Algunas claves de Misericordiae vultus desde el Nuevo Testamento (II). Rafa Blanco, Sacerdote Diocesano

3. El rostro de la misericordia

El título de la bula es llamativo. En Jesús tenemos la revelación del Padre y por tanto la revelación de su misericordia. Comienza así: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (MV 1). La misericordia no es algo secundario para entender el misterio del Padre. Ya el A Testamento lo dice claramente, el Nuevo está en continuidad con él, pero con la novedad fundamental de la ligazón de cuanto se afirma con la persona de Jesús.

Muchas son las manifestaciones de la misericordia en su vida. Por ejemplo, los milagros. Ha resumido su actividad respondiendo a los enviados de Juan Bautista que le preguntan si es el que ha de venir: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11,4). En él se cumplen los vaticinios de los profetas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor… Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,18-21, cf. Mt 12,17-21). Los ciegos y los enfermos que se acercan a Jesús pidiendo ser curados invocan con frecuencia su misericordia y su piedad (cf. Mt 17,15; 20,30, etc). La bondad de Dios se hace carne en Jesús. Él siente compasión por las multitudes que lo siguen, incluso sin comer, y que son como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34; 8,2par).

La manifestación en Jesús de la misericordia divina se expresa también en el perdón de los pecados, que en la convicción común corresponde solamente a Dios, pero que Jesús también realiza (cf. Mc 2.1-12par; Lc 7,49). Jesús nos muestra la misericordia del Padre hacia nosotros en la obediencia: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que… vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,5-7; cf. Sal 40,7-9). En la oferta de su cuerpo por nosotros Jesús se muestra como el sumo sacerdote misericordioso, en todo semejante a sus hermanos: «Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos… Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere y expiar los pecados del pueblo» (Heb 2,10-11.17; cf. 4,15). En su pasión y muerte por nosotros se revela como el sacerdote misericordioso que nos ama hasta el final y así muestra el amor del Padre por nosotros. En el costado abierto de Jesús (cf. Jn 19,34-37), del cual viene la Iglesia, la fe y la piedad de los cristianos ha descubierto la expresión de la misericordia que se escondía en su corazón y que ahora la lanzada ha manifestado (Cf. Benedictus, Lc 1,78)

Jesús invita a acercarse a él a todos los que están cansados y agobiados: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,29). Las parábolas de la misericordia nos muestran el amor misericordioso de Dios revelado en Jesús: la oveja y la moneda perdidas y encontradas (cf. Lc 15,1-10), el buen samaritano (cf. Lc 10,29-37). La misericordia ha hecho del samaritano el prójimo del que cayó en manos de los bandidos. Entre todas estas parábolas destaca la del Hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32), que ha sido también comentada en Dives in misericordia (5-6) Lo primero que llama la atención es precisamente que Dios es “Padre”. El Dios misericordioso es Padre porque en cuanto tal tiene la plenitud del amor. Sale al encuentro al hijo que se ha alejado de él en virtud de su condición paterna. El hijo menor está convencido de haber perdido para siempre la dignidad filial. El padre, en cambio, habla del hijo, incluso cuando este dice que no es digno de serlo: «este hijo mío estaba muerto y ha revivido» (Lc 15,24). Entre los hijos se establece una relación de fraternidad que el hijo mayor no comprende. Nos podemos cerrar a la misericordia. El evangelio nos muestra otros ejemplos. Dice también el papa Francisco: «Dios es presentado como lleno de alegría, sobre todo cuando perdona» (MV 9). Recibiendo y aceptando su misericordia también nosotros podemos participar en la alegría de Dios.

La misericordia divina que Jesús misericordioso nos revela se manifiesta en la cruz del Señor. Dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Sin tomar en consideración la misericordia no podemos acercarnos al misterio de Dios ni a Jesús que nos lo da a conocer. El rostro de la misericordia resplandece en Jesús crucificado, que lo atrae todo hacia sí (cf. Jn 19,32) y al que todos debemos mirar (Jn 19,37) para conocer el amor del Padre. Pero la misericordia del Padre no es un simple sentimiento de condescendencia que lo aprueba todo, que renuncia a distinguir entre el bien y el mal, que no se preocupa de la justicia y olvida el deber de la corrección: «¿Qué padre no corrige a sus hijos?… Dios nos corrige para nuestro bien, para que participemos de su santidad» (Heb 12,7.10). Una actitud que olvidara la corrección del pecador sería contraria la verdadera misericordia. También Jesús nos exhorta a corregir al hermano que yerra (cf. Mt 18,15-17).

4. Sed misericordiosos

Siguiendo la tradición de los antiguos profetas Jesús invita a sus discípulos a la misericordia. No son importantes para Dios los sacrificios ni las prácticas exteriores sino el corazón. En Mt 9,13 y 12,7 exhorta a entender el significado de las palabras del Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6,6; cf. 1Sam 15,22). El que ha experimentado la misericordia del Señor tiene que usar misericordia. Jesús dice a Pedro que debe perdonar hasta 70 veces 7 (Mt 18,22). Y para ilustrar esta afirmación narra la parábola del siervo sin entrañas que no perdona a su deudor después de haber sido perdonado por el rey: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me rogaste. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» (Mt 18,32-33). Si pedimos perdón al Padre tenemos que estar dispuestos a perdonar: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15); «no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados» (Lc 6,37).

El criterio último para el perdón y la misericordia es únicamente Dios Padre que en Jesús y con la acción del Espíritu ha querido hacernos hijos suyos (cf. Gál 4,4-6; Rom 8,14-17). El Padre que Cristo nos revela es nuestro punto de referencia; su amor debe dar la medida del nuestro: «Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos… Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 44-45.48). Este texto tiene un paralelo en el evangelio de Lc que dice: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Esta es la perfección a la cual se nos llama: la perfección de la misericordia del Padre que ama a todos sin discriminación. Esta será la fuente de nuestra alegría. Precisamente en este texto de Lucas se ha inspirado el Papa Francisco al proponer el lema del año jubilar: Misericordiosos como el Padre. Pero no seremos misericordiosos si no nos sentimos necesitados de la misericordia y del perdón del Padre y lo acogemos con gratitud: «Perdona nuestras ofensas». Renovados por la misericordia del Padre podremos ser misericordiosos con nuestros hermanos y hermanas.

María, Madre de Dios y madre de misericordia, que en su Magnificat ha sabido alabar como nadie la misericordia de Dios (cf. Lc 1,46-55), que al pie de la cruz ha sido testigo del amor infinito de su Hijo por los pecadores nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia del Padre que es Jesucristo nuestro Señor.

 

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