Homilía en la celebración de Apertura de la Puerta Santa de la Misericordia Domingo III de Adviento. (13.12.2015)

Iniciamos con esta celebración de apertura de la Puerta Santa en nuestra Catedral el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Es un tiempo de gracia en el cual la Iglesia, a través del Papa Francisco, nos llama con más intensidad a tener la mirada fija en la misericordia del Padre para poder ser también nosotros “Misericordiosos como el Padre”.

La peregrinación hacia la Puerta Santa, que es símbolo de Cristo, es un signo peculiar en el Año Santo; y con ella hemos comenzado esta celebración. Para llegar a la meta de la Puerta Santa y alcanzar la gracia de la misericordia, cada uno deberá realizar una peregrinación. Es un camino físico y espiritual, que requiere decisión firme y sacrificio, y es un estimulo y preparación a la conversión.

El apóstol Pablo nos ha exhortado con insistencia a vivir siempre alegres en el Señor y a dar testimonio de la mesura, la serena confianza y la paz que Dios nos regala en Cristo Jesús. Este programa de vida nos lo hace actual hoy el Jubileo de la Misericordia, pues en esta celebración somos llamados a experimentar una vez más que recibir la misericordia salvadora de Dios y ofrecerla al hermano es fuente de alegría, de serenidad y de paz.

La contemplación de la bondad y ternura de Dios y nuestro ejercicio de la misericordia, en el Año Santo que hoy iniciamos, vienen a iluminar y fortalecer el proceso de renovación evangélica que estamos viviendo en la Asamblea diocesana. ¡Cómo deseo que el Jubileo y la Asamblea nos muevan a salir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios!

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre; y es el camino y la puerta hacia el Padre. Nadie va al Padre sino por Él.

La misericordia de Dios se ha hecho vida visible y ha alcanzado su culmen de manifestación en la “plenitud del tiempo” (Gal 4,4), cuando Dios envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.

Jesús ha recibido del Padre la misión de revelar el misterio de Dios: que “ Dios es amor” (1 Jn 4,8.16). Y lo revela con su palabra, con su acción y con toda su vida. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.” (MV 8).

Con la mirada fija en el rostro de Jesús podemos experimentar el amor misericordioso del Padre (cf. MV 8). Meditando su enseñanza en las parábolas de la misericordia - la oveja perdida, la moneda extraviada y el padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32) - reconocemos a Dios como un Padre que encuentra su mayor alegría cuando logra que sus hijos experimenten su misericordia y su perdón, y sientan sanadas las heridas en la relación con Él y con los hermanos.

La alegría del pastor y de la mujer de la parábola, que sienten necesidad de compartir con los amigos y vecinos, es imagen de la alegría del Padre celestial por la conversión de cada hijo pecador que se convierte a la intimidad de amor con Él. Pero las imágenes utilizadas, la oveja y el hijo, obligan a una diversa forma de narrar la participación en la alegría del Padre. En la parábola del hijo, que tomó la libre decisión de marcharse de la casa del Padre y de volver arrepentido a ella, queda reflejada su participación en la alegría del Padre y de su casa, significada en la fiesta familiar preparada por el Padre para celebrar su vuelta. En cambio, la parábola del pastor y la oveja perdida refleja únicamente en todo el relato la iniciativa del pastor: su búsqueda de la oveja extraviada, el cuidado de su acogida sobre sus hombros, la alegría de su reintegración al rebaño en la propia cija. La oveja no es capaz de decisión libre ni de alegría compartida en relación personal con el pastor, figura del Padre. Algo semejante se refleja en la parábola de la mujer que encuentra la moneda perdida. El acento se pone en la acción de Dios y en la alegría de Dios, al encontrar lo que ama como suyo; en especial, la oveja cuyo bien le importa, por la que está dispuesto a dar la vida. De hecho, Jesús se presentó como el buen pastor que da la vida por sus ovejas, que hace participes a sus ovejas de su misma vida. Por ello, Jesús no sólo sale a buscarnos y nos lleva sobre sus hombros a la casa del Padre. Jesús nos introduce siempre de nuevo en su propia intimidad de vida con el Padre por la puerta siempre abierta de su costado traspasado en la cruz por nuestro amor, para llevarnos al gozo del abrazo misericordioso del Padre. Esta es la finalidad de la misericordia: suscitar un anhelo profundo de identificación con Jesucristo y de conversión a la comunión de amor con Dios y con los hermanos.

Para ello Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se da en comida en el banquete de la misericordia del Padre.

La Eucaristía es el sacramento del sacrificio redentor de Cristo, el memorial de la entrega de su vida en la cruz para el perdón de los pecados. La comunión con Cristo en la Eucaristía nos hace posible comprender y vivir la misericordia no solo como cualidad propia del obrar del Padre y del Hijo para nuestra salvación, sino también como rasgo distintivo y criterio para saber quiénes son realmente los verdaderos hijos y discípulos de Jesús. Porque a nosotros en primer lugar se nos ha acogido con misericordia, tenemos que vivir en la misericordia y ser testigos de la misericordia. El perdón de las ofensas es el medio puesto en nuestras manos frágiles para alcanzar la paz y la serenidad del corazón y para vivir felices. Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia´ (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo” (MV 9).

La Iglesia, que ha sido la primera en recibir la misericordia salvadora de Dios en Jesucristo, tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, con la palabra y el testimonio de vida. Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (MV 12).

Llevar a los hombres de nuestro tiempo a la experiencia del perdón es liberarlos de una forma de vida infecunda y estéril, en el desierto espiritual en el que con frecuencia se encuentran. Pero la experiencia de la misericordia sólo es posible a los humildes. Sólo puede estar abierto a acoger la misericordia quien reconoce la verdad de su fragilidad moral y se siente necesitado de perdón. El hombre encerrado en su autosuficiencia no puede comprender ni aceptar su necesidad de ser tratado con misericordia; más bien reclamará derechos y ser tratado con justicia. La misericordia le parecerá humillación y servidumbre indigna del hombre llegado a la plena conciencia de su autonomía. Y esta misma actitud le impide aceptar la llamada a la conversión que la misericordia lleva consigo.

Frente a este clima cultural de autosuficiencia, nuestra experiencia gozosa del perdón misericordioso de Dios nos hace sentir la urgencia de su anuncio y testimonio al hombre de hoy. Y el Papa Francisco nos reafirma al insistir en que “ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón… El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza” (MV 10).

Misericordiosos como el Padre

La forma de vivir con autenticidad este Año Jubilar es ser Misericordiosos como el Padre. Tal es el lema que el Papa Francisco ha asignado a este Jubileo y que corresponde a la enseñanza de Jesús que nos refiere el Evangelio de Lucas: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz, que es propuesto por Jesús a cuantos escuchan su voz (cf. Lc 6, 27). Y su mismo texto y contenido implica que para ser misericordiosos necesitamos primero ponernos a la escucha de la Palabra de Dios, que nos muestre la misericordia del Padre y nos enseñe a acogerla en el silencio de la meditación y a asumirla como estilo propio de vida (cf. MV 13.14). Y, en concreto, el Año Jubilar es una llamada a redescubrir la práctica de las obras de misericordia, corporales y espirituales.

La Iglesia nos ofrece “un Año Santo extraordinario para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. De su costado abierto en la cruz corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente de agua viva, símbolo de su Espíritu vivificante, nunca podrá agotarse. Cada vez que alguien tenga necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin.

María, Madre de la Misericordia.

Encomendamos este Año Jubilar a la intercesión de la Virgen María, “la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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