Iglesia, servidora de los pobres (III)

 

Concluimos la síntesis de los contenidos de la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, publicada el día 24 de abril.

 

3. PRINCIPIOS DE DOCTRINA SOCIAL QUE ILUMINAN LA REALIDAD

 

3.1. La dignidad de la persona. La primacía en el orden social la tiene la persona. La economía está al servicio de la persona y de su desarrollo integral. El hombre no es un instrumento al servicio de la producción y del lucro.

 

3.2. El destino universal de los bienes. En una cultura que excluye y olvida a los más pobres, es urgente recordar que la Doctrina Social de la Iglesia ha afirmado claramente el destino universal de los bienes. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, la propiedad privada no es un derecho absoluto; y sobre ella grava una hipoteca social.

 

3.3. Solidaridad, defensa de los derechos y promoción de deberes.

La solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas ni la mera realización de actos esporádicos de generosidad. Es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

 

3.4. El bien común. El bien común es una exigencia moral de la caridad e implica el deber de cuidar y hacer que se ordenen al desarrollo integral del hombre las instituciones que estructuran la vida social en su dimensión jurídica, civil, política, cultural y religiosa.

 

3.5. El principio de subsidiariedad. Este principio garantiza a los cuerpos sociales intermedios el desarrollo de sus funciones propias, sin ser anulados por el Estado u otras instancias de orden superior.

 

3.6. El derecho a un trabajo digno y estable. La política más eficaz para lograr la integración, el progreso y el orden social, así como el desarrollo integral de las personas, es la creación de empleo digno y estable. Benedicto XVI llamó a una coalición mundial a favor del trabajo decente.

 

4. PROPUETAS ESPERANZADORAS DESDE LA FE

 

4.1. Promover una actitud de continua renovación y conversión. Jesús inició su misión invitando a la conversión. Si queremos ser hoy buena noticia para los pobres y hacerles presente el Evangelio del amor compasivo y misericordioso de Dios, tenemos que ponernos en actitud de conversión pastoral y misionera.

 

La conversión auténtica trae consigo una esmerada solicitud por los pobres desde el encuentro con Cristo. En la medida en que nos conformemos más a Él, de manera que veamos con sus ojos, escuchemos con sus oídos y sintamos con su corazón, nuestra caridad será más activa y más eficaz. Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad. El servicio privilegiado a los pobres está en el corazón del Evangelio.

 

4.2 Cultivar una sólida espiritualidad que dé consistencia y sentido a nuestro compromiso social. La experiencia de ser amados por Dios nos hace posible amar a los hermanos (cf. 1 Jn 4, 10.16). La caridad hunde sus raíces en la fe en Dios y nuestras instituciones de caridad y de compromiso social están llamadas a vivir una profunda espiritualidad. Por eso, hay que evitar la tentación de contraponer el compromiso y la oración, la lucha por la justicia social y la vida espiritual.

 

4.3. Apoyarse en la fuerza transformadora de la evangelización. Los problemas sociales tienen su origen en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos; derivan de la ausencia de un verdadero humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo, asumiendo los valores espirituales superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación. El Evangelio afecta al hombre en todas sus dimensiones y la evangelización tiene una clara implicación social. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. El compromiso social en la Iglesia no es algo secundario u opcional, sino algo que le es consustancial y pertenece a su propia naturaleza y misión. El Dios en el que creemos es el defensor de los pobres.

 

4.4 Profundizar en la dimensión evangelizadora de la caridad y de la acción social. La Iglesia existe para evangelizar con el testimonio de nuestra vida y con el anuncio explícito de Jesucristo. Nuestra misión es hacer presente en medio del mundo el amor de Dios manifestado en Cristo. El servicio caritativo y social expresa el amor de Dios. El recto ejercicio de la función pública representa una forma exquisita de caridad. Es preciso que el impulso de la caridad se manifieste eficazmente en el modo justo de gobernar. Y todos debemos elevar el nivel de exigencia moral en nuestra sociedad y no resignarnos a considerar normal lo que es inmoral. La actividad económica y política tienen requerimientos éticos ineludibles y los deberes no afectan solo a la vida privada. La caridad social nos urge a buscar propuestas alternativas al actual modo de producir, de consumir y de vivir, con el fin de instaurar una economía más humana en un mundo más fraterno.

 

4.5 Promover el desarrollo integral de la persona y afrontar las raíces de las pobrezas. El acompañamiento y la promoción de la persona, junto con la erradicación de las causas estructurales de la pobreza, constituyen las metas superiores de la acción caritativa de la Iglesia. Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. La cercanía es auténtica cuando nos afectan las penas del otro, cuando su desvalimiento y su congoja remueven nuestras entrañas y sufrimos con él. Ya no se trata solo de asistir y dar desde fuera, sino de participar en sus problemas y tratar de solucionarlos desde dentro. Por eso, si queremos ser compañeros de camino de los pobres necesitamos que Dios nos llene el corazón de su amor.

 

La pobreza tiene causas responsables. Detrás de ella hay mecanismos económicos, financieros, sociales, políticos, nacionales e internacionales. Un enfrentamiento lúcido y eficaz contra la pobreza exige indagar cuáles son las causas y los mecanismos que la originan y de alguna manera la consolidan. Debemos hacerlo con la convicción de que la pobreza hoy es evitable; tenemos los medios para superarla. Los principales obstáculos para conseguirlo no son técnicos, sino humanos, éticos, económicos y políticos. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, no se resolverán los problemas del mundo. La inequidad es raíz de los males sociales. Hemos de trabajar con tesón para alcanzar la meta de eliminar las causas estructurales de la pobreza. Y es preciso Cultivar con esmero la formación de la conciencia sociopolítica de los cristianos, de modo que sean consecuentes con su fe y hagan efectivo su compromiso de colaborar en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales.

 

4.6 Defender la vida y la familia como bienes sociales fundamentales. Para una verdadera promoción del bien común y del desarrollo integral del hombre es necesario valorar la vida y la familia como bienes sociales fundamentales.

 

Tenemos una sociedad demográficamente envejecida a la vez que empobrecida en el orden moral y cada vez más limitada para mantener determinados servicios sociales: pensiones, subsidios por desempleo, atención a la dependencia, etc.

 

Nos preocupan las desigualdades que sufren las mujeres en el ámbito familiar, laboral y social. Es preciso aceptar las legítimas reivindicaciones de su dignidad y sus derechos. Debemos reconocer que la aportación específica de la mujer, con su sensibilidad, su intuición y capacidades propias resulta indispensable y nos enriquece a todos. Y es urgente crear cauces para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras y difíciles, tales como el aborto, que se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias.

 

4.7 Afrontar el reto de una economía inclusiva y de comunión. Con el Papa Francisco decimos: “No a la economía de la exclusión”, que olvida a tantas personas, que no se interesa por los que menos tienen, que los descarta convirtiéndolos en “sobrantes” en “desechos”. (EvGa 53). No a la indiferencia globalizada, que nos lleva a perder la capacidad de sentir y sufrir con el otro, a buscar nuestro propio interés de manera egoísta, y a apoyar el sistema económico vigente pensando que el crecimiento, cuando se logra, beneficia a todos de forma automática. No podemos seguir confiando en que el crecimiento económico, por sí solo, vaya a solucionar los problemas.

 

La búsqueda del verdadero desarrollo implica dar relevancia a los pobres, valorarlos como importantes para la sociedad y para las políticas económicas. La reducción de las desigualdades en el ámbito nacional e internacional debe ser uno de los objetivos prioritarios de una sociedad que quiera poner a las personas, y también a los pueblos, por delante de otros intereses. Es preciso dar paso a una economía de comunión, a experiencias de economía social que favorezcan el acceso a los bienes y a un reparto más justo de los recursos; llevar a cabo la petición de Benedicto XVI de introducir en la actividad económica ordinaria y en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresión de fraternidad.

 

4.8. Fortalecer la animación comunitaria. La caridad es una dimensión esencial, constitutiva, de nuestra vida cristiana y eclesial, que compete a cada uno en particular y a toda la comunidad. Por ello, es necesario que la comunidad cristiana sea el verdadero sujeto eclesial de la caridad y toda ella se sienta implicada en el servicio a los pobres. Toda la comunidad ha de estar en vigilancia permanente para responder a los retos de la marginación y la pobreza. Y necesita para ello ser cuidada y acompañada en su fragilidad y posible cansancio.

 

+Carlos, Obispo de Salamanca.

 


Esta página ha sido actualizada el  25/06/2015

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