El Cuerpo de Cristo: celebrado, adorado y amado

La Solemnidad del “Corpus Christi” nos alerta ante el peligro de convertir la Eucaristía en una rutina diaria o semanal. Este ritmo periódico es necesario para que nuestra vida cristiana tenga forma eucarística y se haga realidad en nosotros la palabra del Señor: “El que me come vivirá por mí” (Jn 6,57). Pero la costumbre no debe llevarnos a perder la admiración ante tan inefable misterio, ni menos todavía a que nuestro corazón deje de sentirse afectado y llamado a la intensa adoración del sacramento, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida. Cuando celebramos la Eucaristía el día del Corpus y adoramos el sacramento del Cuerpo de Cristo, en la procesión por las calles de Salamanca, debiéramos sentir la misma emoción, admiración y devoción que embargó el corazón de los apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante la Cena de Pascua.

 

La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre y el amor más grande, que a él mismo le ha impulsado a dar la vida por los amigos (cf. Jn 15,13); un amor hasta el extremo (Jn 13,1). Jesús nos enseña en la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Por ello, en la Eucaristía se alimenta de modo particular la fe de la Iglesia; en ella, la Iglesia renace siempre de nuevo. El pan que partimos y el cáliz que bendecimos nos hacen entrar en comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Todos los que comemos del único pan y bebemos del mismo cáliz formamos un solo cuerpo (1 Co 10, 16-17).. Y cuanto más viva es la fe eucarística de los fieles, más profunda es su participación en la vida y misión de la Iglesia, a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos.

 

Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y del cosmos.

 

En la Eucaristía, Jesús se manifiesta como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres. En el pan y en el vino nos llega toda la vida divina y somos hechos verdaderos partícipes de la intimidad del Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La conversión sustancial del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo introduce en el mundo el principio de un proceso de transformación de la realidad del hombre, cuyo término último será la transfiguración de la creación entera en Dios.

 

Existe una relación necesaria entre la celebración de la Eucaristía y la adoración del Santísimo Sacramento. El pan eucarístico se nos ha dado para ser comido y para ser contemplado y adorado. Ya decía san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla..., pecaríamos si no la adoráramos”. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Sólo así nos hacemos una sola cosa con Él.

 

La adoración del Sacramento fuera de la Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración eucarística. Sólo en la adoración puede madurar en cada fiel cristiano una acogida profunda y verdadera de la relación personal que la Eucaristía establece con Cristo y con la comunidad eclesial. En el encuentro de adoración con el Señor madura también la experiencia viva de la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la Eucaristía, le pone siempre en contacto con toda la comunidad eclesial y le hace tomar conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo.

 

La Eucaristía es la fuente del amor con el que Cristo nos ha amado. En la comunión del Cuerpo de Cristo hemos de encontrar la capacidad de amar de la misma manera a los hermanos, según el mandato del Señor. Por ello, la fiesta del Corpus Christi es en la Iglesia en España el Día de Caridad, que lleva consigo la colecta anual a favor de Cáritas.

 

Cáritas continúa preocupada por el agravamiento de la crisis económica y por la situación de las personas que están padeciendo sus consecuencias. Más de 31.000 personas no tienen trabajo en nuestra provincia y 12.000 de ellas han agotado ya sus prestaciones por desempleo. Estas nuevas necesidades se han unido a las situaciones antes existentes de exclusión social. Cáritas ha podido invertir en diferentes proyectos sociales durante el año 2009 casi tres millones de euros y ha ofrecido ayuda económica a más de 1500 familias en situación de necesidad. Además ha facilitado contratos de trabajo para casi 250 desempleados. Pero estas aportaciones siguen siendo insuficientes ante las necesidades actuales. Por ello, confía en la generosa colaboración de todos a la colecta del Día de Caridad, de la cual se recaudaron en el año pasado 65.222 euros.

 

Para terminar, reitero la invitación que hacía en la reciente carta “Solidarios con los desempleados”: “Rogamos a las personas y familias cristianas, y las parroquias y comunidades de la Iglesia, que compartan sus bienes con los afectados por la crisis, por ejemplo donando a Cáritas el 1 % de sus ingresos como un signo de su compromiso con los pobres.”

 

 

Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca

 

Esta página ha sido actualizada el  11/10/2010

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