El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios

La fiesta de San José, el próximo 19 de marzo, trae consigo el Día del Seminario, con el lema “El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios.

El Día del Seminario adquiere una relevancia especial en este Año sacerdotal, que tiene entre sus objetivos suscitar en todo el Pueblo de Dios el redescubrimiento de la belleza del sacerdocio ministerial y la valoración de la importancia de cada sacerdote, así como la convicción de la necesidad de prestar atención prioritaria a la promoción de las vocaciones.

Con estos objetivos del Año Sacerdotal se ha puesto el dedo en la llaga de la “sociedad católica española”, en la que falta de forma ostensible una valoración social de la misión del sacerdote que atraiga a los jóvenes hacia el sacerdocio ministerial y que motive a las familias a acoger con alegría la vocación sacerdotal de los hijos. Pero lo que falta sobre todo es una valoración evangélica y eclesial del ministerio sacerdotal tan intensa que sea capaz de superar el efecto de la negativa valoración social.

La consecuencia de la “débil vida cristiana” en los sectores de edad más jóvenes de nuestras familias, parroquias y comunidades, es la escasez alarmante de seminaristas. Durante el próximo curso, si no se produce mientras tanto un milagro, en nuestro Seminario Diocesano no habrá ningún estudiante de Teología; es decir, el Seminario quedará abierto, pero vacío, en estado de esperanza. Y la Diócesis de Salamanca se sitúa en estado de máxima alarma vocacional.

Gracias a Dios, nuestras parroquias y comunidades no se resignan al avance de su proceso de envejecimiento y disminución y solicitan todavía la atención pastoral de los sacerdotes, con tanto más dramatismo cuánto más toman conciencia de la situación que nos espera en un plazo muy corto, si no se inicia una recuperación vocacional. ¿Servirá el estado de alarma vocacional para hacernos reaccionar de manera efectiva, más allá del lamento o la nostalgia? ¿Estaremos dispuestos a asumir los compromisos necesarios para fortalecer la fe, a ir más allá de los rutinarios usos sociales católicos, heredados de la historia, y abrir los caminos nuevos de ejemplaridad y gozoso testimonio de nuestra identidad cristiana? Es claro que sólo en familias y en parroquias y comunidades cristianas con clara identidad de vida y testimonio pueden surgir las nuevas vocaciones que necesita la Iglesia del siglo XXI.

El logro de este objetivo depende en la mayor medida de que los propios sacerdotes seamos fieles a nuestra vocación, imitando la fidelidad de Cristo, y cultivemos de forma más intensa la tensión hacia la perfección espiritual, de la cual depende, sobre todo, la eficacia de nuestro ministerio, también en lo que se refiere al cuidado de las vocaciones sacerdotales entre los adolescentes y jóvenes. Las dificultades que presenta la cultura actual son tan extraordinariamente graves, que solo podrán afrontarse con sacerdotes extraordinariamente santos.

El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios para el hombre en el mundo de hoy, sólo puede surgir de una Iglesia que confiesa agradecida su experiencia de la misericordia eterna de Dios en medio de los sufrimientos y consuelos de su historia cotidiana. La misericordia es el amor fiel de Dios, que perdona la infidelidad del hombre y le configura de nuevo a su imagen. Dios muestra el poder de su amor con la misericordia y el perdón, enseñaban los profetas de Israel al pueblo que hacía memoria de su historia proclamando sin cesar: “porque es eterna su misericordia” (Salmo 135).

Los cantos del Benedictus y el Magnificat señalan la culminación de la experiencia de Israel en la plenitud de la misericordia de Dios revelada en Cristo. Jesús es el testigo fiel del Padre misericordioso, con su palabra y con sus obras. Él nos muestra la misericordia como camino de dicha de sus discípulos: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). “Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos”. (Mt 5,7). En el don de su Hijo único ha mostrado Dios su amor al mundo (cf Jn 3,16). En efecto, “Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a dar la vida junto con Cristo – ¡por pura gracia estáis salvados!-, nos resucitó y nos sentó junto con él en el cielo” (Ef 2, 4-6). La Iglesia vive de la actualización permanente de la entrega del cuerpo de Cristo y de su sangre derramada para el perdón de los pecados. En la eucaristía reconoce la Iglesia la fuente de la misericordia y de ella vive. En el evangelio, en la eucaristía y la penitencia, y en la caridad pastoral encuentra la fuente y el cauce de su ministerio el sacerdote, testigo de la misericordia de Dios.

Para acoger la llamada a este ministerio de la misericordia es necesario vivir la experiencia personal de la misericordia de Dios, como la confiesa san Pablo: “Vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). Sólo quien tiene una experiencia intensa de la misericordia de Dios con él, ha comprendido el amor de Dios y tiene capacidad para ser llamado al sacerdocio ministerial y llegar aprender y vivir la caridad pastoral; sólo el que se goza del perdón recibido, sabe comprender y valorar el sentido de una vida dedicada a perdonar los pecados de los hermanos; sólo quien siente el dolor de no haber amado a Dios como él nos ama, tiene como máximo anhelo alcanzar el amor que salva y libera absolutamente, y encuentro su plena dicha en ofrecer la vida al Señor como testigo e instrumento de su misericordia para los demás.

La promoción de las vocaciones sacerdotales requiere la tarea previa o simultánea de edificar familias y comunidades eclesiales que vivan gozosamente la experiencia de la misericordia de Dios y den testimonio de ella. Todos estamos llamados a implicar nuestra vida en esta tarea y a confiarla en oración perseverante al Padre, cuya misericordia es eterna y todopoderosa.

 

Esta página ha sido actualizada el  11/10/2010

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