La alegría de la Pascua

La alegría es la nota característica de la Pascua. El pregón de la vigilia pascual nos invita cada año a alegrarnos con el anuncio de la salvación. Así se expresa que el motivo de nuestra alegría es la salvación que nos ha merecido la muerte y resurrección de Jesucristo.

Esta salvación tiene como contenido primero el perdón de los pecados. Jesús es el Siervo que “cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53,12) y es anunciado por el Bautista como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). La sangre de este Cordero, “que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28), sella la nueva alianza de Dios con los hombres. Por ello, los apóstoles anuncian la muerte y resurrección de Jesús como causa de la salvación por el perdón de los pecados: “Nadie más que él puede salvarnos” (Hech 4,12). “Arrepentíos y bautizaos...,para que queden perdonados vuestros pecados” (Hech 2, 38; 3,19). “Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús” (Rom 6, 11).

La regeneración pascual es fruto del Espíritu que Jesús resucitado entregó a sus discípulos para darles poder de continuar su misión de perdonar los pecados (cf Jn 20, 21-23). La consecuencia de esta misión pascual de la Iglesia es clara: La alegría pascual tiene como contenido y fundamento primero el perdón de los pecados. Entonces, ¿Cómo llevar a experimentar la alegría pascual a quienes han perdido la conciencia del pecado? Quien no ha sentido el dolor del pecado no puede experimentar la alegría de la reconciliación pascual. Pero la consideración del amor con el que Cristo se entregó a la muerte es camino adecuado para descubrir el significado del pecado y llegar a la conversión. El misterio pascual de Cristo es así luz para el descubrimiento del propio misterio.

La salvación tiene como contenido permanente y meta definitiva la vida nueva en el Espíritu. Por el bautismo nuestra antigua condición pecadora quedó clavada en la cruz con Cristo, para que no sirvamos ya más al pecado y llevemos una vida nueva (cf Rom 6, 4-7). Los bautizados hemos sido revestidos de Cristo (Gal 3, 27). Así renunciamos al hombre viejo, nos renovamos espiritualmente y nos revestimos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa (Ef 4, 22-24). En Cristo hemos recibido la condición de hijos adoptivos por el Espíritu que Dios ha enviado a nuestros corazones (cf Gal 4, 5-7). Por tanto, hemos de caminar según el Espíritu, sin dejarnos arrastrar por los apetitos desordenados, cuyas consecuencias son bien conocidas. En cambio, los frutos del Espíritu son: fe, amor, alegría, paz, mansedumbre y dominio de sí (cf Gal 5, 19-23).

Cristo se hizo sacrificio de expiación por el pecado para que vivamos según el Espíritu y cumplamos en plenitud la ley (cf Rom 8, 3-4). Si, mediante el Espíritu, damos muerte a las obras del cuerpo, viviremos (cf Rom 8, 13) y podremos ofrecernos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf Rom 12, 1). Así completaremos en nuestro cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo a favor de su propio cuerpo, que es la Iglesia (cf Col 1, 24). Y este padecimiento por los demás ha de ser motivo de alegría pascual.

La vida nueva en el Espíritu es para nosotros mismos y para los demás el más auténtico testimonio de la resurrección de Cristo. Este testimonio lo da el mismo Espíritu en quienes le obedecemos (cf Hech 5, 32) y tiene como fruto la alegría pascual. Quien no ha resucitado con Cristo a una vida nueva, no puede comprender la alegría de la Pascua. El relativismo, que difumina también en la conciencia de algunos cristianos la absoluta necesidad de la vida nueva en Cristo, es un grave obstáculo para llegar a la experiencia de la alegría pascual.

Hemos recibido la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra (cf Hech 1, 8) y no podemos avergonzarnos del Evangelio. Como los primeros testigos, tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres; no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído, y hemos de sentir la alegría que ellos sintieron al recibir del sanedrín azotes y ultrajes por causa de Jesús (Hech 5, 41).

Con la luz y la fuerza del Espíritu hemos de aprender a vivir en perspectiva pascual las dolorosas circunstancias actuales de la vida de la Iglesia. Necesitamos sincera conversión y expiación para el perdón de los pecados. Tenemos que cultivar más la vida nueva en el Espíritu. Estamos urgidos a dar fiel testimonio del Evangelio de la verdad ante quienes nos piden razón de nuestra esperanza y también ante los que desacreditan en público a la Iglesia. Necesitamos asumir la exhortación que dirige a los fieles cristianos la primera carta de Pedro. El apóstol se presenta como “testigo de los padecimientos de Cristo Pedro y partícipe de la gloria que está a punto de revelarse” (1 Pe 5, 1). Así puede dirigirnos a todos con autoridad moral esta recomendación: “Queridos, no os extrañe esta prueba de fuego que os ha venido encima... Alegraos, más bien, porque compartís los padecimientos de Cristo, para que también os regocijéis alborozados cuando se manifieste su gloria. Dichosos si sois ultrajados `por el nombre de Cristo; eso indica que el Espíritu glorioso de Dios reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por asesino o ladrón, por malhechor o por meterse en asuntos ajenos. Pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar ese nombre” (1 Pe 4, 12-16).

 

 

Esta página ha sido actualizada el  11/10/2010

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