanca, que era entonces D. Narciso Martínez Izquierdo, compró para las Hijas de Jesús el antiguo palacio de Montellano, en la calle de Zamora. Allí comenzó sus tareas el nuevo Colegio de la Inmaculada, en septiembre de 1877. El Colegio tuvo ya en el primer año más de trescientas alumnas y gozó de gran prestigio por sus condiciones pedagógicas. La Madre Cándida no cedía en su empeño de formar como maestras a las Hijas de Jesús para desempeñar bien su misión educativa. E igualmente animaba a las alumnas del colegio a realizar estudios superiores en la Escuela Normal de Magisterio, en un tiempo en que la sociedad no valoraba de forma suficiente este cultivo intelectual de la mujer.

El noviciado en los Mostenses

En sintonía con la recomendación del P. Herranz, la Madre Cándida soñaba con tener una casa para la formación de las novicias independiente del colegio. Con la ayuda de los marqueses de Castellanos pudo hacerse realidad este sueño. La marquesa le regaló a la congregación un viejo edificio de su propiedad a las orillas del Tormes y, de acuerdo con su marido, ofreció a la Madre Cándida la venta a precio muy favorable de una extensa huerta aneja al edificio. Superadas las dificultades causadas por el interés de otras personas en adquirir los terrenos, en enero de 1899 se realizó la venta. La misma marquesa de Castellanos y la infanta Isabel de Borbón, hermana del rey Alfonso XII, abrieron una suscripción en Madrid para ayudar a la Madre Cándida a pagar los terrenos. El día 23 de septiembre de 1899 fue inaugurado el noviciado en el lugar salmantino de los Mostenses, en donde permanece el actual “Noviciado Sagrado Corazón”. A su lado se encuentra ahora la Iglesia dedicada a la Madre Cándida, que alberga su sepulcro, así como el Colegio Sagrado Corazón, en la Avenida de los Reyes de España.

Nuevos colegios fuera de Salamanca

Con el apoyo del Obispo Lluch y Garriga se había abierto un colegio en Peñaranda de Bracamonte ya en el año 1875. Después tendría lugar la fundación de otros colegios de la congregación: Arévalo, en 1886; Bernardos, de la provincia de Segovia, en 1887; Tolosa, de la provincia de Guipúzcoa, en 1888; Segovia, ciudad, en 1889; los pueblos segovianos de El Espinar, año 1891, y Coca, año 1893, con la ayuda de la infanta Isabel de Borbón; Medina del Campo, en 1896; Pitillas, pueblo de la provincia de Vitoria, en 1909; Brasil, en 1911. Esta apertura misionera a América llenó de especial gozo el corazón ardiente de la Madre Cándida; poco antes de morir pudo llevar a cabo un segundo envío de Hijas de Jesús a Brasil.

No es difícil imaginar los desvelos, viajes, conversaciones, cartas, contratiempos, pacientes esperas y perseverante constancia que exigieron las referidas fundaciones; máxime cuando la congregación era rica en personas pero muy pobre en recursos económicos. En relación con la fundación del colegio de Medina del Campo fue tanta la humildad y paciencia de la Madre Cándida que sus hijas le decían: “Madre, vámonos de aquí porque no se puede resistir”. La respuesta de la Madre siempre fue: “La cruz está ahora aquí, permanezcamos en ella”.

La consolidación de la congregación

La extensión, relativamente rápida, de la obra de la Madre Cándida fue posible no sólo por las cualidades sobrenaturales y humanas de la fundadora, sino también porque el carisma fundacional respondía a una real y urgente necesidad social de la época y, como consecuencia, porque fueron numerosas las jóvenes que siguieron la senda abierta por esta nueva congregación. La Madre Cándida veía con gozo cómo su noviciado estaba repleto y cómo las Hijas de Jesús se capacitaban mediante su titulación oficial como maestras.

También por parte de la Diócesis de Salamanca se ratificó el reconocimiento de la congregación, mediante la aprobación definitiva de las Constituciones, que fue firmada por el Obispo Tomás de Cámara y Castro el día 22 de enero de 1892. Para la aplicación de estas Constituciones, el Obispo de Salamanca ordenó que se convocara un capítulo general de la congregación para elegir la superiora general. El capítulo se celebró el día 20 de diciembre de 1894 y en él fue elegida superiora general, por unanimidad, la Madre Cándida. En 1896 murió el P. Herranz, con el que en la distancia había mantenido de forma continua relación epistolar. En sus cartas, este Padre había recomendado a la Madre Cándida alcanzar la consolidación definitiva de la congregación mediante su aprobación por el Papa como congregación de derecho pontificio. Con el apoyo del Obispado de Salamanca se obtuvo sin dificultad la aprobación de las Constituciones por el Papa León XIII, el día 30 de julio de 1901. Obtenida la aprobación pontificia de las Constituciones, pudieron ya emitir 42 Hijas de Jesús los votos perpetuos, el día 24 de septiembre de 1903, en la casa salmantina de los Mostenses.

De Salamanca al cielo

La intensa actividad de la Madre Cándida fue tanto más meritoria cuanto que su salud estuvo bastante quebrantada durante largos años. Fueron frecuentes sus graves enfermedades, que incluso le obligaron, por prescripción de los médicos, a descansos programados junto al mar. Pero su fidelidad a Jesucristo la movía a emprender las más arduas tareas, sin retroceder nunca ante las dificultades. Poco antes de morir estaba preparando una nueva fundación en Filipinas, que realizarían después sus hijas.

En repetidas ocasiones había venido manifestando la Madre Cándida su convicción sobre la cercanía de su muerte, aunque nada externamente auguraba una muerte próxima. En el verano de 1912, desde su residencia en la casa de los Mostenses, seguía con solicitud la marcha de todos los asuntos de la congregación.

El día 5 de agosto acudió al Palacio de Montellano a celebrar el cumpleaños de la superiora del Colegio de la Inmaculada. Durante la charla de sobremesa la Madre se sintió mal de repente, como consecuencia de una hemiplejia. Su estado fue diagnosticado como gravísimo. Consciente de su gravedad y asistida por el jesuita P. Munárriz, afrontó su muerte “tranquilísimamente tranquila”, según manifestó, porque “cuarenta años llevo de vida religiosa y no recuerdo un solo momento que no haya sido para Él”. Después de manifestar a sus hijas: “Os llevo en el corazón” y de rogarles: “Hacedlo todo por Dios”, falleció en la casa salmantina de Montellano el día 9 de agosto de 1912.

La ejemplaridad de su vida fue proclamada por la Iglesia al ser beatificada en Roma por Juan Pablo II el día 12 de mayo de 1996. Ahora esperamos con gozo la próxima canonización por Benedicto XVI. La próxima Santa Cándida María de Jesús es una gloria y modelo para la Iglesia diocesana de Salamanca y a ella esperamos tenerla como eficaz intercesora en nuestra vida y tareas.

 

 

 

Esta página ha sido actualizada el  27/01/2014

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