La Tercera edición del Misal (IV)

Por Emilio Vicente de Paz, Delegado diocesano de Liturgia

 

El lugar del misal

El lugar propio del misal es el altar. Aquí se coloca, no al inicio de la misa – como se hacía en la liturgia preconciliar – sino en el momento de preparar las ofrendas, como dice el Ordinario de la Misa (n. 21). Y el misal se retira del altar cuando termina el rito de la comunión, a no ser que la oración después de la comunión se diga desde el altar, cosa poco frecuente. Lo habitual es que todo el rito de conclusión se haga desde la sede. Por lo tanto, el misal solo permanecerá sobre el altar mientras es utilizado en él, es decir, durante la liturgia eucarística (cf. OGMR 306). En los demás momentos de la celebración – ritos iniciales, liturgia de la palabra y ritos de conclusión – el misal estará en la credencia (mesa auxiliar situada en algún lugar del presbiterio cerca del altar) salvo que en los ritos iniciales y finales no se emplee el libro de la sede sino el mismo misal.

Fuera de la celebración, el misal se guardará en la sacristía, en un lugar cerrado para evitar su deterioro por la humedad, la luz o los insectos. Sin embargo, teniendo en cuenta que es un libro de oración, conviene que se le dé también este uso, tanto individualmente como en grupo. Leyendo, meditando y orando con el misal, tanto el sacerdote como los otros ministros que suelen intervenir (lectores, equipo de liturgia, etc.) e incluso el pueblo, se podrán preparar mejor espiritualmente para vivir el año litúrgico y cada una de las celebraciones.

 

Precisiones sobre el rito de la paz

 

La liturgia romana ha colocado tradicionalmente el rito de la paz entre el Padrenuestro y el Cordero (Ordinario de la Misa, 147-149). Aparece así como el “beso pascual” de Cristo resucitado presente en el altar, del mismo modo que después de la resurrección se presentó en medio de los Doce diciendo “Paz a vosotros” (cf. Lc 24, 36; Jn 20, 19.26). El don de la paz de Cristo es complementado con el gesto que intercambian los fieles entre sí, generalmente un apretón de manos, como signo de paz, de comunión y de caridad.

El centro y esencia de este rito son, por lo tanto, las palabras del sacerdote dirigidas a Cristo en forma de oración que pide la paz para la Iglesia, “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles… concédele la paz y la unidad” y el gesto del sacerdote extendiendo los brazos y diciendo: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”. El signo de paz que después intercambian los fieles, en cambio, no es obligatorio sino optativo: “Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade: Daos fraternalmente la paz” (Ordinario de la Misa, n. 149). Podría ser oportuno omitir el signo cuando hay mucha aglomeración, o cuando los fieles están excesivamente dispersos, o en Cuaresma, cuando se quiere resaltar su significado pascual reservándolo para este tiempo.

Algunas exageraciones al realizar el gesto de la paz podrían oscurecer los aspectos que son realmente importantes. Por eso en la tercera edición del misal, igual que en las anteriores, no se señala un “canto para la paz”, que nunca ha existido en el rito romano, y se han introducido algunas matizaciones que no disminuyen el valor del gesto sino que lo realzan y dignifican: “Conviene que cada uno exprese sobriamente la paz solo a quienes tiene más cerca” (OGMR 82). “El sacerdote puede dar la paz a los ministros, pero siempre permaneciendo dentro del presbiterio para no perturbar la celebración. Haga lo mismo si, por alguna causa razonable, desea dar la paz a algunos pocos fieles” (OGMR 154). Cuando se entiende bien el significado del signo, se comprende que darse la paz no es ocasión para felicitar a los recién casados ni para expresar condolencias a los familiares de un difunto, etc.

En el caso de que se haga el signo de la paz, la anterior edición del misal no indicaba si los fieles se decían algo al saludarse. En la tercera edición ya se explica con qué palabras se puede hacer: “Mientras se da la paz puede decirse: ‘La paz del Señor esté siempre contigo’, a lo que se responde: ‘Amén’.” (OGMR 154).

Por último, alargar demasiado el rito de la paz va en detrimento de la fracción del pan, un rito tan importante que en la Iglesia primitiva daba nombre a la eucaristía (cf. Hch 2, 42). La fracción debe hacerse cuando ha terminado el rito de la paz, de modo que todos puedan ver cómo el sacerdote parte el pan, mientras cantan o dicen “Cordero de Dios”.

 

Esta página ha sido actualizada el  03/07/2017

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