Un agujero en el muro para poder salir

 

Santa Bonifacia con todo merecimiento puede ser considerada Patrona de la Mujer Trabajadora

 

TOMÁS DURÁN. Vicario de Pastoral de la Diócesis de Salamanca

 

La Conferencia Episcopal Española, el 18 de noviembre de 1994, publicaba un valioso documento titulado “La pastoral obrera de toda la Iglesia”. En él sólo una vez aparece la palabra mujer, y esto sucede en la reflexión final, cuando dice que desde la caridad que impulsa la vida de la Iglesia esta siente como propio “el sufrimiento y el dolor por el que pasan tantas familias, tantos hombres y mujeres, jóvenes, adultos y niños del mundo obrero”.

 

No es una crítica al documento ni a nadie, pues es mucha la preocupación de la Iglesia por la mujer trabajadora en todos sus ámbitos y en especial en este del mundo obrero. Y el documento al referirse a todos los laicos obreros, está incluyendo a la mujer. Gracias, por tanto, a todos los que durante largo tiempo, en la Iglesia, han defendido los derechos de los hombres y mujeres del trabajo. De eso queremos hablar.

 

Desde esta mirada, podemos preguntarnos: ¿En el siglo XIX habría alguna mujer, religiosa, que acogiera, formara y promocionara a la mujer trabajadora? Sí. Y por más señas, en nuestra ciudad de Salamanca: Santa Bonifacia Rodríguez de Castro (1837-1905). En aquel siglo, en el cual sucede la industrialización, el cambio social que se operaba en Europa y tanto repercutirá en nuestra sociedad, nace esta mujer que impulsará un camino de liberación, interna y externa, para la mujer trabajadora. Nos remitimos a los valiosísimos estudios que de aquel tiempo han hecho, especialmente, sus hermanas las Siervas de San José.

 

¿Cuál es el recorrido en la Iglesia y en el mundo del trabajo que realiza esta mujer? Comencemos por la Iglesia. Ella vivió esta pasión por la mujer trabajadora como “resistencia y sumisión”. Vivió del silencio de Jesús en Nazaret y en la Cruz (resistencia silenciosa), en la Diócesis de Salamanca que no la entendió; y vivió, con el mismo silencio de Jesús (sumisión activa) en la Diócesis de Zamora, sacando adelante y no renunciando a su proyecto de liberación de la mujer del trabajo. ¡Qué lección más auténtica para vivir en el seno de la Iglesia! Este atrevimiento y valentía, en una mujer creyente del siglo XIX, es una obra del Espíritu Santo que la fortaleció, sin ninguna duda, interna y externamente.

 

En la sociedad abrió un camino de nueva creación para la mujer y el trabajo. Estamos en pleno surgimiento de la industrialización, el nacimiento del liberalismo económico, del socialismo, y todo ello salpicado, en nuestra nación, de pronunciamientos, luchas, huelgas y propuestas reivindicativas. Y ella actúa, en este contexto, como si hubiera leído al profeta Ezequiel, cuando Dios le dice: “A la vista de todos abre un agujero en el muro y saca por allí tu equipaje. Cárgalo al hombro a la vista de todos, y sácalo en la oscuridad. Cúbrete la cara para no ver la tierra, porque hago de ti un signo para la casa de Israel” (Ez 12,5-6).

 

¿No es esta la salida espiritual, eclesial y laboral de Bonifacia? Un agujero en el muro para vivir una nueva experiencia espiritual, eclesial y laboral con la mujer trabajadora. Es un planteamiento totalmente nuevo en el debate económico, político, social y cultural del siglo XIX. Es abrir un boquete en el muro y salir de aquella maraña de relaciones económicas y sociales de dominación y explotación laboral, especialmente para la mujer trabajadora. Los Talleres de Nazaret son una “salida por el agujero del muro”, para vivir la fraternidad, la libertad y la igualdad, en un proyecto laboral comunitario y liberador, sin amos y esclavos, iguales y corresponsables del trabajo que enaltece y no humilla, que libera y no esclaviza (Juan Pablo II, Laborem Exercens, 1981). ¡Qué alegría debían sentir estas mujeres viviendo esa experiencia, que hunde sus raíces en el humanismo del trabajo de Nazaret!, donde Jesús mismo “trabajó con manos de hombre” (GS 22).

 

Ese “agujero en el muro” no es para salirse de este mundo, sino para correr delante del mundo. Es abrir un boquete en el incipiente capitalismo, para vivir del trabajo, pero dignamente; para ser artesanas, pero con un corazón y unas manos libres; para vivir como mujeres con la dignidad que nace de su condición de hijas de Dios. No es rechazar la acción reivindicativa del sindicalismo naciente. Es apoyarla, no sólo con palabras, sino con una experiencia viva, palpable, realizable… de fraternidad y trabajo compartido. ¿Acaso no es esto lo que vino a decir la Encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII años más tarde?

 

Por otra parte, en aquel siglo de debates salmantinos, entre los pastores de la Iglesia diocesana y los intelectuales de nuestra Universidad, sobre la acogida de la modernidad y del pensamiento de la ilustración, esta mujer trazó una senda silenciosa de una fecundidad evangélica enorme, oculta a los ojos de entonces y que daría fruto más tarde. Y descubrió el camino de ser mujer trabajadora en su totalidad y de ser una creyente fiada únicamente del Padre Dios y de su Hijo, dejándose guiar por el Espíritu Santo. ¿Cómo no pensar al leer el pasaje de Ezequiel sobe el agujero en el muro, en el viaje de Bonifacia y de su madre hacia Zamora? Ciertamente, sí. El Señor “le hizo ser un signo para todos”.

 

¿No necesitaría nuestro mundo, hoy, ante el nuevo muro existente para la mujer trabajadora de la aldea global, esta experiencia tan viva y original de hacer un agujero para salir? ¿No puede servir este camino de Santa Bonifacia, y sus Talleres de Nazaret incipientes, como modelo para la liberación de la mujer obrera? Junto a otros hombres y otras mujeres, testigos vivos del Evangelio del trabajo, en medio del mundo laboral, con todo merecimiento, también ella, puede ser considerada Patrona de la mujer trabajadora. Lo creemos así.

 

 

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