EL CRISTO DE CABRERA “Ayer, hoy y siempre”

Amado Mateos Martín

Cabrera. Junio 2017

 

Hoy he vuelto a tu Ermita, Santo Cristo de Cabrera. He abierto tímidamente esta tu puerta santa y providencial que siempre nos espera y nos acoge, y me he quedado indeciso. Tú te has arrancado en seguida y has venido a por mí, con indulgencia y amor, desde esa desmedida y barroca hornacina donde nosotros, tan caprichosamente, te hemos puesto y Tú, siempre, te has dejado estar. Me has tomado cariñosamente de la mano y Tú mismo me has llevado contigo, sin ningún prejuicio ni miramiento. Yo, por mi parte, me he dejado llevar.

De pronto, como surgiendo de un profundo y remoto sueño, vuelvo a verte de nuevo en esa insulsa y pomposa hornacina de siempre y yo me veo -también como siempre- postrado ante Ti. Tú estás en silencio, pero mirándome. Yo estoy sorprendido y muy confuso, pero a la escucha. Todo está en calma.

¿Qué es lo que ha ocurrido, Señor y Dios de Cabrera, en tan solo un instante? ¿Por qué, precisamente ahora, es cuando empiezo a comprender un poco esta rara sensación que siempre he notado al entrar por esta puerta de tu Ermita? Ahora es cuando, de verdad, me doy cuenta de que eres Tú quien llena este templo y no al revés. Ahora puedo entender también lo que tantas y tantas veces he leído en tu Palabra pero siempre me ha dejado tan frío y distante: la gloria de Dios llena y envuelve el templo, lo inunda como un río. Ahora sí, Señor. Ahora sí. Ahora ya empiezo a comprenderlo.

En este sosiego, levanto y alzo una vez más hacia Ti, Bendito Cristo de Cabrera, estos mis ojos cansados y los pongo en tu talla imponente; busco y recorro con fe todo tu cuerpo sagrado, envejecido y amortizado de siglos, novenas, gozos y lágrimas, y empiezo a mirarte a la cara. Luego, de pronto, en la escasa penumbra que deja esta lámpara de aceite que tan puntualmente mantienen estas tus monjas del Carmelo, me fijo con detenimiento en tus ojos, tan desmesuradamente abiertos, contemplando todo tu rostro sereno. Aquí me aquieto y me calmo en tu múltiple y serena mirada y empiezo a sentir que, inmediatamente, se me vuelcan sobre la mesa de mis recuerdos, en tumultuoso desfile procesional, los muchos y ya venerables papeles-exvotos que, con tan singular devoción, recojo, escudriño, medito y conservo. Uno de ellos me engancha:

“ Fiona y Aitana ofrecen sus primeros zapatos al Cristo de Cabrera”

Esta votiva y primorosa leyenda escrita a mano y a tinta azul, lleva escrita, también a mano, con piadoso temblor, la siguiente fecha: 30-8-1992. También, como una cicatriz, lleva bien a las claras la huella del alfiler o imperdible que, sin duda alguna, la sujetaba humildemente a esos “primeros zapatos”.

Todavía me parece estarlos viendo, mirando y contemplando en aquel rudimentario y permanentemente atiborrado artilugio de madera, embutido en la cruda y manida pared de esta capilla izquierda de tu ermita que, por aquellos primeros años noventa, continuaba haciendo las veces de improvisada y expiatoria repisa de la que, persistentemente, colgaban tantos y tantos recuerdos y exvotos que tus fieles te traían con aquella bendita tenacidad campesina. Cada uno con su sencilla y confidencial leyenda e historia familiar. Cada uno, también, con su cruz y su gloria. ¡Cuántas caminatas nocturnas y cuántos rosarios de madrugada por estas veredas y senderos charros! ¡Tú, Cristo, bien lo sabes!

Aparece dicha leyenda, como en tantas otras ocasiones similares, en el reverso de un minúsculo y vulgar billete de compra realizada en un centro comercial de Dusseldorf, en Alemania, cuya fecha impresa dice: 14 APR. 1992.

Este es uno de esos papeles, entre tantos y tantos, que Tú, Cristo Bendito, bien sabes y tan amorosa y divinamente guardas en los agujeros de tus clavos y llagas.

A medida que va pasando el tiempo comienzo a percibir que el reloj de estas tus Monjas, en su tibio corredor del convento, suena y se escucha cada vez con más y más intensidad. Ya lo he notado en otras ocasiones. Es el paso riguroso e inflexible del tiempo.

“ Fiona y Aitana ofrecen sus primeros zapatos al Cristo de Cabrera”

****

Han pasado largos años. Hoy, como ayer, este Cristo de Cabrera y el trajín de las gentes por su Ermita sigue siendo toda una romería. Siempre lo será. Cada uno va y viene, cada uno regresa y vuelve, cada uno entra y sale cuando quiere y como quiere; sin pautas, sin normas, sin formularios ni protocolos. Cada uno viene con lo puesto y se va con lo que tiene a mano y con lo que El Cristo le da. ¡Esto sí que es una romería! ¡Bendita Romería!

Aquí, en lo más escueto e íntimo de la Ermita -en su simplicidad - todo parece estar en calma; pero no es así. Nunca ha sido así. Aparentemente el rigor y la austeridad del lugar arropan y envuelven pacífica y cándidamente la imponente imagen del Cristo; pero no es así. Nunca ha sido así. Aquí, en esta Ermita del Cristo, todo está “bulle que bulle”; siempre en silencio, pero siempre “bulle que bulle”.

Aquí, en esta recóndita geometría barroca de la hornacina del Cristo -en este tenso silencio espiritual- se enfrentan y se baten, cada día más y más, la más cruda realidad del hombre, sus esencias fundamentales, sus gritos y sus desgarradores silencios –su dignidad- contra todo el orden establecido y todos los protocolos humanos. ¡Es el hombre en toda su crujiente y mostrenca realidad!

Ahora mismo, en este preciso instante, tan temprano todavía y una vez más -como si hubiera necesidad de confirmarlo- acaba de entrar por el resquicio siempre entreabierto de esta puerta milagrosa, a trompicones y con sollozos, la ventolera de una mujer joven envejecida y vencida por la vida. Tú bien la ves, Señor. Y la conoces. Y sabes bien y mucho de ella. No tendrá más de treinta años pero aparenta otros tantos. ¡Las cornadas que le estará dando la vida! ¡No hay más que verla! ¡Pero aguanta! ¡Y cómo aguanta!

Todo su cuerpo enjuto y sus maternales entrañas deben estar borboteando. ¡Igual que parecen estarlo estos toros bravos que, hoy, ahora mismo también, no dejan de bramar y ‘turnear’ entre estas broncas bardas y carrascales de este pardo encinar que rodea y envuelve tu Ermita.

*****

Ya es un nuevo día y está empezando a caer la noche. Yo voy ya de regreso; apenas si se distingue la ermita. Siento algo raro y extraño. Llevo la corazonada de que alguien acaba de entrar en tu ermita, Bendito Señor y Dios de Cabrera. Noto, una vez más, el sostenido batir de su manoseada y prodigiosa puerta. Alguien entra, una vez más, atolondradamente y se vuelca en sollozos. No se oyen más que gemidos. Silencio y gemidos; rítmicamente; pausadamente.

Me detengo y, con cuidada cautela, me pongo a escuchar. Presiento que este último gemido y este torcaz arrullo de tórtolas y palomas que ahora estoy sintiendo, en esta hora crepuscular, mientras cae la noche en montaraz oración, se te van enroscando tozuda y pacientemente, en tus desnudas y manifiestas costillas, oh Cristo Bendito de Cabrera, apoderándose así de tus benditas y misericordiosas entrañas.

Me doy la vuelta y me pongo a caminar de nuevo. Voy seguro de que Tú escuchas. ¡Siempre escuchas! ¡Y respondes! Voy muy seguro de que también respondes. ¡Siempre respondes! A todos escuchas y a todos respondes. Yo lo sé ya de otras veces y por lo que me cuentan de Ti, tan a menudo, muchos de tus devotos. Todo tu rostro, hierático e impasible, aparentemente distraído e indiferente -solemne- siempre responde.

Caigo en la cuenta, Señor y Dios de Cabrera, que en el rutinario y caduco vaivén de los tiempos, en esta gran hora crepuscular de tu iglesia y del mundo, todo está cambiando. Solo Tú, Cristo Bendito, permaneces inmutable en esta estricta y escueta simetría de tu Ermita. Solo Tú eres siempre el mismo. ¡Ayer, hoy y siempre!

 

Amado Mateos Martín

Cabrera. Junio 2017.

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