Solidarios con los desempleados

La recién celebrada Fiesta de San José Obrero nos ha ayudado a sentir más viva la urgencia de la solidaridad cristiana con las personas que padecen de forma más dramática las consecuencias de la crisis económica: los cuatro millones seiscientos mil desempleados y, de forma especial, el millón trescientas mil familias que tienen a todos sus miembros sin trabajo.

Considero muy apropiado este momento para invitaros a reflexionar sobre los contenidos centrales de la “Declaración ante la crisis moral y económica” que los Obispos de España aprobamos en la Asamblea Plenaria de noviembre de 2009.

La solución a la crisis económica tiene que ser buscada también desde sus causas morales y atendiendo de modo especial a sus víctimas. Los Obispos no tenemos soluciones técnicas que ofrecer, pero sí podemos aportar la doctrina social de la Iglesia y, en particular, la enseñanza sobre la verdad del hombre, porque la cuestión social se ha convertido actualmente en una cuestión antropológica.

 

Causas y víctimas de la crisis

 

La grave crisis que atravesamos se debe a causas que tienen su origen en la pérdida de valores morales, la falta de honradez, la codicia, y la carencia de control de las estructuras financieras, potenciada por la economía globalizada. Todo ello ha provocado la situación actual, cuyas repercusiones llegan a todos los ámbitos de la vida económica y social y afectan más gravemente a los más débiles. Es obvio que las víctimas principales son quienes han perdido el empleo o no logran acceder a un primer puesto de trabajo. El elevado desempleo está siendo en España un motivo de creciente inseguridad sobre el mantenimiento del Estado del bienestar.

 

No hay verdadero desarrollo sin Dios

 

La encíclica “Caritas in veritate”,de Benedicto XVI, ha subrayado que Dios garantiza el verdadero desarrollo del hombre; al crearlo a su imagen, ha fundado su dignidad trascendente y alimenta su anhelo de "ser más". La raíz de nuestros problemas no está sólo, ni principalmente, en las dificultades económicas para seguir manteniendo el crecimiento y bienestar en un mundo sometido a crisis periódicas: El primer capital a salvar y valorar es el hombre, la persona, en su integridad. El verdadero desarrollo debe alcanzar a todo el hombre y a todos los hombres.

Inevitablemente debemos preguntarnos: ¿qué hombre queremos promover con el estilo social que estamos procurando? ¿Podemos considerar como desarrollo verdadero el que cierra al hombre en un horizonte de exclusivo bienestar material, y que prescinde de los valores morales y del significado trascendente de su vida?

El hombre que ha conocido a Cristo se sabe responsable del cambio social en su auténtica verdad: está convencido de que el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y hombres políticos que vivan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Por ello, reclama un mayor empeño en la educación, para erradicar de la vida social y pública la amoralidad, la ilegalidad y la sed de poder.

 

Estamos llamados a aliviar la necesidad de los otros

 

Dios mismo suscita en nuestro interior sentimientos de solidaridad con quienes sufren la necesidad que trae consigo la falta de trabajo. La pobreza y el desempleo degradan la dignidad del ser humano. Por ello es necesario un dinamismo laboral que comprometa a todos en favor de un trabajo digno, libremente elegido, que permita satisfacer las necesidades de las familias, sean éstas de españoles o de emigrantes.

 

Nuestro compromiso permanente como Iglesia

 

La Iglesia anima a todos sus miembros al compromiso más urgente en estos ámbitos: la renovación moral de la vida social, que incluya el derecho a la vida, centro del verdadero desarrollo; la defensa de los derechos de los más pobres y la atención eficaz a sus necesidades, por ejemplo, colaborando con Cáritas.

La crisis debe ser una ocasión de discernimiento moral para cada uno de nosotros y debería ayudarnos a poner en Dios la referencia de la autenticidad de nuestras actitudes y comportamientos. Sólo cuidando la dimensión trascendente de la persona podemos lograr un desarrollo humano integral. Ante el ingente trabajo que queda por hacer, nos sostiene la fe en la presencia de Dios y su llamada a la conversión del corazón, que es prioritaria para lograr verdaderos cambio sociales.

Más en concreto, rogamos a las personas y familias cristianas, y las parroquias y comunidades de la Iglesia, que compartan sus bienes con los afectados por la crisis, por ejemplo donando a Cáritas el 1 % de sus ingresos como un signo de su compromiso con los pobres. Así lo ha hecho ya la Conferencia Episcopal Española, que ha acordado entregar a Cáritas en este año el 1,5% del Fondo Común Interdiocesano.

La Iglesia y todos sus hijos debemos colaborar con los poderes públicos y con otras instituciones sociales en la solidaridad con las víctimas de la crisis. Así haremos realidad la Palabra del Señor, escuchada en el quinto domingo de Pascua: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os améis unos a otros” (Jn 13, 34.35). “Ahora hago el universo nuevo” (Apoc 21, 5).

 

Esta página ha sido actualizada el  11/10/2010

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