No nos dejes caer en la tentación

El Miércoles de Ceniza hemos iniciado un año más nuestro itinerario hacia la Pascua. Y queremos realizarlo siguiendo los pasos de Jesús y dejándonos conducir por el Espíritu al desierto para ser allí tentados por el diablo, es decir, puestos a prueba en nuestra condición de hijos de Dios en medio del mundo.

Esta “puesta a prueba” se realiza para los ya bautizados en la “memoria” del Bautismo, en el discernimiento de la autenticidad de nuestra existencia en Cristo y de nuestra actuación diaria en la libertad del Espíritu. Se ha de descubrir no sólo lo que en nuestra vida hay de pecado, en sentido propio y grave, sino también todo lo que es desordenado porque nos aleja de la imitación de Jesús y nos inclina a complacernos a nosotros mismos, a buscar nuestros proyectos, bienestar y disfrute de la vida.

La luz para discernir la rectitud del seguimiento y testimonio de Jesús en medio del mundo la buscamos en la Palabra de Dios, escuchada en silencio, acogida y meditada en el corazón, pues de ella queremos vivir; en ella queremos encontrar de nuevo la verdad plena de nuestra vida, superando las tentaciones que nos presentan el demonio, el mundo en el que vivimos y nuestra débil condición humana. Y en este camino cuaresmal de discernimiento espiritual oramos con especial intensidad al Padre: “No nos dejes caer en la tentación”.

Está claro que no es Dios quien nos tienta para el mal. Dios permite que seamos tentados para crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad; es una prueba necesaria en nuestra existencia. Y Jesús nos enseña a pedir al Padre que nos libre de las trampas que nos tiende el tentador.

Para ayudar a reflexionar sobre las numerosas tentaciones que pueden estar presentes en la vida de cada de uno de nosotros, voy a recordar las cinco siguientes: la seducción, la contradicción, la ilusión, el silencio de Dios y la insignificancia de Jesús.

La seducción es sentirse atraído hacia el mal, que se presenta con alguna apariencia de bien. En ocasiones la seducción es tan fuerte que parece estar dentro de nosotros, invadiendo y dominando nuestra mente y nuestro cuerpo, para llevarnos a comportarnos con una perversidad insospechada. En el evangelio de Marcos encontramos una lista de estas desviaciones, que podría ser un compendio moral para la instrucción de los catecúmenos: “Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. (Mc 7, 20-23).

La contradicción nos pone a prueba cuando el bien que hacemos no es comprendido o no es aceptado y somos por ello ridiculizados o se ponen obstáculos a nuestra actuación. En estas ocasiones se requiere mucha paciencia, constancia y humildad.

La ilusión es una tentación de hacer algo que aparece como bueno, pero de lo que no se sigue después ningún bien. Es frecuente en los buenos que quieren seguir a Dios con generosidad y, con el pretexto de autenticidad evangélica, penitencia, pobreza, justicia, son empujadas por el tentador a realizar obras equivocadas, que dañan a los demás y acaban fuera del camino del evangelio.

El silencio de Dios es una tentación gravísima que hace gritar al hombre: ¿Por qué te escondes, Señor? ¿Por qué no hablas? Es la tentación que nos asalta cada vez que esperamos que Dios nos salga al encuentro y nos sentimos solos, abandonados y privados de la ayuda que esperábamos. Esta tentación puede manifestar una falta de verdadero conocimiento de Dios y el deseo de ponerle a nuestro servicio; pero también puede afectar a personas rectamente afianzadas en el camino espiritual.

La insignificancia de Jesús es una tentación de carácter social que afecta a los cristianos en aquellos países donde la Iglesia no tiene relevancia social o la está perdiendo. Si toda la vida social se ordena en razón de fines económicos, políticos y culturales, como si Dios no existiera, los cristianos pueden ceden a la tentación de llevar una doble vida: rezan en la iglesia, pero viven fuera de ella como si no fueran creyentes. El abandono de la fe por parte de la gente y la reducción drástica del numero de fieles de nuestras comunidades puede ser la prueba más dura para los sacerdotes. La superación de esta tentación requiere una profunda maduración en la fe.

La meditación sobre la primera carta de Pedro puede ayudarnos a comprender cómo tiene lugar la superación de esta tentación tan perniciosa. Se trata de una carta escrita a creyentes que viven en la diáspora y en la marginación social y sienten diariamente la tentación de decir: somos unos pobrecillos, que no valemos nada ni contamos para nadie. Pedro les ayuda a sentir la grandeza de ser cristianos, la alegría de serlo incluso en medio de la humillación, de la insignificancia, de la prueba y del sufrimiento. Les enseña a alegrarse cuando comparten los padecimientos de Cristo, porque entonces se realiza el Evangelio, triunfa Jesús y llega su Reino.

Mons. Carlos López,

Obispo de Salamanca.

 

Esta página ha sido actualizada el  11/10/2010

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