Homilía en la Eucaristía de Clausura del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús Alba de Tormes, 15. 10. 2015
Foto: Manuel M. Cruz

 

El Señor nos ha convocado en Alba de Tormes para clausurar con la celebración de la Eucaristía el Año Jubilar del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, nuestra Patrona diocesana. Sed todos bienvenidos. Agradezco vuestra presencia y os saludo con afecto fraternal. Manifestamos nuestra gratitud a los miembros de la Comisión Diocesana, y a los Párrocos y Padres Carmelitas de Alba de Tormes, por el generoso y fructífero trabajo realizado durante el Año Jubilar.

 

Nos sentimos en comunión espiritual con las hermanas Carmelitas Descalzas de los Monasterios de Alba de Tormes, Cabrerizos, Ledesma, Peñaranda de Bracamonte, Mancera de Abajo y Cabrera, así como con las restantes comunidades de hermanas de vida contemplativa de nuestra diócesis.

 

Os invito a entrar en un diálogo de amor con aquel que sabemos nos ama (Cf. Vida 8,5), para darle gracias por la renovación espiritual y el aliento apostólico que ha suscitado en nosotros, en este tiempo Jubilar y de Asamblea diocesana, mediante el testimonio de vida, la enseñanza y la intercesión de Santa Teresa de Jesús. Sea el Espíritu Santo el actor principal en esta celebración.

 

Nuestra acción de gracias se alimenta hoy en la memoria de la enseñanza espiritual que la Santa Doctora nos ha ido acercando durante el Año Jubilar que hoy concluye.

 

1. Teresa nos ha enseñado a buscar a Dios en la oración

 

Teresa nos ha dado testimonio de la búsqueda de Dios desde su infancia: “Como veía los martirios que por Dios los santos pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios, y deseaba yo mucho morir así” (Vida 1,5). Y ya en la edad de madurez espiritual manifestó: “¡Oh hermanas mías, que no es nada lo que dejamos ni es nada cuanto hacemos ni cuanto pudiéremos hacer por un Dios que así se quiere comunicar a un gusano! Y si tenemos esperanza de aun en esta vida gozar de este bien, ¿qué hacemos?¿en qué nos detenemos? ¿qué es bastante para que un momento dejemos de buscar a este Señor como lo hacía la esposa por barrios y plazas” (VI Moradas 4, 9-10). “No hayáis miedo os deje morir de sed el Señor, que nos llama a que bebamos de esta fuente” (Camino 23, 5) “hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida” (Camino 21,2). Y expresó su anhelo en forma poética: “Cuán triste es, Dios mío, la vida sin Ti, ansiosa de verte deseo morir” (Poesía 10, “ayes del destierro”). En el lecho de muerte expresó con gozosa paz su esperanza: “es hora de que nos veamos”.

 

Teresa nos ha enseñado que la oración es “la puerta para entrar en este castillo” (I Moradas 1,7) de nuestra alma, donde el Señor “tiene sus deleites” (I M 1,1). Y es la fuente donde beben los “amigos fuertes de Dios” (Vida 15,5), tan necesarios en “tiempos recios” (Vida 33,5) para sustentar a los flacos. Para orar “no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho” (IV Moradas 1, 7). La oración es un camino de conocimiento de sí mismo (I Moradas 2, 9) y de amistad con el Señor, “compañero” y “amigo verdadero”, con quien “todo se puede sufrir”, pues siempre “es ayuda y da esfuerzo; nunca falta” (Vida 22, 6).

 

Teresa ha aprendido y nos ha enseñado que buscar a Dios es siempre fijar la mirada en Cristo. Él mira primero al hombre, espera nuestra mirada y desea nuestra compañía: "Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras. Haos sufrido mil cosas feas y abominaciones contra Él y no ha bastado para que os deje de mirar; ¿y es mucho que, quitados los ojos de estas cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos. Como le quisiereis, le hallareis" (Camino 26,3).

 

A los que quieren ser espirituales de veras les dice: "poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco" (VII Moradas 4, 9), porque "todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en vos” (Camino 16,11), "porque es bien estéis mirando con quien habláis” (Camino 22,1). La oración es también un intercambio de miradas; el que rece esté “viendo que” “mirándole está” (Vida 8, 2; 11, 10). Y "se esté allí con Él, acallado el entendimiento. Si pudiere ocuparle en que mire que le mira" (Vida 13,22).

 

Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia si, pero la oración es el camino seguro. Dejarla es perderse. Seguirla con determinación es garantía de vivir la fidelidad “¡para siempre, siempre, siempre!” (Vida 1,5) en una cultura de lo provisional; es alimento de la fecundidad de un corazón enamorado en un mundo sin esperanza; y es fuente de liberación interior, que nos hace testigos alegres de que “sólo Dios basta” en una sociedad llena de ídolos.

 

 

2. Teresa nos ha exhortado a poner a Cristo en el centro

 

Teresa nos ha contado cómo vivió su proceso espiritual de identificación creciente con Jesús, a partir de su conversión definitiva: “Entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar… Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.” (Vida 9, 1). En la humanidad de Jesucristo ha experimentado ella la revelación plena del amor de Dios, amigo de los hombres que vive y trata con ellos.

 

Teresa busca a Cristo en la oración y se define como Teresa de Jesús. Y Cristo responde dándose el nombre de Jesús de Teresa. Cristo entra en la vida de Teresa como un Amor que transforma su persona. Y Teresa confiesa que anhela tener a Cristo en el centro de su vida: "Había sido yo tan devota toda mi vida de Cristo… y así siempre tornaba a mí costumbre de holgarme con este Señor, en especial cuando comulgaba. Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como quisiera…" (Vida, 22,4). Teresa ha experimentado que puede “tratar (con Cristo) como con amigo, aunque es Señor" (Vida 37, 6).

 

Y en el trato en la oración con el Amigo, recibe Teresa la revelación de Jesús como su Libro Vivo. En un momento de inquietud, porque se le ha prohibido el acceso a los libros de espiritualidad que eran su alimento diario, el Señor dijo a Teresa: “No tengas pena, que yo te daré libro vivo”. Y continúa explicando la Santa: “Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja impreso lo que se ha de leer y hacer de manera que no se puede olvidar! ¿Quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y desee? ¿Quién ve algo de la gloria que da a los que le sirven que no conozca que es todo nonada cuanto se puede hacer y padecer, pues tal premio esperamos” (Vida, 26, 6).

 

En su autobiografía espiritual, el Libro de la Vida, va confesando Teresa las muestras de amor que recibe del Señor. Al narrar cómo el ángel mete en su corazón el dardo de fuego, confiesa que le “dejaba toda abrasada en amor grande de Dios” y explica “ni se contenta el alma con menos que Dios…”. (Vida, 29, 13). En otra ocasión recibe Teresa esta declaración de amor: “Ya eres mía y Yo soy tuyo”. A lo que ella responde: “¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos?” (Vida 39, 21). Y el Señor revela también a Teresa su predilección al hacerle comprender las verdades de la Escritura: “No es poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho me debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad; no faltará ni una tilde de ella”. Teresa comenta: “A mi me pareció que siempre yo había creído esto, y que todos los fieles lo creían”. Y añade que el Señor le dijo: “¡Ay, hija mía, qué pocos me aman con verdad!, que si me amasen, no les encubriría yo mis secretos. ¿Sabes que es amarme con verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a Mí.” (Vida 40, 1).

 

En el largo trato de amor en la oración, Teresa ha ido poniendo cada vez más a Jesús en el centro de su vida, como raíz y cimiento. En la oración ha ido experimentando la morada de la Trinidad en el castillo interior de su alma; ha sentido a Cristo Amigo, con el que vive sin vivir en sí, como fuera de sí, pero encontrando en él toda la plenitud de su vida en una identificación de amor, compartiendo sus dolores y su gloria; ha conocido la plena verdad de la Escritura y que nada es verdad que a Cristo le desagrade; ha recibido la gracia del matrimonio espiritual y ha oído de labios de Jesús esta declaración: “Ya sabes el desposorio que hay entre ti y Mí, y habiendo esto, lo que Yo tengo es tuyo, y así te doy todos los trabajos y dolores que pasé y con esto puedes pedir a mi Padre como cosa propia”; la Santa comenta: “La amistad con que se me hizo esta merced, no se puede decir aquí… y desde entonces miro muy de otra suerte lo que padeció el Señor, como cosa propia, y dame gran alivio” (Cuentas de conciencia 50).

 

3. Teresa nos ha enseñado a ser apóstoles en la Iglesia

 

La experiencia mística hizo a Teresa de Jesús capaz de afrontar las dificultades apostólicas de su tiempo con la decisión de “hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo.” (Camino 1,2). Pues Teresa esta convencida de que “para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo” (Fundaciones 4, 6). Como resultado de esta determinación Teresa se sintió llamada a fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del "colegio apostólico", siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria apostólica. “Hermanas, para esto os juntó aquí el Señor” (Camino 2,5) y tal fue la promesa: “que Cristo andaría con nosotras” (Vida 32,11). Con su compañía pueden “andar alegres sirviendo” (Camino 18, 4) y “alegrarse que se alegren todos“ (Camino 30,5).

 

Andar juntos y alegres con Cristo como hermanos es una hermosa descripción del ser hijos de la Iglesia. ! Para ello recomienda Teresa de Jesús simplemente tres cosas: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que “aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas” (Camino 4, 4). La verdadera unión con la voluntad del Señor es “forzar vuestra voluntad para que se haga en todo la de las hermanas, aunque perdáis de vuestro derecho, y olvidar vuestro bien por el suyo… y procurar tomar trabajo por quitarle al prójimo, cuando se ofreciere. No penséis que no ha de costar algo… Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz” (V Moradas 3,12).

 

El ejemplo de Teresa nos estimula hoy a orar más para comprender bien lo que pasa a nuestro alrededor y así ser mejores testigos del Evangelio. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas. En efecto, el alma adonde el Señor está como esposo amado tiene olvidado su descanso y nada se le da de su honra y de querer ser tenida en algo, “porque si ella está mucho con él, como es razón, poco se debe de acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras.” (VII Moradas 4, 6). Y, cuando el mundo está ardiendo y se vuelve a sentenciar a Cristo y se pone su Iglesia por el suelo, “no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Camino 1,5).

 

En su vida espiritual y en la fundación de conventos Teresa se sabe siempre en camino; y así lo expresa a punto de morir: “¡Ya es tiempo de caminar”! “Por fin, muero Hija de la Iglesia”. Caminar y morir como hija de la Iglesia es una síntesis de su vida. Y es un luminoso ejemplo para nosotros.

 

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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