Homilía en la apertura del octavo Centenario de la Orden de Predicadores Iglesia de San Esteban, de Salamanca. (Día 15 de noviembre de 2015)

 

En el Día de la Iglesia diocesana, al final del año litúrgico, iniciamos la celebración del octavo Centenario de la fundación de la Orden de Predicadores. Es una providencial coincidencia, que nos ayuda a valorar el tesoro de verdad evangélica y de acción apostólica que ha representado la presencia de los Dominicos en la Diócesis de Salamanca, en la ciudad y en el Santuario de la Virgen de la Peña de Francia, durante siglos. Por ello, iniciamos este Centenario en íntima comunión con la Orden de Predicadores, como Centenario también diocesano, y en acción de gracias a Dios con un solo corazón.

 

La salvación anunciada en la profecía de Daniel se ha realizado en Cristo. Él ofreció por los pecados para siempre el único sacrificio de su vida. Sentado a la derecha del Padre, espera el tiempo que falta hasta llevar a la perfección y la salvación final a sus elegidos, a los que van siendo consagrados, a los inscritos en el libro de la vida. Ellos despertarán del polvo para la vida perpetua, porque vivieron y enseñaron a otros el camino de la justicia. Estos son los sabios que brillarán con la luz de Cristo por toda la eternidad e iluminarán la búsqueda de los que transitan los caminos de la historia hacia el encuentro con el Señor, que viene en gloria el día y la hora que solo el Padre conoce.

 

La historia del cristianismo nos muestra que los santos son los guías luminosos de nuestro camino hacia Dios y los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos están profundamente renovados en contacto con la presencia de Dios en el mundo.

 

Es una consoladora realidad que en cada generación nacen santos y renuevan la Iglesia en medio de las dificultades de su camino. Así sucedió también en el siglo XIII con san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán, fundadores respectivos de la Orden de los Frailes Menores y la Orden de Predicadores, franciscanos y dominicos. Estas órdenes fueron llamadas mendicantes por su característica de “mendigar”, es decir, de recurrir humildemente al apoyo económico de la gente para vivir el voto de pobreza y cumplir su misión evangelizadora.

 

San Francisco y santo Domingo tuvieron la capacidad de leer con inteligencia “los signos de los tiempos”, intuyendo los desafíos que debía afrontar la Iglesia de su época.

 

Un primer desafío era la expansión en Italia y Francia de varios grupos y movimientos de fieles que, a pesar de estar impulsados por un legítimo deseo de auténtica vida cristiana, se situaban a menudo fuera de la comunión eclesial.

 

En profunda oposición a la Iglesia rica y hermosa que se había desarrollado con el florecimiento del monaquismo, los movimientos llamados “pauperísticos” criticaban ásperamente el modo de vivir de los obispos, sacerdotes y monjes de aquel tiempo, acusados de haber traicionado el Evangelio y de no practicar la pobreza como los primeros cristianos. Contra esta Iglesia se contrapuso la idea de que Cristo vino a la tierra pobre y que la verdadera Iglesia debería ser precisamente la Iglesia de los pobres.

 

En este contexto de rechazo de la Iglesia rica y de búsqueda del ideal de la pobreza, el movimiento de los cátaros o albigenses, en el sur de Francia, difundió doctrinas incompatibles con la fe católica. Convirtieron la oposición a la riqueza en desprecio de la realidad material en cuanto tal y volvieron a proponer la antigua herejía del dualismo, la existencia de un segundo principio del mal equiparado a Dios. Del principio del mal procedería toda la realidad material; en consecuencia, rechazaban el matrimonio, la encarnación de Cristo y los sacramentos, la resurrección de los cuerpos y la voluntad libre.

 

Los Franciscanos y los Dominicos mostraron que era posible vivir la pobreza evangélica, y toda la verdad del Evangelio, sin separarse de la Iglesia; mostraron que la Iglesia sigue siendo el lugar verdadero, auténtico, del Evangelio y de la Escritura. Más aún, santo Domingo y san Francisco sacaron la fuerza de su testimonio precisamente de su íntima comunión con la Iglesia y con el papado.

 

El nuevo estilo de vida personal y comunitaria de las órdenes mendicantes fue muy apreciado por los pontífices de la época, que apoyaron estas nuevas formas de vida religiosa, reconociendo en ellas la voz del Espíritu. Y gracias a ellas volvieron a la comunión eclesial algunos grupos pauperísticos, o se fueron reduciendo hasta llegar a desaparecer.

 

Otro gran desafío eran las transformaciones culturales que estaban teniendo lugar en ese periodo. Nuevas cuestiones avivaban el debate en las Universidades, que nacieron a finales del siglo XII. Franciscanos y Dominicos no dudaron en asumir también esta tarea y, como estudiantes y profesores, entraron en las Universidades más famosas de su tiempo, erigieron centros de estudio, produjeron textos de gran valor, dieron vida a auténticas escuelas de pensamiento, fueron protagonistas de la teología escolástica en su mejor período e influyeron significativamente en el desarrollo del pensamiento. El franciscano san Buenaventura y el dominico santo Tomás de Aquino son los mejores modelos de aquella renovación cultural.

 

Con su vida evangélica y su compromiso cultural los Franciscanos y Dominicos fueron testigos y maestros. Y así gozaron de autoridad moral para satisfacer de forma adecuada la exigencia generalizada de instrucción religiosa de los fieles. No pocos fieles laicos, que vivían en las ciudades, en vías de gran expansión, deseaban practicar una vida cristiana espiritualmente intensa. Por tanto, trataban de profundizar en el conocimiento de la fe y de ser guiados en el arduo pero fascinante camino de la santidad. Las órdenes mendicantes supieron percibir esta necesidad y se dedicaron con gran celo a la predicación del Evangelio. Y eran muy numerosos los fieles que se reunían en las iglesias y en lugares al aire libre para escuchar a los predicadores. Se trataban temas cercanos a la vida de la gente, sobre todo la práctica de las virtudes teologales y morales, con ejemplos concretos, fácilmente comprensibles. Además, se enseñaban formas para alimentar la vida de oración y la piedad. Por ejemplo, los Franciscanos difundieron mucho la devoción a la humanidad de Cristo, con el compromiso de imitar al Señor.

 

No sorprende entonces que fueran numerosos los fieles, mujeres y hombres, que elegían ser acompañados en el camino cristiano por frailes Franciscanos y Dominicos, directores espirituales y confesores buscados y apreciados. Nacieron así asociaciones de fieles laicos que se inspiraban en la espiritualidad de san Francisco y santo Domingo, adaptada a su estado de vida. Se trata de la Orden Tercera, tanto franciscana como dominicana. Por esta vía, la propuesta de una “santidad laical” atrajo a muchas personas.

 

Así la importancia de las órdenes mendicantes creció tanto en la Edad Media que instituciones laicales como las organizaciones de trabajo, las antiguas corporaciones y las propias autoridades civiles, recurrían a menudo a la consulta espiritual de los miembros de estas órdenes para la redacción de sus reglamentos y, a veces, para solucionar sus conflictos internos y externos. Los Franciscanos y los Dominicos se convirtieron en los animadores espirituales de la ciudad medieval. Con gran intuición, pusieron en marcha una estrategia pastoral adaptada a las transformaciones de la sociedad. Dado que muchas personas se trasladaban del campo a las ciudades, ya no colocaron sus conventos en zonas rurales, sino en las urbanas. Además, para llevar a cabo su actividad en beneficio de las almas, era necesario trasladarse según las exigencias pastorales. Por ello, las Órdenes mendicantes tomaron la novedosa decisión de abandonar el principio de la estabilidad, clásico del monaquismo antiguo, para elegir como forma de vida el traslado de un lugar a otro para predicar, con fervor misionero. Además, se dieron una nueva forma de organización interna. En lugar de la tradicional autonomía de la que gozaba cada monasterio, dieron mayor importancia a la Orden en cuanto tal y al superior general, como también a la estructura de las provincias. Así los mendicantes estaban más disponibles para las exigencias de la Iglesia universal. Y se favoreció el envío de los frailes más adecuados para el desarrollo de misiones específicas. De hecho, las órdenes mendicantes llegaron al norte de África, a Oriente Medio y al norte de Europa. Con esta nueva organización se renovó el dinamismo misionero.

 

Santo Domingo de Guzmán nació en España, en Caleruega, en torno al año 1170. Pertenecía a una noble familia de Castilla la Vieja y, con el apoyo de un tío sacerdote, se formó en una célebre escuela de Palencia. Se distinguió en seguida por el interés en el estudio de la Sagrada Escritura y por el amor a los pobres, hasta el punto de vender los libros, que en su tiempo constituían un bien de gran valor, para socorrer, con lo obtenido, a las víctimas de una carestía.

 

Ordenado sacerdote, fue elegido canónigo del cabildo de la catedral en su diócesis de origen, Osma. Y Domingo asumió este oficio como un servicio que debía prestar con entrega y humildad.

El obispo de Osma, pastor auténtico y celoso, notó muy pronto las cualidades espirituales de Domingo, y quiso contar con su colaboración. Juntos se dirigieron al norte de Europa, para realizar misiones diplomáticas que les había encomendado el rey de Castilla. Durante el viaje, Domingo se dio cuenta de dos enormes desafíos que debía afrontar la Iglesia de su tiempo: la existencia de pueblos aún sin evangelizar, en los confines septentrionales del continente europeo, y la acción de los grupos herejes en el sur de Francia. Así, la acción misionera hacia quienes no conocían la luz del Evangelio, y la obra de nueva evangelización de las comunidades cristianas se convirtieron en las metas apostólicas que Domingo se propuso conseguir. Y fue el papa quien pidió a Domingo que se dedicara a la predicación a los albigenses.

 

Domingo aceptó con entusiasmo esta misión, que llevó a cabo precisamente con el ejemplo de su vida pobre y austera, con la predicación del Evangelio y con debates públicos. A esta misión de predicar la buena nueva dedicó el resto de su vida. Sus hijos realizarían también los demás sueños de santo Domingo: la misión a aquellos que aún no conocían a Jesús, y la misión a quienes vivían en las ciudades, sobre todo las universitarias, donde las nuevas tendencias intelectuales eran un desafío para la fe de los cultos.

 

A Domingo de Guzmán se asociaron después otros hombres, atraídos por la misma aspiración. De esta forma, progresivamente, desde la primera fundación en Tolosa, tuvo su origen la Orden de Predicadores. En efecto, Domingo, en plena obediencia a las directrices de los papas de su tiempo, Inocencio III y Honorio III, adoptó la antigua Regla de san Agustín, adaptándola a las exigencias de la vida apostólica, que lo llevaban a él y a sus compañeros a predicar trasladándose de un lugar a otro, pero volviendo después a sus propios conventos, lugares de estudio, oración y vida comunitaria. De modo especial, Domingo quiso dar relevancia a dos valores que consideraba indispensables para el éxito de la misión evangelizadora: la vida comunitaria en la pobreza y el estudio. La verdad de Dios estudiada, compartida en la caridad con los hermanos y predicada con celo era el origen de la alegría de Domingo y de sus frailes predicadores.

 

Domingo de Guzmán quiso que sus seguidores adquirieran una sólida formación teológica y los envió a las Universidades de la época. Las constituciones de la Orden de Predicadores dan mucha importancia al estudio como preparación al apostolado de la predicación. Domingo quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reservas, con diligencia y piedad; un estudio fundado en la Sagrada Escritura y respetuoso de las preguntas planteadas por la razón.

 

Al fundar una Orden religiosa de predicadores-teólogos, Domingo nos recuerda que la teología tiene una dimensión espiritual y pastoral, que enriquece el alma y la vida. Y que se puede encontrar una profunda “alegría interior” al contemplar la belleza de la verdad que viene de Dios, verdad siempre actual y siempre viva. El lema de los Frailes Predicadores -contemplata aliis tradere- nos ayuda a descubrir, además, un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de esa verdad, por la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia contemplación.

 

Cuando Domingo murió, en 1221, en Bolonia, la ciudad que lo declaró su patrono, su obra ya había tenido gran éxito. La Orden de Predicadores, con el apoyo de la Santa Sede, se había difundido en muchos países de Europa en beneficio de toda la Iglesia. Ya en el año 1222 se establecieron los dominicos en la ciudad de Salamanca, atraídos por su Universidad, que había sido fundada en 1218.

 

Santo Domingo fue canonizado en 1234. Y él mismo, con su santidad, nos indica dos medios indispensables para que la acción apostólica sea eficaz. Primero, la devoción mariana, que cultivó con ternura y que dejó como herencia preciosa a sus hijos espirituales, los cuales en la historia de la Iglesia han tenido el mérito de difundir la oración del santo rosario. En segundo lugar, la oración de intercesión por el éxito del trabajo apostólico; y así lo mostró al hacerse cargo de algunos monasterios femeninos en Francia y en Roma. Desde el origen de la Orden, la oración de las monjas dominicas de clausura acompaña eficazmente la acción apostólica de los frailes predicadores. Así lo expresa en Salamanca desde antiguo la cercanía de los conventos de las Dueñas y de San Esteban.

 

Santo Domingo fue un hombre de oración que integró con armonía la contemplación de los misterios divinos y la actividad apostólica. “Hablaba siempre con Dios o de Dios” Enamorado de Dios, no tuvo otra aspiración que la salvación de las almas, especialmente de las que habían caído en las redes de las herejías de su tiempo. En todo momento la oración fue la fuerza que renovó e hizo cada vez más fecundas sus obras apostólicas. Vivió con gran intensidad la meditación personal, leyendo un libro o fijando la mirada en el crucificado, y no se ponía límites de tiempo ni de lugares en el coloquio con Dios.

 

El Centenario que hoy inauguramos nos llama a asumir con renovado afán las actitudes originarias del carisma fundacional y a darles expresión concreta en las circunstancias de nuestro tiempo tan diverso. La tarea de discernir en la meditación y el estudio las formas de llevar a cabo hoy día con el mayor fruto la Predicación del Evangelio es un buen ejercicio espiritual, personal y comunitario, para este año jubilar. Que el Señor os acompañe con la luz y la fortaleza de su Santo Espíritu.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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